artículo no publicado

Alí Chumacero (1928-2010)

 

Autor de tres libros de poesía (Páramo de sueños, 1940; Imágenes desterradas, 1948; Palabras en reposo, 1956) y de una reunión “impersonal” de ensayos sobre literatura y artes plásticas (Los momentos críticos, realizada por Miguel Ángel Flores en 1987), Alí Chumacero guardó un silencio irreverente de más de medio siglo que sigue cosechando, al día de hoy, absurdos galardones al mérito de un gesto o despertando inverosímiles sospechas en torno al interés de su poesía. Mientras algunos consideran que Chumacero tuvo la lucidez y honestidad para escribir lo estrictamente necesario, evitando caer en las reiteraciones de un estilo que suele ampararse bajo el mote de “carrera literaria”, otros manifiestan su perplejidad ante una obra que se escudó en el mutismo para ahorrarse la molestia de la autocrítica, para garantizarse la culposa admiración de colegas fecundos.

Si hablé de “un silencio irreverente” es porque el propio Chumacero se complacía –y, por qué no decirlo, se divertía horrores– con los alcances públicos de su renuncia. (La comparación con Juan Rulfo, aunque desmesurada, resulta ineludible; más que por la calidad comparativa de ambos, por el lucro involuntario de su silencio.) Si bien se burlaba del espíritu canónico de los homenajes, premios y mesas redondas, Chumacero jugaba bien el juego de los reconocimientos oficiales: siempre con una sonrisa mórbida en los labios, pero también con mano abierta y firme. Desconozco si el poeta aceptaba la contradicción que había entre su imagen íntima, la de un terrorista verbal armado de frases ingeniosas y punzantes aforismos para toda ocasión, y su imagen institucional, la de un modesto “obrero de libros”, oculto detrás de las pruebas de imprenta del Fondo de Cultura Económica, editorial para la que trabajó durante más de cincuenta años. Lo que resulta claro es que Chumacero, honorable Dr. Jekyll al podio y en la página, mantuvo a raya a
un delicioso y sarcástico Mr. Hyde que ahora sobrevive en el anecdotario de sus amistades. Sin embargo, es elocuente el hecho de que en la mayoría de los ensayos escritos sobre él –a veces como indiscreción gozosa, a veces como extraña justificación– asoma dicho rostro. Como si la obra no bastara y hubiera que echar mano de los epigramas orales de Chumacero para vestir de fiesta la solemnidad de su poesía.

Dicha solemnidad no se entiende sin las afinidades electivas de nuestro autor: los Salmos y el Eclesiastés, Mallarmé, Rilke, Gorostiza, Villaurrutia y Cernuda. Expresión a la vez suntuosa y sentenciosa, destinada
a hacer ponderaciones de tinte filosófico y construir templos del conocimiento; limpidez acentual en versos letánicos pero flexibles; léxico que recuerda a Juan Ramón Jiménez y su cábala de la inteligencia, única intérprete de “el nombre/ exacto de las cosas”. En los dos primeros libros de Chumacero, los paisajes verbales se asemejan a los de De Chirico y Morandi: atmósferas deshabitadas, rotondas de materias ilustres, naturalezas muertas a manos de la metafísica. Esta poesía, que aspiraba a hacer aún más puras las palabras de toda una tribu mallarmeana, terminó por reconocer:

 

Si nada me consuela, a solas oigo

la premura de ser flor la mirada

y el corazón desdicha. Porque nadie

buscando la pureza ha sonreído.

 

En el tercer y último libro, indiscutiblemente su mejor volumen, Chumacero abandona aquel limbo inmaculado, hace una visita al infierno de los otros y divide su Comedia en breves monólogos dramáticos: lírica de la representación, teatro poético de cámara. Sus Virgilios son adúlteros y viudos, padres e hijos, suicidas y holgazanes. Sus Beatrices son bailarinas, esposas, vírgenes y prostitutas. El pathos de la peripecia, bajo vigilancia intelectual, sustituye al logos de la entelequia. Como un Rimbaud desencantado por la madurez y el tedio, Chumacero anuncia sin provocaciones ni melancolía:

 

Vayamos con unción a la taberna
[adonde

aroma el humo que precede,

bajemos al prostíbulo a olvidar
[esperando:

porque al fin contemplamos la belleza.

 

Ya no el feligrés que recita la oración de la pureza, sino el oficiante que dirige su homilía a pecadores –o que celebra una “liturgia de los misterios cotidianos”, según Octavio Paz– con la voz, ritual pero mundana, de un semejante.

En un ensayo titulado “Acerca del poeta y su mundo”, Chumacero escribió: “Pero el fin de la labor artística no reside en procurarse estatuas póstumas; tampoco, en pretender un prestigio sobrepuesto a la validez de la obra que se construye. La ‘voluptuosidad del porvenir’ y la fama en vida no cuentan, o no deberían contar, en el efecto que supone toda poesía.” Curiosas afirmaciones de un poeta que en vida obtuvo, antes que lectores pertinentes y valoraciones imparciales, la distinción o el ninguneo de la inercia. Pasarán años antes de que la poesía de Chumacero, según los versos de Villaurrutia, vaya “sin más pulso ni voz y sin más cara, / sin máscara como un hombre desnudo/ en medio de una calle de miradas”. Esa, y no otra, será su recompensa: alejarla de una turba de mirones bien vestidos, despojarla del inútil y estorboso traje de emperador que le fue impuesto. ~