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artículo no publicado

Cinco preguntas sobre el terrorismo

Esta no será una argumentación directa y del todo coherente. Sigo aturdido por los ataques del 11 de septiembre, y no he podido ordenar mis reacciones. Trataré de responder cinco preguntas acerca del terrorismo. Dejo al lector que decida si las respuestas conforman una "posición", teórica o práctica.
1) ¿Qué es el terrorismo?
     No es difícil reconocerlo. Podemos eludir seguramente los argumentos posmodernistas acerca del conocimiento y la verdad. El terrorismo es el asesinato deliberado de gente inocente, al azar, con el fin de propagar el miedo entre toda una población y de forzar la mano de sus líderes políticos. Pero esta es una definición que corresponde mejor al terrorismo de liberación nacional o al movimiento revolucionario (el Ejército Republicano Irlandés, el Frente Argelino de Liberación Nacional —FLN—, la Organización de Liberación Palestina, el Movimiento Separatista Vasco, etcétera). Hay también terrorismo de Estado, comúnmente empleado por gobiernos autoritarios y totalitarios contra su propia gente, para extender el miedo y hacer imposible la oposición política: las "desaparaciones" argentinas son un ejemplo útil. Y, finalmente, está el terrorismo de guerra: la empresa de asesinar civiles en cantidades tales que su gobierno quede obligado a rendirse. Hiroshima me parece el caso clásico. El elemento común es la población no combatiente —tanto en el sentido militar como en el político— que sirve como objetivo: soldados no, funcionarios públicos tampoco, sólo gente ordinaria. Y esta gente no será asesinada incidentalmente en el curso de acciones dirigidas hacia otra parte: se la asesina adrede.
     No acepto la idea de que "un hombre que es terrorista es alguien que lucha por la libertad". Desde luego que echar mano del término se presta a controversia, cosa que sucede con muchos vocablos políticos. El uso de "democracia" es controversial, pero aún tenemos —creo— una idea bastante clara de lo que la democracia es (y no es). Cuando la Bulgaria comunista se llamó a sí misma una "democracia del pueblo", sólo los ilusos resultaron engañados. Ocurre lo mismo con el terrorismo. En los años sesenta, cuando alguien del fln puso una bomba en un café donde unos adolescentes franceses se reunían para ligar y bailar, y se llamó a sí mismo un luchador por la libertad, sólo engañó a los ilusos. Había entonces muchos ilusos, y fue entonces —en los años sesenta y setenta— cuando nació la cultura de la excusa y de la apología (pero de ella quiero ocuparme luego).

2) ¿Cómo debemos explicar el terrorismo, y especialmente la forma del terrorismo que hoy enfrentamos?
     Hay que comprender primero que el terrorismo es una elección. Es una estrategia política seleccionada entre una gama de opciones. Uno tiene que imaginar a un grupo de gente sentada ante una mesa y discutiendo qué hacer. Es difícil reconstruir el momento, pero estoy seguro de que es un momento verdadero, inclusive si, una vez que se ha realizado la opción, la gente que se opuso al terror resulta por lo general asesinada, de modo que nunca conocemos su versión de cómo se dio la discusión. ¿Por qué con tanta frecuencia los terroristas vencen en la argumentación? ¿Cuáles son las raíces políticas del terror?
     No creo que sirva una simple explicación materialista, aun cuando no pocos han hablado, en los últimos meses, de la miseria humana, la pobreza terrible, las inmensas desigualdades globales en las que el terrorismo "termina por enraizarse". Y también acerca del sufrimiento espantoso, como escribió alguien en uno de nuestros semanarios, que sobrellevan los "pueblos de todo el mundo, víctimas de la actividad militar estadounidense, en Vietnam, en Latinoamérica, en Irak..." No parece haber advertido el autor de aquellas palabras que ni de Vietnam ni de Latinoamérica han surgido terroristas. La miseria y la desigualdad, solas, no sirven de explicación de ninguno de los movimientos del terrorismo nacionalista ni tampoco del terror islámico. Un solo ejercicio de política comparada ayuda a explicar por qué no sirve. Seguramente África revela las peores consecuencias de la desigualdad global, y la influencia de Occidente en la producción y reproducción de la desigualdad es allí más evidente que en ningún otro lugar. Hay también mucha influencia local: muchos gobiernos africanos son cómplices o directamente responsables de la miseria de sus propios pueblos. Aun así, el papel de Occidente es relativamente vasto. Y todavía la diáspora africana no es un mar acogedor donde naden los terroristas. Y lo mismo puede decirse de Latinoamérica, especialmente de la América Central, donde las compañías de Estados Unidos han representado un papel significativo en la explotación y la conservación de la pobreza; y la diáspora latina tampoco es todavía un mar acogedor. Necesitamos otra explicación.
     Necesitamos una explicación cultural, religiosa y política que se enfoque, creo, en la creación de un Enemigo, un pueblo entero que esté ideológica o teóricamente degradado de tal suerte que sea asesinable: eso es lo que el ERI hizo con los protestantes irlandeses, el FNL con los argelinos franceses, la OLP con los judíos de Israel. Esta clase de enemigo es creación especial de los movimientos nacionalistas y religiosos, los cuales buscan no sólo la derrota sino el desplazamiento o la eliminación de los "otros". La propaganda de tiempos de guerra tiene comúnmente el mismo efecto, satanizar a la otra parte, incluso cuando ambas partes esperan que la guerra concluya en una paz negociada. Una vez que ha sido creado el enemigo, cualquiera de "ellos" bien puede ser asesinado, hombres, mujeres o niños, combatientes y no combatientes, el pueblo común. La hostilidad se generaliza, se vuelve indiscriminada. En el caso del terrorismo islámico el Enemigo es el infiel, cuyo líder mundial es Estados Unidos, y cuyo representante local es Israel.
     Los terroristas islámicos no se autonombran luchadores por la libertad. Tienen una misión diferente: restaurar el dominio del islam en las tierras del islam. Osama Bin Laden, en el discurso que emitió en video poco antes del 11 de septiembre (fue trasmitido después), habló acerca de ochenta años de sujeción, lo cual lleva la historia hasta el establecimiento de los protectorados europeos en Medio Oriente luego de la Primera Guerra Mundial; el esfuerzo para crear un Estado cristiano en el Líbano; el esfuerzo por establecer monarquías constitucionales y repúblicas parlamentarias de corte occidental en el mundo árabe; el establecimiento de Israel como Estado judío luego de la Segunda Guerra Mundial, y después la larga serie de derrotas militares de 1948 a 1991, no sólo en el Medio Oriente sino en el Asia oriental, todas ellas vividas como humillaciones terribles, a manos de judíos, hindúes y estadounidenses, quienes supuestamente no son gente guerrera.
     Pero las derrotas militares son parte de una historia más vasta del fracaso de la construcción del Estado y el desarrollo económico en gran parte del mundo islámico. La reacción fundamentalista religiosa ante la modernidad, que es común en las mayores religiones del mundo, irrumpe contra gobiernos que están muy lejos de ser representantes admirables de la modernidad: a menudo gobiernos seculares o gobiernos que están dispuestos a adecuarse a Occidente y ansiosos de absorber las más recientes tecnologías, pero al mismo tiempo gobiernos brutales, represores, corruptos, autoritarios, injustos y fallidos proveedores ya sea de los símbolos o de la sustancia de una vida común decente. Y algunos de estos gobiernos, con el fin de mantener su propio poder, fomentan una política —ideológica y teológica— de creación de chivos expiatorios, dirigida en contra de enemigos externos: Israel, Estados Unidos, Occidente en general, a los que se culpa de los fracasos internos. Algunos de estos gobiernos son nuestros aliados, los islámicos moderados o los árabes secularizados, pero tienen que enfrentar, en su seno, a los extremistas; tienen incluso que comprometerse a entablar una lucha abierta contra el radicalismo teológico que inspira las redes terroristas. La yihad es una respuesta no sólo ante la modernidad, sino también ante el fracaso radical del mundo islámico en la tarea de modernizarse.
     Las campañas terroristas anteriores también son explicables, parcialmente, por el autoritarismo interno y la debilidad de los "movimientos de liberación"; en este caso, por su negativa o incapacidad de movilizar a su propio pueblo hacia otras clases de acción política. El terrorismo, después de todo, no requiere movilización de masas: es obra de una reducida elite de militantes, que sostienen que representan "al pueblo" pero que actúan en ausencia del pueblo (por ello el marxismo clásico siempre fue hostil al terrorismo; la razón, ay, era estratégica, no moral). Cuando alguien como Gandhi fue capaz de organizar un movimiento de masas no violento de liberación nacional, no hubo terrorismo.

3) ¿Cómo se ha defendido al terrorismo?
     En ciertos grupos islámicos extremistas hay ahora una defensa directa, que también es un acto de negación: no hay estadounidenses inocentes, de aquí que ataques como los del 11 de septiembre no se consideren de índole terrorista. Pero quiero considerar argumentos de otro tipo: ellos no justifican los actos que nosotros llamamos terroristas. Son, en cambio, expresiones de lo que he descrito ya como una cultura de la excusa y la apología. Básicamente hay dos clases de excusas. La primera acude a la desesperación de los oprimidos, como se les llama (y como de hecho pueden ser): el terror, se nos dice, es el arma del débil, el último recurso de las naciones sometidas. De hecho, el terror es comúnmente el primer recurso de los militantes que creen, desde el principio, que el Enemigo debe morir, dado que no tienen interés ni capacidad de organizar a su propio pueblo para otra clase de política: el fln y la OLP recurrieron al terror desde el comienzo; no hubo intentos perdurables de hallar otras opciones. Y como hemos visto, hay al menos una, la movilización de masas no violenta, que ha probado ser con mucho un "arma del débil" más efectiva.
     La segunda clase de excusa se concentra en la culpa de las víctimas del terrorismo. Así funciona con los estadounidenses: peleamos en la Guerra del Golfo, apostamos tropas en la sagrada tierra de Arabia Saudita, bloqueamos y bombardeamos Irak, apoyamos a Israel. ¿Qué esperábamos? Desde luego, los ataques del 11 de septiembre estuvieron mal: deben ser condenados, pero —un "pero" muy grande—, después de todo, los merecíamos: nos los buscamos. Generalmente este argumento procede de gente que antes del 11 de septiembre quería que detuviéramos la protección a los kurdos en el norte de Irak, que detuviéramos el apoyo a Israel y que saliéramos de Arabia Saudita. Y ahora ven la oportunidad de usar el terrorismo islámico como una suerte de "refuerzo" de su propia agenda política. Atribuyen su agenda a los terroristas (¿qué más podrían tener en mente los terroristas, sino lo que los izquierdistas occidentales han apoyado siempre?), y luego invocan una política de apaciguamiento, que hace concesiones con sus enemigos potenciales con el fin de evitar nuevos ataques. Se trata de una política, me parece, que comenzaría con deshonor y concluiría en desastre. Pero ahora no hablaré de eso; simplemente quiero negar la legitimidad moral de la excusa. Incluso si han sido o son equivocadas en varios sentidos, las políticas estadounidenses en el Medio Oriente y en el Asia oriental no excusan el ataque terrorista; ni siquiera lo hacen moralmente comprensible. La muerte de gente inocente no es excusable.

4) ¿Cómo debemos responder?
     Quiero argumentar a favor de una respuesta multilateral, una "guerra" contra el terror que tiene que pelearse en muchos frentes. ¿Pero quién es el enemigo aquí? ¿Es la gente que planeó, patrocinó o apoyó los ataques del 11 de septiembre, o alguno de los otros grupos que practican la política terrorista? Propongo que pensemos en los términos de una analogía con la intervención humanitaria. Nosotros (Estados Unidos, las Naciones Unidas, la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la Organización de la Unidad Africana y otros) intervenimos, o debemos intervenir, en contra del genocidio y la "limpieza étnica" dondequiera que ocurran. Hay desde luego muchas doctrinas políticas y religiosas que inspiran el genocidio y la limpieza étnica, y cada intervención es distinta: cada una requiere sus propios cálculos de moral y prudencia.

Pero nuestro compromiso debe ser general. El caso es el mismo con el terror: hay muchas ideologías terroristas y muchas organizaciones terroristas. Debemos oponernos a todas ellas, pero los distintos combates tienen que ser considerados uno por uno. Debemos imaginar la "guerra" como algo que incluye muchos combates posibles.
     "Guerra" es aquí una metáfora, pero la guerra real es una parte necesaria de la "guerra" metafórica. Puede ser la única parte en la que la doctrina de la "guerra justa", frecuentemente invocada, sea pertinente. Tendremos que buscar otras clases de conducción ética —aunque no ajenas— en otros frentes. Es común la pregunta acerca de la justicia en la guerra real, y también lo es la respuesta —aunque la respuesta sea más sencilla en cuanto a los principios que en la práctica. Al luchar contra los terroristas no debemos apuntar hacia víctimas inocentes (eso es lo que hacen los terroristas); idealmente debemos acercarnos lo suficiente al enemigo para estar seguros, no sólo de que estamos apuntando hacia ellos, sino también de que les estamos dando. Cuando luchamos desde lejos, con aviones y misiles, tenemos que establecer gente dentro, en tierra, para seleccionar los blancos, o tenemos que contar con muy buenos servicios de inteligencia; y debemos abstenernos de sobrestimar la inteligencia de nuestras bombas inteligentes. No es un crimen, supongo, la arrogancia tecnológica, pero puede tener muy malos resultados, de modo que es mejor dejar un margen amplio al error. Y, finalmente, porque aun si hacemos todas estas cosas, estaremos todavía imponiendo severos riesgos a la población civil, debemos reducir esos riesgos tanto como sea posible —y asumir riesgos nosotros mismos, con el fin de lograrlo. Esto último es lo más duro que tengo que decir, porque no soy yo quien tendrá que asumir esos riesgos. Comúnmente se invoca aquí la regla de la proporcionalidad: las muertes y las heridas civiles, llamadas con eufemismo "daños colaterales", no deben ser desproporcionados con respecto al valor de la victoria militar que se busca. Pero porque no sé medir los valores significativos o especificar la proporcionalidad, y porque pienso que nadie más lo sabe, prefiero en cambio concentrarme en la seriedad de la intención de evitar el daño a los civiles, y la mejor manera de medir eso es con la aceptación del riesgo.
     Asumiendo que identificamos correctamente la red terrorista responsable de los ataques del 11 de septiembre, y que el gobierno talibán fue de veras su patrocinador y protector, la guerra como un todo es ciertamente una guerra justa (y la pregunta de si es una guerra prudente fue una cuestión mucho más ardua el otoño pasado). El objetivo de la guerra es sobre todo la prevención: destruir la red y detener la preparación de ataques futuros. A mi juicio no debemos pensar en la guerra como en una "acción policiaca", cuya meta es traer criminales a la justicia. Probablemente no tenemos la evidencia para hacerlo; y puede ser el caso de que la evidencia reunida por medios clandestinos o por la fuerza armada en distintos países, una evidencia que no proceda de archivos oficiales, como los registros alemanes en los juicios de Núremberg, sino de e-mails interceptados y de otras fuentes no oficiales, no fuera una evidencia admisible en una corte estadounidense —y probablemente en cortes internacionales tampoco, aunque desconozco qué reglas de evidencia tienen validez en La Haya. En cualquier caso, ¿realmente queremos juicios ahora, mientras aún están activas las redes terroristas? Pensemos en los rehenes y las amenazas de bomba que casi seguramente los acompañarían. El uso de las cortes militares evitaría estas dificultades, porque las reglas de evidencia podrían relajarse y los juicios llevarse a cabo en secreto. Pero entonces habrá que pagar costos de legitimidad: pues, como se dice, no sólo se ha de hacer justicia, sino que se ha de ver mientras se está haciendo. De tal suerte que puede haber juicios en el curso del camino, pero no debemos concentrarnos ahora en ellos. El primer objetivo de la "guerra" contra el terrorismo no está en la mirada hacia atrás y sancionadora, sino en la mirada hacia delante y preventiva. Si ese es el meollo del asunto, entonces, en cierto sentido, Afganistán es un escenario secundario, con todo lo necesario que resulte, con toda la gran atención que le dan los medios, con toda la atención y vigilancia que concentra de nuestros diplomáticos y soldados.
     La batalla más importante contra el terror se está librando aquí mismo, y en la Gran Bretaña y en Alemania y en España y en otros países de la diáspora árabe e islámica. Si prevenimos futuros ataques, si podemos comenzar a hacer retroceder a las células terroristas, eso será una victoria mayor. Y eso es muy, muy importante, porque "éxitos" como el 11 de septiembre tienen efectos energéticos: producen una oleada de reclutamientos y probablemente una nueva voluntad de financiar redes terroristas.
     El trabajo policial es la primera prioridad, y genera interrogantes, no acerca de la justicia, sino de las libertades civiles. Liberales y defensores del libre albedrío saltan en defensa de la libertad, y tienen razón de reaccionar así. Pero cuando lo hacen (lo hacemos), tenemos que aceptar una nueva carga de la prueba: tenemos que ser capaces de demostrar la tesis de que puede realizarse el trabajo policial, y de que puede efectivamente llevarse a cabo dentro de cualquier límite que consideremos necesario en nombre del respeto a la libertad estadounidense. Si no podemos demostrar esa tesis, tenemos entonces que estar dispuestos a considerar la modificación de los límites. Hacerlo no es una traición a los valores liberales o estadounidenses: de hecho es lo que tenemos que hacer, porque la primera obligación del Estado es proteger las vidas de sus ciudadanos (para tal cosa existen los Estados), y las vidas estadounidenses están ahora visible y seguramente en riesgo. De nuevo, la prevención es crucial. Pensemos qué les sucederá a nuestras libertades civiles si tienen éxito más ataques terroristas.
     También es necesaria la acción secreta, y confieso que desconozco qué reglas morales aplicarle. La distinción entre el combatiente y el no combatiente es crucial en toda actividad política y militar; es difícil saber más allá de eso. El argumento moral requiere sus casos, y aquí los casos están ocultos, deliberada y presumiblemente con razón. Tal vez pueda decir una palabra acerca del asesinato, que tanto se ha discutido en los meses recientes. El homicidio de líderes políticos está excluido del derecho internacional, incluso (o especialmente) en tiempos de guerra —y excluido por buenas razones—, porque con los líderes políticos del Estado enemigo tendremos que negociar la paz. Hay excepciones obvias de esta regla —nadie, ninguna persona moral, habría objetado un esfuerzo aliado de asesinar a Hitler; no estábamos preparados de hecho para negociar con él—, pero los líderes políticos ordinarios son inmunes. Los diplomáticos son inmunes por la misma razón: son potenciales pacificadores. Pero los líderes militares no son inmunes, aunque estén al frente de la cadena de comando. Tenemos tanto derecho a bombardear los cuarteles centrales del ejército enemigo como a bombardear sus posiciones de vanguardia. Con las organizaciones terroristas esta distinción entre líderes militares y líderes políticos probablemente se quiebra: es difícil discernir cuál es cuál, y no estamos planeando negociaciones. De todas suertes parecería extraño decir que es legítimo atacar a un grupo de terroristas que entrenan en un campo en Afganistán, pongamos por caso, pero que no es legítimo ir tras un hombre que está planeando la operación para la cual están entrenando los otros. Algo así no es correcto.
     Viene después el trabajo diplomático: ahora mismo se concentra en la construcción del apoyo a la acción militar en Afganistán y a algún nuevo tipo de régimen no talibán. Pero, a la larga, la tarea críticamente importante será aislar y castigar a los Estados que apoyan al terrorismo. Las redes parecen transnacionales: explotan la modernidad globalizada a la que se oponen de modo tan encarnizado. Pero no nos equivoquemos: ni las redes transnacionales ni la mayoría de las redes locales podrían sobrevivir sin la protección física, el patronazgo ideológico y los fondos provistos por Estados como Irán, Siria, Libia y otros. No estamos yendo a hacerles la guerra a esos Estados; no hay casus belli, ni debemos buscar uno. Pero hay muchas formas de legítima presión política y económica fuera de la guerra, y me parece que tenemos que trabajar duro para aplicarla. Esto significa que tenemos que persuadir a otros países —nuestros aliados en muchos casos, quienes tienen lazos más cercanos que nosotros con los Estados terroristas, y cuyos líderes no han sido héroes en estas materias— a que ejerzan su propia presión para disuadir la inversión, apoyar el embargo y otras sanciones cuando sean apropiadas.
     Guerra, trabajo policial, acción secreta y diplomacia: todas estas son tareas del Estado. Pero hay también un trabajo ideológico, que no puede ni debe ser dirigido u organizado por el Estado, que sólo será efectivo si se lleva a cabo libremente —y eso significa a la manera democráticamente azarosa y desordenada. Supongo que el Estado puede participar, mediante la Voice of America y otros medios. Pero lo que tengo en mente es distinto. Los intelectuales, los académicos, los predicadores y los publicistas seculares y religiosos, no necesariamente de un modo organizado, pero con propósitos compartidos en alguna medida, tienen que emprender la deslegitimación de la cultura de la excusa y la apología, examinando las fuentes de terror religiosas y nacionalistas, convocando a lo mejor de la civilización islámica en contra de lo peor, defendiendo la separación de la religión de la política en todas las civilizaciones. Esto es algo muy importante, la argumentación es muy importante. Esto puede sonar autocomplaciente en alguien que, como yo, se pasa la vida formulando argumentos; pero es cierto. Porque los guían normas propias, por su compromiso fanático y su fe textual, los terroristas confían, y las organizaciones terroristas confían más aún, en un ambiente amigable —y este ambiente amigable es una creación cultural, intelectual y política. Tenemos que trabajar en transformar ese ambiente, de suerte que, dondequiera que vayan, los terroristas hallen hostilidad y rechazo.

5) ¿Cuáles serán los signos de una respuesta exitosa? ¿Cómo sabremos cuándo hemos ganado esta "guerra"?
     Ya nos ha dicho el secretario de Defensa que no vamos a obtener signos convencionales: rendición formal, firmas de un tratado de paz. La medida del éxito será relativa: un descenso en los ataques y en el alcance de los ataques; el colapso del ánimo entre los terroristas, la aparición de denunciantes y desertores de sus filas; la corriente de oportunistas —que tienen el mejor olfato para saber quién está ganando— de nuestro lado; el silencio de aquellos que una vez excusaron el terror; el creciente sentimiento de seguridad entre la gente común. Nada de esto vendrá rápida ni fácilmente.
     Hay una medida más: nuestra habilidad para dar forma a nuestra política exterior, especialmente la relativa al mundo islámico, sin preocuparnos por la reacción terrorista. Ahora mismo tenemos que preocuparnos: no podemos hacer cosas que lleven a alguien como Bin Laden a cantar victoria, a jactarse de habernos sometido. Tenemos que andar con sumo cuidado: sostener una política defendible respecto al bloqueo de Irak, al conflicto árabe-israelí y a la disputa de Cachemira, y no hacer nada que pueda ser interpretado como una concesión ante nuestros enemigos potenciales para mantener la paz. Hay políticas estadounidenses (no sólo en el mundo islámico, sino en el mundo entero) que deben cambiar; pero en política uno debe hacer no sólo lo que es correcto: uno debe hacerlo por las razones correctas. Los ataques del 11 de septiembre no son una buena razón para cambiar. Algún día nos veremos libres de esta clase de presión, y ese será otro modo de saber que hemos ganado. ~
     © Dissent, invierno de 2002
     — Traducción de José Francisco González