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Heli de Amat Escalante

La película más reciente del mexicano Amat Escalante será recordada por una secuencia: la de un joven colgado del techo al que, después de una buena paliza, le prenden fuego en los genitales. La imagen trastornó a un buen número de críticos en el pasado festival de Cannes, donde Heli, el tercer largometraje del director, inauguró la sección oficial. Ya que no es un spoiler, la escena era descrita en las notas y era el eje de las opiniones sobre la película (la mayoría no muy amables). Por su representación frontal y sin elipsis, y porque Escalante subraya su carácter de espectáculo al hacer que otros personajes sean testigos de la tortura (uno como advertencia, otros para aprender a aplicarla) la escena dio lugar a un debate previsible sobre el “derecho” de un director a extender el castigo a sus espectadores, obligándolos a mirar. Aquellos a su favor defendían la atribución del cine de provocar sensaciones extremas. En el bando contrario, Manohla Dargis de The New York Times abandonó su tono imperturbable y escribió que en su primer día en Cannes ya estaba de mal humor. Lo atribuía a haber visto Heli, “una de esas películas de explotación que entregan su violencia envuelta en pretensiones de cine de arte”.

Este mes Heli se estrena en salas mexicanas y eso permite dimensionar lo que la revista Variety llamó el único escándalo genuino del festival. Al ver la película, lo primero que viene a la mente es cómo a veces la crítica –incluso la favorable– se pierde en un laberinto de consideraciones teóricas donde las únicas referencias son otras películas, directores y tendencias de cine. Es cierto que una ficción es un universo autónomo que no debe juzgarse en relación con sus referentes. Sin embargo, quienes vieron en Heli un ejercicio de pornoviolencia –la forma en que Tom Wolfe llamó al sensacionalismo sádico– no toman en cuenta que, para un espectador mexicano, lo que narra Escalante es repulsivo pero no un shock. Si acaso, lo contrario: Heli es inquietante porque aborda lo que en México se ha convertido en cotidianidad. El logro de Escalante es haber refinado su estilo para hablar no de actos violentos sino de algo más inasible (y, por tanto, aterrador): la existencia amoral y sin pathos de sus perpetradores. Seres no solo apáticos y/o imbéciles, sino que, en casos como los militares coludidos de Heli, tienen la investidura para organizar al país.

La película toma el nombre de su protagonista: Heli Alberto Silva, obrero de una armadora de autos en un municipio terregoso de Guanajuato (el estado natal de Escalante). Heli vive con su padre, su hermana de doce años, su esposa y el bebé de ambos en un cuarto de concreto de pocos metros cuadrados. Estela, la hermanita, es novia de Beto: un soldado cuyo entrenamiento militar lo hace vomitar de cansancio, algo que sus superiores castigan obligándolo a revolcarse en su vómito y a hundir la cabeza en el hoyo donde los soldados defecan. Después de que el ejército hace una quema de drogas, Beto viola el escondite donde sus superiores guardaron parte de lo decomisado. Aprovechando la devoción de Estela, Beto guarda su botín –dos paquetes de cocaína– en el tinaco de la familia Silva. Heli se da cuenta y se deshace de él, dando pie a represalias espeluznantes contra él y su familia.

Una de las reseñas que buscaba minimizar a la película alegaba que alguien como Scorsese habría narrado toda la trama en dos o tres secuencias. Puede que sea verdad, pero es una observación ciega a la esencia de Heli. La alteración del tiempo y la aparente falta de ritmo sirven a Escalante para poner a su espectador dentro de un mundo sin orden ni certezas. El silencio desasosiega porque gran parte del cine violento usa los diálogos y la exposición como válvulas de presión (el ejemplo más claro es el cine de Tarantino). Los sociópatas de Heli no tienen un plan maestro y mucho menos la sofisticación para sopesar pros y contras. La sensación de amenaza que llena al espectador no viene de entretenerlo con escenas de acción ágiles sino de exponerlo a un entorno de proporciones desequilibradas, muecas sin significado e incongruencias entre el discurso y la práctica. Hay un contraste en la composición de los planos, en el subdesarrollo de una comunidad y la planta industrial que alberga, y en los temas rimbombantes de las tareas escolares de Estela, con nula aplicación práctica en ese infierno en medio de la nada.

Suele decirse que Amat Escalante hereda el estilo de Carlos Reygadas, a quien asistió en la dirección de Batalla en el cielo y que ahora es coproductor de Heli. Esta película, sin embargo, deja ver una influencia más grande del francés Bruno Dumont, uno de los directores más identificados del llamado Nuevo Extremismo Francés: una corriente que agrupa a directores que muestran el cuerpo humano en cualquier modalidad posible de abuso y mutilación (Gaspar Noé, François Ozon y Claire Denis, entre otros). El vínculo entre Escalante y Dumont cristalizó cuando, en 2005, aquel presentó su primera película en Cannes y este presidió el jurado que da becas a algunos cineastas para que escriban su siguiente guion durante una residencia breve en París. Sin duda atraído por el retrato de la vida estéril y el sexo desapasionado que hacía Escalante en Sangre, Dumont lo eligió como uno de los becados. La película resultante fue Los bastardos: una historia que conservaba el estilo del mexicano pero que desde su primera secuencia incorporaba uno de los recursos más empleados por Dumont: los espacios abiertos que contrastan con las vidas sofocadas de sus personajes. En ella, Escalante usaba el paisaje urbano deshumanizado de Los Ángeles para volver más insignificantes a los indocumentados a los que alude el título. En Heli, las tomas abiertas del terreno árido, la casa aislada de la familia Silva y los cuartos de tortura y secuestro que nadie puede rastrear sirven para recordar que no hay límites, asideros, coordenadas ni continuidad. En un momento de la película, un Heli con la vida deshecha mira hacia el cielo estrellado. Si busca armonía en el cosmos, en esta película no la va a hallar.

Los personajes de Heli son primitivos, poco articulados y algunos rondan la bestialidad (otro paralelo con el cine de Dumont, pero ya presentes en Sangre). Beto, el militar, no registra emociones, y entre los torturadores algunos tienen rasgos físicos que sugieren una enfermedad mental. Es el caso del bizco que una vez que termina el informe de la quema de drogas se sube al podio con la leyenda “México Gobierno Federal”. Durante segundos incómodos, intenta hablar al micrófono y no pasa de gesticular como lo haría un retrasado mental. La metáfora es obvia pero la imagen es poderosa. Un idiota con atribuciones es una de las caras del mal.

La consigna de escandalizar es columna vertebral del arte y la literatura franceses. Por tanto, los directores del Nuevo Extremismo no pueden evitar teorizar sobre sus propias películas: más que buscar la expresión de un momento social buscan convertirlas en piezas de reflexión sobre la condición humana, etc. Como si un cotejo con el aquí y ahora pudiera interferir con su interpretación filosófica, las tramas y los personajes de la mayoría de sus relatos parecen existir en una dimensión aparte.

Heli, sobra decirlo, es espejo de un mundo dolorosamente real. En una entrevista para The Guardian que puede verse en YouTube, Escalante responde a los cargos de ultraviolento que le hizo la prensa de Cannes (“Que vengan a México y vean”), y de tener la intención de provocar malestar en el público (“Totalmente”). ¿Qué distingue a su película de una foto de decapitados, calcinados o mutilados? O, para responder a Dargis, ¿por qué no es “una de esas películas de explotación”? Porque saca al espectador del estado de negación necesario para habitar y ser funcional en la nueva “normalidad”. Este choque en la conciencia –no siempre la finalidad de las películas de shock– es una de las aspiraciones del arte a partir de las vanguardias. Las piezas que lo consiguen son reconocidas de una u otra forma, a veces en contra de expectativas y lógica.

Fue el caso de Heli en Cannes, exhibida ante un jurado presidido por Steven Spielberg, cuyo cine siempre evita provocar malestar físico –no se diga mal humor–. Heli no será el tipo de cine de Spielberg, pero nadie como él para entender en qué consiste el dominio de un estilo. Habiendo declarado que no hubo división de opiniones, la antítesis del director sádico le dio a Amat Escalante el premio a mejor director. ~