artículo no publicado

La palabra escrita, la atención y la música clásica

Nuestras costumbres y las facilidades de la tecnología han propiciado que atendamos a la música clásica de un modo poco concentrado.

Según el filósofo italiano Giorgio Colli con Platón da inicio la filosofía propiamente dicha, que se distingue de la filosofía anterior por ser un pensamiento anclado enteramente en la palabra escrita. Así empieza la lenta y progresiva debacle de la cultura oral; y un proceso de gradual desconfianza hacia el diálogo y el oído y la correspondiente supremacía del ojo y del soliloquio interior, los dos siervos de la escritura.

La devaluación de la palabra hablada, paradójicamente, ha corrido parejo a su proliferación indiscriminada en todos los ámbitos, creando una permanente bóveda de ruido de la que es difícil escapar. La tele, la radio y el internet no callan un solo momento del día. Sin embargo, en la medida en que esos medios no generan diálogo ni confrontación alguna, o sólo lo hacen de manera muy imperfecta, lejos de valorar la comunicación oral, terminan por empobrecerla. Como corolario de ello, se escribe cada vez más. Vivimos en la era de la comunicación inmediata y, posiblemente, nunca se había escrito tanto como ahora. La proliferación de páginas de internet, de blogs, de grupos de discusión en línea, el Facebook, el Twitter y el Whatsapp son claro ejemplo de esto.

Paradójicamente, dentro del mutismo disfrazado de locuacidad que acabamos de describir, vivimos en una época donde se consume y produce música como en ninguna otra etapa de la historia. ¿Será la música el último resquicio donde se manifiesta ese gusto por la escucha que hemos ido perdiendo a causa del ruido mediático, por un lado, y de la preponderancia de lo escrito y de lo visual, por el otro? Puede ser, pero recordemos lo que dijo Nietzsche hace más de un siglo: “Lo dicho a la ligera rara vez resuena en los oídos con el peso que realmente tiene la cosa, pero la culpa es del oído mal adiestrado, que de la educación por lo que hasta ahora se ha llamado música tiene que pasar a la escuela del arte sonoro superior, es decir, del discurso”.

En efecto, la música, si bien ayuda, no nos permite afinar el oído tanto como una persona acostumbrada a escuchar por las noches a un Griot africano. No es culpa de la música, sino, entre otras cosas, de la cantidad de soportes que en la actualidad nos permiten prescindir de la memoria. La grabación y reproducción sonoras, el soporte escrito tanto análogo como digital, el video y la foto, todo eso ha mermado nuestras capacidades mnemotécnicas. Resuelto el problema de la memoria, vivimos en una sociedad del olvido crónico, casi obligado. Al tener la posibilidad de almacenar en un disco duro la mayoría de nuestras experiencias, “nuestras identidades se forman con materias pobres, recuerdos escasos y memorias vacías”, como dice Michel Onfray. No es que ya no sepamos recordar, sino que no le prestamos mayor atención a las cosas, con lo cual olvidamos casi de manera metódica. Vemos una serie en la tele mientras chateamos o revisamos el Facebook; paseamos por las calles con audífonos en los oídos, acallando el lugar que nos rodea y separándonos de él. Son pocas las ocasiones en donde nos concentramos en un discurso de manera completa. Es como si adoptáramos la actitud del turista que, antes de observar, toma la foto, preso del miedo del olvido.

Gracias a la posibilidad de reproducción, la mayoría de la escucha musical se da en el contexto de la repetición. No prestamos demasiada atención a lo que escuchamos, porque contamos con el recurso de su repetición infinita. La escucha que se sustenta en la repetición es una escucha desatenta, donde el detalle desaparece y sólo nos queda una música compuesta por bloques. Me pregunto si esta no es una de las razones que explican el franco declive en el plano comercial de la música clásica, ya que gran parte de su fuerza y de su deleite descansa en los detalles, en cómo una misma pieza es interpretada de una manera distinta. Una escucha comodina tiende al resumen, y el resumen suprime las diferencias. La escucha desatenta explica también por qué en los conciertos de música popular la mayoría del público espera oír las canciones que conoce tocadas como en la grabación: el mismo solo de guitarra, los mismos efectos sonoros, la misma manera de cantar. Hay algo de infantil en eso, como el niño que quiere que el cuento le sea contado siempre de la misma manera. La reiteración nos tranquiliza y nos permite ejercer cierto control sobre las sensaciones que suscita en nosotros la música. Pareciera que nos negamos a escuchar, a abrirnos al mundo sonoro, optando por una experiencia conocida y apacible.

El privilegio de las orejas frente a los ojos es que no se cierran. Privilegio o debilidad, el hecho es que ello convierte al sentido del oído en algo menos sofisticado pero más abarcador que la vista. Al revés del ojo, que introduce una separación entre el sujeto que ve y el objeto visto, el oído nos sumerge en nuestro entorno. La palabra hablada nos permite relacionarnos con el otro, construir significados conjuntos, hacer comunidad. Sin embargo, esto ya no es del todo cierto, al menos en lo que concierne la música. Hemos ingresado en la época de la escucha individualizada, hecha a la medida y al gusto de cada cual; en la época del oído selectivo. Hemos logrado acallar el mundo con audífonos y convertirlo, como sugiere Michael Bull en su libro Sound moves: Ipod culture and urban experience (El sonido que se mueve: la cultura del iPod y la experiencia urbana), en una experiencia fílmica. Y tal vez, incluso gracias a esto, la propia imagen ha entrado en detrimento de sí misma. Rodeados de imágenes que son signos más que imágenes, (cuando vemos imágenes publicitarias vemos más los valores que representan que la imagen en sí misma), la imagen se ha convertido en un ente evocador de otra realidad. Así, con la música en los oídos, evocamos también otras experiencias y dejamos de vivir la experiencia que tenemos a mano. Saturados de signos, las imágenes, las palabras habladas e incluso el otro, termina por remitir a algo más, algo que siempre está más allá. Algo que sólo termina por hacer referencia a uno mismo. Y esta es sólo una de las consecuencias lógicas de la preminencia de la escritura sobre el mundo oral, pues cuando nació el libro, nació con él la personalización de la palabra, su exclusión dramática del entorno colectivo y su ingreso en esa compleja sala de masterización que es la mente de cada cual.