artículo no publicado

Get Me Roger Stone, simpatía por el diablo

El documental es la crónica de una coronación anunciada: inicia con la convención del Grand Old Party y termina con la elección de Trump.

Fecha: 21 de julio de 2016. Lugar: Quickens Loans Arena (Cleveland, Ohio). En medio de porras y globos rojos, blancos y azules, Donald Trump acepta la candidatura republicana a la presidencia de la Unión Americana. Desde un palco con vista privilegiada, un hombre alto y fornido de cabello imposiblemente blanco lo observa con atención embelesada. El magnate ha llegado al final de su discurso.

A todos los americanos esta noche, en todas las ciudades y pueblos, les prometo: ¡Haremos fuerte a América otra vez, haremos orgullosa a América otra vez, haremos segura a América otra vez, haremos grande a América otra vez!

El individuo del palco se levanta y extiende los brazos en diagonal para hacer, con ambas manos, la señal de la victoria. La inminencia del desastre parece divertirle. Su nombre, como él mismo revela en la siguiente toma, es Roger Stone, “un agente provocador”, un personaje que concilia un entendimiento maniqueo y demencial del mundo con una apabullante destreza maquiavélica. Así comienza Get Me Roger Stone, documental dirigido por Dylan Bank, Daniel DiMauro y Morgan Pehme. Como una “versión siniestra de Forrest Gump”, Stone ha aparecido en prácticamente cada momento clave de la historia electoral reciente de Estados Unidos: desde los escándalos de Watergate a las campañas presidenciales de Ronald Reagan, sin obviar el impeachment de Bill Clinton, la guerra sucia contra Barack Obama y la consolidación del cabildeo por cuestionables grupos de interés en el andamiaje legislativo moderno (Roger está particularmente orgulloso de haber cofundado Black, Manafort, Stone and Kelly, despacho conocido bajo el mote de “The Torturer´s Lobby”, dada su proclividad a representar gobiernos dictatoriales del tercer mundo, sobre todo africanos).

El documental es la crónica de una coronación anunciada: inicia con la convención del Grand Old Party y termina con la elección de Trump. El operador político y el magnate se conocieron hace más de 30 años gracias a Roy Cohn, mano derecha de Joseph McCarthy durante los vergonzosos años de la persecución anticomunista que destrozó la vida de varias de las mentes más brillantes que ha dado la Unión Americana.

Queda claro que, en más de un sentido, Stone creó a Trump como estrella política. Mientras la mayoría veía a una figura descortés y vulgar, el exasesor de Reagan detectó a una figura que podía conectar con el electorado. La democracia es el arte de atraer a la mayoría y, para mala fortuna del planeta, nadie entendió mejor ese concepto en 2016 que Stone. Como él mismo admite frente a la cámara, la candidatura de Trump fue todo menos accidental:

Las 15 temporadas de El aprendiz no sólo encumbraron a Trump como una celebridad televisiva, sino que constituyeron una campaña silenciosa y efectiva que inició desde finales del siglo pasado. Piensen en cómo lucía Trump en ese show: silla de respaldo alto, bien iluminado, maquillado, dando órdenes, liderando el show. Se veía presidencial. ¿Ustedes creen que el electorado no ilustrado puede diferenciar a la política del entretenimiento, el llamado showbusiness? Claro que no. La política es el showbusiness para la gente fea.

Hacia el final de la cinta, alguien pregunta cómo es que el estratega accedió a colaborar en una obra que probablemente lo retrataría como el monstruo inescrupuloso que es. La pregunta, claro, es casi retórica. Tras décadas de operar con relativo éxito en la política estadounidense, Stone, cuya ambición adolescente era ser actor, encontró su obra cumbre: la carrera presidencial de 2016. Cansado de ser la mano detrás de la cortina, requería de una audiencia que diera fe de su magno triunfo actoral: nosotros. Un documento de propaganda habría sido demasiado sencillo. El operador necesitaba de realizadores críticos que, al igual que el espectador, fueran susceptibles de ser seducidos por su carisma maligno y desparpajado. De 64 años de edad, fisicoculturista, bebedor de martinis, swinger y eternamente ataviado con llamativos trajes hechos a la medida (una caricatura del estilo sureño aristocrático que el escritor Tom Wolfe popularizara a finales del siglo pasado), Stone se apodera sin problema de la película. Si bien es pródigo en datos sorprendentes y endiabladamente entretenido, el documental apenas intenta dimensionar emotivamente al hombre detrás del villano de pantomima.

¿Qué fuerza emotiva impulsa, a fin de cuentas, al consejero de Trump? La respuesta se encuentra grabada literalmente en su espalda, cubierta en su parte superior por un tatuaje del rostro de Richard Nixon. “Admiro a Nixon por su resiliencia e indestructibilidad -cuenta el consultor-. Nunca renunciaba. Toda su carrera estuvo basada en un resentimiento profundo hacia el elitismo”. Recordamos, entonces, las palabras de Trump al inicio del documental, en la convención republicana:

Estados Unidos es una nación de creyentes liderada por un grupo de censores, críticos y cínicos. ¡Amamos derrotar a esas personas!

Quien recita el discurso en la convención es Donald, pero las palabras, el tono y la actitud, qué duda cabe, son de Roger, el titiritero que observa desde el palco de honor. “No soy un hipócrita, soy un libertario y libertino”, exclama Stone. Por un breve y vergonzoso momento sentimos algo de simpatía por el diablo. No hay manera de ganar. Al demonio con todo. ¡Dios bendiga a América!

+Get Me Roger Stone está disponible en Netflix