artículo no publicado

Una juventud

La juventud es un concepto muy flexible: en las juventudes de los partidos políticos puedes quedarte hasta  los 30 años, los novelistas son jóvenes prometedores hasta los 40 y los políticos hasta los 45.

En la película Mientras seamos jóvenes, de Noah Baumbach, una pareja de cuarentañeros comienza a salir con otra pareja de veinticinco. Es un acto de supervivencia: ante la incapacidad de seguir el camino de su generación, que ya lleva años cambiando pañales y haciendo fiestas familiares en Martha’s Vineyard, se aferran a la juventud de unos hipsters veinteañeros. La brecha generacional es grande, pero lo es de un modo curioso. La pareja joven siente nostalgia por una época que no ha vivido: piensa que Los Goonies es una muy buena película, al igual que la BSO de Rocky, antes kitsch y hortera, que los VHS y los vinilos son mejores que los iPods, que Facebook trivializa las relaciones personales, que los pantalones de campana y los sombreros son hip. Frente a ellos, la pareja en los cuarenta hace todo lo contrario: son unos adictos al smartphone, utilizan iPods, ven películas en Netflix. Los primeros no respetan la nostalgia de los segundos: la canción del anuncio de los 80 que tararean la aprendieron en YouTube, lo que cabrea a los cuarentones, que la consideran parte de su experiencia personal. La pareja de veinteañeros no necesita “sentirse” joven porque ya “es” joven; los cuarentones creen que sintiéndose jóvenes pueden llegar a serlo.

La película está repleta de clichés intergeneracionales y críticas a la supuesta arrogancia de la juventud. “Si te soy sincero, creo que nunca me voy a morir”, dice el personaje de Adam Driver, en un papel de joven artista calcado al que interpreta en la serie Girls. “No es mala persona. Es solo joven”, dice en el final de la película, con cierta condescendencia, el personaje de Ben Stiller. Josh (Stiller) y Jamie (Driver) son ambos directores de documentales. Josh lleva años preparando un documental ambicioso y a Jamie se le ocurre una idea que resulta mucho más exitosa. Josh siente envidia por él y cuestiona la honestidad de su trabajo. Intenta convencer a todo el mundo de que el documental es falso, de que es una muestra de una juventud a la que le han dado todo y no sabe respetar nada. Pero nadie lo comprende.

En Mistress America, recién estrenada en España pero rodada antes que Mientras seamos jóvenes, Baumbach también explora una brecha generacional y los dramas de madurar. Tracy tiene 18 años, estudia literatura en Nueva York y quiere ser escritora. Su madre se acaba de divorciar y se va a casar de nuevo. Brooke, la hija de su futuro padrastro, tiene 30 años, vive también en Nueva York y no sabe qué hacer con su vida. Tracy y ella acaban haciéndose amigas. Baumbach pinta la adolescencia como una etapa que se alarga hasta casi los 30 años. Las dos chicas tienen sueños y preocupaciones similares, pero en algo obvio no coinciden: Brooke se esfuerza por seguir siendo joven, cuando siente que quizá ya no lo es, y no deja de recordárselo a todo el mundo. Parafraseando a Margaret Thatcher, ser joven es como ser una dama: si tienes que andar diciéndoselo a la gente, no lo eres.

Baumbach a veces critica una generación que considera que elude las responsabilidades, en otras ocasiones parece envidiarla. Un famoso meme hace un par de años criticaba los scumbag baby boomers, aquellos nacidos entre los años 40 y 60 que reprochan a los millenials su frivolidad e irresponsabilidad: “Compró su primera casa con veintipico años con un trabajo de 9 a 5 que no requería un título de bachillerato y luego dice que ‘los chicos de ahora lo tenéis muy fácil’”, “Cuando iba a la universidad se pagó la matrícula trabajando en verano. La matrícula costaba 400 dólares”. En Mientras seamos jóvenes, Baumbach se acerca peligrosamente a esa actitud, pero finalmente se aleja de ella para llegar a una postura resignada: la vejez es algo irreversible, pero la juventud es un concepto muy elástico: aunque el carnet joven dura hasta los 26 años, lo mismo que el abono joven del metro, en las juventudes de los partidos políticos puedes quedarte hasta más allá de los 30, los novelistas son jóvenes prometedores hasta los 40 y los políticos hasta los 45.