artículo no publicado

Alonso Lujambio Irazábal, senador en transparencia

 

Para quien realmente cree en el poder de lo legislativo, llegar a senador de la República debe de ser el inicio, más que la culminación, de una vida dedicada al servicio a los demás, la conciencia de tener un espacio privilegiado para aportar cultura, conocimiento, honestidad e inteligencia. Así pareció entenderlo Alonso Lujambio Irazábal, que entró al Senado de la República por la puerta grande, luchando a brazo partido contra un miura llamado cáncer que finalmente le impidió contribuir a elevar ese espacio de alta legislación a la talla de verdadero foro de discusión de ideas que se concretaran en cambios reales.

Antes que senador, Lujambio había ya asumido con responsabilidad y enorme compromiso el cargo de secretario de Educación, la rifa del tigre en un país donde aulas y alumnos han de sortear el devenir de sus clases entre estorbos y burocracia pesada hasta para afilar los lápices. Lujambio, como quien respira hondo, se hizo a la tarea de revisar las muchas tareas pendientes de un área que se retrasa cada vez que parece que avanza.

Antes que secretario de Educación, Lujambio dejó un digno palmarés como caballero andante de la transparencia, lanza en ristre contra corruptelas. Otras voces más autorizadas pueden asignar en este párrafo los debidos adjetivos y laudes que merece un funcionario que enfrentó los enredos de la función pública con la mira siempre convencida en que “hacer política era cosa digna”, o al menos podría serlo. Así lo vivía, desde que fue consejero en el entonces imberbe Instituto Federal Electoral.

También, antes de todo ello, Lujambio fue catedrático y convencido académico, formador de no pocas generaciones de auténticos científicos sociales y politólogos. Era cantado predecir que Lujambio sería académico o político, pero con el tiempo nos sorprendió también como autor de libros, desde Federalismo y Congreso en el cambio político de México (UNAM, 1995) hasta Retratos de Familia. Un dramaturgo liberal, un historiador católico y un espiritista maderista (Arkhé, 2011), pasando por El poder compartido. Un ensayo sobre la democratización mexicana (Océano, 2000) o La democracia indispensable. Ensayos sobre la historia del Partido Acción Nacional (Equilibrista, 2010).

Digo predecir porque mucho, mucho antes de todo lo que he intentado decir, Alonso Lujambio fue mi amigo. Y me duele tener que despedirme de su sombra sabiéndolo siempre cerca, como cerca estuvimos incluso cuando los diferentes paisajes de la vida nos habían dizque separado. De lejos, supe que Lujambio estudiaba en Yale, luego de nuestros años sinónimos en el ITAM y en la UNAM. Se le veía enamorado de Teresa desde el instante en que la conoció y enamorado, también, de sus hijos. De lejos, veía su trayectoria siempre ascendente. Pero luego, cerca, jamás dejaba de confirmar su amistad a primera vista en sobremesas interminables. Era elegante incluso cuando andaba fachoso y racional incluso en medio de una charla de cantina; era poeta de versos encendidos y enamorado de la mirada imposible que jamás hemos de atrapar con la red de una palabra; era sarcástico e irónico, con una chispa instantánea por el mejor de los humores. Fuimos de pelos largos y luego gominas para parecer bien peinados; fuimos de bigotes como azotadores y llegamos a afeitarnos en fiestas aburridas. Fuimos oyentes de clases magistrales en la UNAM sin tener matrículas en orden y lectores de libros al vuelo en parques donde solían ligar los albañiles con las sirvientas.

Durante un lustro nos vimos todos los días, y la amistad se volvía admiración cuando Lujambio se convertía a menudo en maestro de profesores y dejaba de ser un simple compañero de banca. Juntos leímos miles de párrafos que curtieron la piel de nuestro criterio y animaron la ambición de nuestras propias tintas. Alonso me preparó para la vida con largas caminatas de tarde y madrugada en que la hermandad se vuelve peripatética y todo se enseña o se arregla hablando, con la ciudad al fondo en una nube verde de sueños compartidos, y un día que ya parecía noche me presentó a quien se convirtió en la mujer de mi vida y madre de mis hijos.

De lejos, de veras lejos ya, sigo admirando la sombra alargada del senador Lujambio, que mereció el aplauso de diferentes ideologías y partidos políticos al salir en hombros apenas al instante de partir plaza en el Senado de la República. Estoy convencido del inmenso bien que le quedó a deber el político Lujambio al país y a cientos de estudiantes que ahora no tendrán mejor asidero que leerlo. Me queda llorar y recordarlo. De cerca, parece que escucho a Alonso con las manos como sombras y la misma sonrisa elegante con la que contagiaba tanta vida. ~


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