artículo no publicado

Hannah Arendt en televisión

Hannah Arendt

La última entrevista y otras conversaciones

Traducción de Ana González Castro y Diego Ruiz Oliveira

Barcelona, Página Indómita, 158 pp.

 

“No me dedico a la filosofía, sino a la teoría política”, decía Hannah Arendt, que el pasado 14 de octubre habría cumplido 110 años. Es la primera respuesta que le da a Günter Gaus, en la conversación que abre La última entrevista. En ese diálogo, emitido en el programa Zur Person en Alemania en 1964 y disponible en YouTube, Arendt repasa su trayectoria biográfica e intelectual: habla del judaísmo y la asimilación, de su detención en la Alemania nazi por recopilar información sobre textos antisemitas para una organización sionista y de su salida ilegal del país, de su trabajo posterior en Francia ayudando a la evacuación de judíos alemanes y polacos, y de su exilio en Estados Unidos. Dice que el deslumbramiento de algunos intelectuales con el nazismo la distanció de la filosofía, habla de la sensación de deslealtad que le produjeron algunos amigos y explica que fue entonces cuando empezó a pensar que si la atacaban como judía debía defenderse como judía. Casi veinte años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, habla de sus vínculos con Alemania: no siente nostalgia del país, aunque sí de su lengua materna.

La segunda entrevista del libro se la hizo en el mismo año Joachim Fest y gira en torno a uno de sus libros más polémicos: Eichmann en Jerusalén. Arendt dice que se gestó una campaña contra el volumen, y rechaza las dos críticas principales: que hubiera reprochado una actitud pasiva a las víctimas y que hubiera acusado a los Judenräte de colaborar con los nazis. Defiende uno de sus conceptos más célebres, y a su juicio más incomprendidos, la banalidad del mal. Es un fallo de la imaginación: “Se trata simplemente de negarse a imaginar lo que otra persona siente.” Dice en otro momento: “Cuando escribí Eichmann en Jerusalén, una de mis principales intenciones era acabar con la leyenda de la grandeza del mal, de la fuerza demoníaca.” Incide en la idea de la culpabilidad –cuando todo el mundo es culpable, nadie lo es: generalizar la culpa es una manera de absolver a los verdaderos culpables–, y también en que el castigo forma parte de la dignidad de las víctimas. Fest le pregunta por el daño que causó su libro: “Me tomo los sentimientos en serio –dice–, pero la verdad de los hechos es una cuestión de principios.”

La tercera entrevista, “Pensamientos sobre política y revolución”, es de 1970 y trata de algunas de las ideas de su ensayo Sobre la violencia, donde establecía la diferencia y la relación paradójica entre violencia y poder. Según Arendt, “Si repasamos la historia de las revoluciones, veremos que quienes abrieron el camino no fueron nunca los oprimidos y los humillados, sino aquellos que no sufrían la opresión ni la humillación pero no podían soportar que otros las sufriesen.” Esa preocupación se ha ocultado a menudo por pudor; que las revueltas universitarias de los setenta la reivindicasen tenía algo novedoso. Rechaza una idea entonces en boga: el Tercer Mundo, “una ideología o una ilusión”. Es, sostiene, una categoría ideológica y no algo que ayude a entender la realidad. “Siempre es la misma historia: la absorción de los clichés, la imposibilidad de pensar o la falta de voluntad para ver los fenómenos tal y como son en realidad y sin aplicarles categorías, con el convencimiento de que pueden ser clasificados. En eso consiste precisamente la inutilidad teórica.” Más que de la diferencia entre socialismo y capitalismo (“gemelos con distintos sombreros”), hablaba de países que respetaban los derechos y no. “En el terreno de la política, a menudo el idealismo no es más que una excusa para no reconocer realidades desagradables”, decía.

Algunos de sus análisis resultan errados y otros ingenuos; muchas de sus preocupaciones parecen extrañamente contemporáneas. Describe la aspiración a la vigilancia –por parte de las empresas hacia sus trabajadores y de los gobiernos hacia sus ciudadanos– como una forma de expropiación. Retomando una idea que estaba en Los orígenes del totalitarismo, subraya que, aunque la libertad siempre es la libertad para disentir, el totalitarismo además “negó la libertad de decir sí”: Hitler excluyó a los judíos y Stalin asesinó a sus seguidores más entusiastas. La asociación entre la independencia nacional y la soberanía del Estado imposibilita solucionar el problema de la guerra, aunque en ese momento esta fuera, a su juicio, un lujo que solo los países pequeños se podían permitir.

Habla de la oposición a la guerra de Vietnam y del racismo en Estados Unidos, y al resentimiento que la lucha contra la discriminación generaba en los blancos de clase baja. Esos asuntos aparecen también en la última entrevista, grabada para la televisión francesa en varias sesiones y fechada en 1974, un año antes de su muerte. Arendt, que había comparado las revoluciones en Francia y Estados Unidos en Sobre la revolución, apunta como una originalidad estadounidense que fuera un gobierno de leyes y no de hombres. Uno de los objetivos era escapar a la razón de Estado, que había justificado crímenes en Europa: sin embargo, para Arendt la idea de seguridad nacional, que justifica el espionaje, realizaba una función similar. A lo largo del libro rechaza los modelos deterministas. Quienes los abrazan “tienen miedo a la libertad”. Asegura que “no comulgo con ningún credo”. Con sus contradicciones y sus controversias, la obra de Arendt siempre está de actualidad: para hablar de la culpa, de la tiranía y la acción, o para explicar el estatus del apátrida y el refugiado. La última entrevista es una buena puerta de entrada a su mundo, que en muchos sentidos también es el nuestro. “Pensar –dice– significa hacerlo de manera crítica, y pensar de manera crítica siempre significa ser hostil.” ~


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