artículo no publicado

En el cine la ciudad nunca es un personaje

Te prometo anarquía, de Julio Hernández Cordón, es una película en la que fácilmente un redactor o crítico podría echarse a dormir en esa frase hecha, que dice tan poco: «la ciudad como personaje». La cinta transita con una narrativa poco convencional, o cuando menos poco convencional en el cine clásico. No solo se vagabundea en el camino, sino que el camino recorrido, de por sí, es bastante vagabundo. Puesto así, aferrarse a una idea como «la ciudad como personaje» parece una salida fácil. Creo que lo es: me bastó googlear una vez para encontrar algunos resultados.

Te prometo anarquía es, más bien, urbanidad concentrada. La ciudad no es un personaje, sino una cuidada escenografía que ya estaba ahí y cuya dirección de arte estuvo a cargo de todos los que ahí viven o han vivido: los graffitis, la mugre, los mercados. El cine mexicano, que peca de centralista, como tantas otras cosas en el país, está persistentemente enamorado del D.F.. No hay otra ciudad del país que haya sido retratada con tanto detalle o que siquiera se acerque a las cuotas de representación que alcanza la capital de México. Te prometo anarquía tiene ecos —sí, por su representación de lo queer, pero también por el ojo que tiene puesto en el D.F.: esas tomas, comunes a ambas, en los nefastos y representativos puentes peatonales— de Mil nubes de paz cercan el cielo, amor, jamás acabarás de ser amor, de Julián Hernández, pero también es una descendiente de Cinco de chocolate y uno de fresa, dirigida por Carlos Velo y escrita por el gran José Agustín, o de Los caifanes, dirigida por Juan Ibáñez y escrita por Carlos Fuentes. Las tres tienen protagonistas adolescentes o bordando la adolescencia que se pierden en la ciudad, en sentido metafórico y figurado, vagando por sus calles y encontrando problemas de diversa dificultad.

En lo que difieren es en el tono. Mientras que Cinco de chocolate es pura buena onda, Los caifanes es sordidez, dureza, proverbial clavado en la textura. Te prometo anarquía comparte ese espíritu. Una de sus grandes virtudes es la representación de un narcotráfico cuyos ecos, cuando menos en el cine, parecen sonar nomás en el norte del país. Acá el narco no solo está en la Ciudad de México —esa en la que un día el jefe de gobierno afirma que el narco no opera solo para que a los pocos días encuentren dos cabezas cercenadas en la calle—: opera con libertad y frescura. En Te prometo anarquía no hay policías, no hay autoridades: todo transcurre al margen de la ley sin que nadie se inmute. «Es México, wey, capta».

En el asfalto urbano ruedan bien las patinetas. Eso lo saben los protagonistas de Te prometo anarquía pero también lo saben sus directores, que los siguen en tomas largas —algunas muy logradas— en el carril del metrobús o, mi favorita, en el mercado. Es en esas tomas largas donde resuena el espíritu de otro notable retratista urbano, Gus Van Sant, no en vano uno de los grandes exponentes del new queer cinema. Van Sant está ahí, flotando como una presencia fantasmal o casi imperceptible, en el triángulo amoroso que está en el centro de Te prometo anarquía, y en las pistas donde los skatos se agarran a madrazos. También está presente el Larry Clark de Ken Park, con el acento puesto en el sexo clandestino.

Hay una toma de Te prometo anarquía, en el metro de la Ciudad de México, que es idéntica a una de Total Recall, aquella película de ciencia ficción de Paul Verhoeven—con escenas famosamente filmadas en la misma ciudad— en la que Arnold Schwarzenegger salva —o sueña que salva— a la humanidad. El centro de ambos encuadres es una persona que viaja en un tren del metro. En Total Recall, el metro mexicano actúa como vagón de alta tecnología, de futuro distópico. En Te prometo anarquía, un vagón gemelo se desliza por las entrañas de una ciudad que se está pudriendo sin que nadie sepa cómo detener la putrefacción. Puestos uno sobre otro, como si fueran transparencias, ambos fotogramas cuentan la historia de una urbe laberíntica a la que, como escribió Juan Villoro, «la globalización le llegó en calidad de ruina».