artículo no publicado
Fotografía: Moisés Pablo

Tenacidad del explorador

La ciudad es el verdadero museo de la arquitectura. Es ahí donde se muestra a plenitud, donde luce como narración y como signo, como cuento y exclamación. ¿Qué se exhibe cuando se presenta una muestra de arquitectura hecha de planos, dibujos, maquetas? La idea, el juego, la búsqueda del volumen. El pensamiento en gestación de su forma.

El Museo de la Ciudad de México presenta en estos días una exposición de maquetas de Teodoro González de León que es una buena manera de acercarse a una de las grandes mentes de nuestra cultura. Un paseo por “Teodorópolis”, dice Miquel Adrià en un texto que acompaña la muestra. Chinampas que levitan en un patio. Cuadras flotantes que contienen las ideas que han poblado la Ciudad de México y otros espacios. Las islas invitan al recorrido. La escala, por supuesto, no permite que el espectador sea envuelto por la enormidad de los edificios ni que reciba el impacto de sus materiales pero convoca al movimiento, esa experiencia del tiempo que complementa las tres dimensiones quietas. El edificio –y su modelo– se despliegan. A crear “paseos arquitectónicos” invitaba Le Corbusier, su maestro. La magnífica ciudad de un arquitecto, el riquísimo trayecto de su creación intelectual y plástica, los íconos arquitectónicos de nuestro tiempo abiertos al paseo alrededor de un patio.

La muestra es apenas una pizca del prolífico trabajo de González de León. Se incluyen obras representativas de su trayecto creativo, es decir, de su búsqueda. Estaciones de un recorrido artístico: unas cincuenta maquetas que dan muestra de casi setenta años de incesante producción. No todas las esculturas que ahí flotan son, por cierto, edificaciones logradas. Un buen número de modelos representan edificios que, por un motivo u otro, no llegaron a la cimentación. Su inclusión queda justificada plenamente en este paisaje a escala porque ilustra (tanto como las realizaciones) la fascinante indagación de las formas y volúmenes.

Desprendida de la monumentalidad, arrancada del contexto, desvestida de su materia, la maqueta comprime la idea arquitectónica. Configuraciones del espacio que producen emoción. Inteligencia y sensibilidad en alianza contra la arbitrariedad. Las ciudades, ha escrito González de León, se deben “al azar, el diseño, el tiempo y la memoria”. Las esculpen y deshacen los arquitectos, los burócratas, la gente. Esta compacta ciudad de un solo maquetista es una urbe platónica habitada solo por la idea.

Si algo sobresale de esta muestra es la tenacidad del explorador. El arquitecto no se detiene en sus logros. Los hallazgos de González de León son, en cada oportunidad, pistas, insinuaciones de otro camino. El artista no se deja tentar por los éxitos de su firma. Las fórmulas que se volvieron en un tiempo su sello son reinterpretadas primero para ser abandonadas después. No es difícil encontrar las continuidades en su obra pero destaca, ante todo, la curiosidad, la reinvención, la apuesta por el descubrimiento.

No hay Mozarts de la arquitectura, le dijo el mismo Le Corbusier. No hay genios de once años que hayan diseñado edificios perfectos. González de León demuestra que la edad no está reñida con la experimentación y que los años pueden ser el camino necesario para el atrevimiento y la frescura. Esta breve muestra da cuenta de ello. ¡Cuánta vitalidad en sus composiciones recientes! Las imponentes figuras hieráticas de un tiempo adquieren la sensualidad de la flexión. La contundencia de la piedra da paso a las transparencias. Los volúmenes yacientes se elevan. El trazo se suelta, el volumen se aligera, los muros reciben aire. Pórticos que son abanicos. La geometría de Teodoro González de León acaricia el erotismo. Las figuras elementales que antes sostenían su diferencia, ahora se abrazan. El pantalón adquiere vuelo: se hace falda. ~