Te pasarán cosas peores | Letras Libres
artículo no publicado

Te pasarán cosas peores

Better things es una comedia trascendental que no rehúye las preguntas importantes y que se adentra en grandes temas: la madurez, las dificultades de ser madre, cómo enfrentarse al paso del tiempo y, por supuesto, las relaciones de amistad, de pareja, laborales y familiares.

Nadie puede escapar de su pasado. Sam Fox es el personaje central de Better things, la serie creada, escrita y dirigida por Pamela Adlon y coescrita y producida por Louis C.K. Sam Fox es actriz, de un pasado si no glorioso, al menos le permite vivir de sus rentas. Tiene tres hijas, dos en una pronunciada adolescencia, y un ex marido al que prácticamente mantiene. Va a castings, dobla dibujos animados, participa en series con papeles secundarios y pasa mucho tiempo en su coche: vive en Los Ángeles. También imparte clases de intepretación que rompen cualquier cliché sobre lo que es una clase de interpretación. Es bajita (muy bajita, incluso, como le recuerda su mejor amigo) y seguramente le gustaría tener una vida sexual más intensa o quizá le bastara con tener más. Su vecina es su madre, Phylli: estrafalaria, británica, arrogante y saca de sus casillas a Fox, pero afortunadamente siempre tiene una botella de vodka. El pasado de ex estrella de televisión de la protagonista es parte lo que hace que sea quien es porque, como decía Jason Bourne en la primera entrega de la saga, nadie puede escapar de su pasado.

Esto era una reina que tenía tres hijas. El rey Lear tenía tres hijas y la buena, Cordelia, era la pequeña. También la hija pequeña de la protagonista, Duke, es la más dulce y la que mejor trata a su madre. Aunque la serie empieza con un berrinche de la niña en un centro comercial mientras la madre mantiene la compostura con estoico aguante. Una señora la mira como si esa indiferencia trabajada la delatara como pésima madre. Fox le dice que la niña llora por una chorrada, pero que si tanto le molesta, puede complacerla y darle el capricho de comprarle lo que pide, a pesar de tenerlo exactamente igual en casa. Max es la hija mayor y a lo largo de las dos temporadas de la serie acaba el instituto, organiza fiestas en casa, se echa novios, se emborracha y se comporta como cualquier adolescente: caprichosa, cruel con su madre y sus hermanas y como si fuera la única persona que le importa en el mundo. Frankie, la mediana, también reclama constantemente la atención de su madre, a la que siempre tiene algo que reprocharle. Por otro lado, juega con su identidad de género confundiendo a todos excepto a Sam. Duke es todavía inocente, pura y, como le dice Fox, aún tiene la piel de bebé.

Una jerarquía: sexo, sexo, sexo. Sam Fox tiene un ligue, es un hombre casado y se ven poco. Tiene un ex marido que más o menos se ha desentendido de sus hijas (aunque ha conseguido que su las niñas crean que es su madre la que lo ha alejado de ellas). Y coquetea. Le gusta un director al que invita a su casa a cenar y a él le gusta ella, por eso no se acuestan. Conoce a un hombre guapo, sensato, padre soltero, en un bar y a la mañana siguiente tiene una ensoñación erótica con él fatalmente interrumpida por sus hijas. Qué mejor metáfora de la maternidad. Sale a cenar con un tipo y tienen una bronca monumental en el aparcamiento. Él le dice que lo único que hace ella es hacer daño a los demás. La discusión y los reproches van en aumento (él le dice que es cruel y ella que está harta de que haya que tener tanto cuidado con los sentimientos de los hombres y que no debería preguntar si no quiere una respuesta sincera). Tras un delirio catártico, divertido y vergonzante al mismo tiempo, ella dice que es tan maja que se ha acostado con él diez veces a pesar de que le odia desde la primera vez que lo vio. Y como suele suceder, a los que gustamos no son siempre los que nos gustan.

El sentido de la vida. Better things es una comedia trascendental que no rehúye las preguntas importantes y que se adentra en grandes temas: la madurez, las dificultades de ser madre (e hija), cómo enfrentarse y asumir el paso del tiempo y, por supuesto, las relaciones de amistad, de pareja, laborales y familiares (Sam Fox se define hiperbólicamente como “hija horrible, mala madre”). Los personajes están llenos de aristas e imperfecciones que los humanizan. Es difícil no reconocerse en algunas de las situaciones que plantea y es difícil no sentirse identificado con cualquiera de los personajes. En el continuo tira y afloja que mantiene con sus hijas mayores organiza su propio funeral ficticio y las obliga a hablar de ella, a abrirles su corazón y a compartir sus sentimientos. Como Tom Sawyer, solo que dirigido por ella misma. La torpeza, la necesidad de afecto y la inseguridad no es patrimonio exclusivo de la adolescencia. De hecho, una de las cosas que se aprenden con esta serie llena de humor y ternura es que todo eso aumenta con la edad.