artículo no publicado

Un refugio para la conciencia

El hombre rebelde, escribió Albert Camus, es el hombre que dice no, pero que hace de la negación no una renuncia, sino un impulso para juzgar y desear: juzgar lo que hay y desear lo que puede haber. "El esclavo, en el instante en que rechaza la orden humillante de su superior, rechaza al mismo tiempo el estado de esclavo. El movimiento de rebelión lo lleva más allá de donde estaba en la simple negación [...] Instalado anteriormente en un compromiso, el esclavo se arroja de un golpe al Todo o Nada. La conciencia nace con la rebelión."
     Esa conciencia sobre la que hace medio siglo reflexionaba el Nobel francés es la que motivó, en 1993, que se fundara el Parlamento Internacional de Escritores (PIE), con el propósito de apoyar a escritores perseguidos en sus países de origen. Pero lo que surgió entonces como una sencilla protesta de apoyo y respaldo ha desarrollado su propia coraza de rebeldía contra algo mucho más sutil que la persecución literaria o la intolerancia estatista: una lucha contra el reino de lo homogéneo, un polo de resistencia de pensamiento, un lugar cultural no pasivo como reacción a la realidad.
     La censura es hoy la tiranía de lo único, asegura Christian Salmon en Tumba de la ficción (Anagrama, 2001), pero peor que la censura, agrega el secretario general del PIE, "resulta hoy el espacio cultural que se está imponiendo por la fuerza. Un espacio cultural estandarizado, homogeneizado, dominado por las grandes agencias mediáticas y las industrias culturales trasnacionales, un espacio Schengen de la cultura que apenas dejará sitio para la expresión de las diversidades y de las minorías lingüísticas y culturales". Y por ello, agrega Salmon en su ensayo, la ficción se ha erigido como una amenaza al mundo moderno a grado tal que se ha comenzado a perseguir más obstinadamente a los autores que a los libros. De la censura de la obra se ha pasado a pedir las cabezas de los escritores, en un mundo que olvida que las ideas enriquecen al hombre.
     "Encasillar nuestra labor en un discurso humanista es simplemente no ver la perspectiva de lo que estamos haciendo y de lo que está pasando", dice Philippe Ollé-Laprune, director de la Casa Refugio Citlaltépetl en México, la más innovadora y plural de las hasta ahora 35 casas de apoyo a escritores perseguidos, repartidas en Europa y América. "La exclusión del creador literario se ha privatizado", dice Ollé-Laprune. No se trata tanto de una persecución política, que la hay, sino de la obstaculización de espacios de intercambio y pensamiento. "Son justamente esos espacios en los que el escritor se mueve los que están amenazados", añade.
     Por este motivo, y auspiciado por una filosofía de neutralidad cultural, la Casa Refugio Citlaltépetl inaugurará en septiembre próximo el I Encuentro Internacional de Escritores, en el que se reunirán más de cincuenta autores de diversas nacionalidades para hablar no de literatura, sino del papel del escritor en la actualidad.
     Una casa refugio, concepto que surgió como iniciativa del PIE, no es puramente un albergue de escritores perseguidos, sino también un espacio de diálogo en el que convergen las distintas voces que no son escuchadas en el marco homogéneo de la cultura dominante. ¿Se ha querido efectivamente callar a la ficción? Muchos han reivindicado su independencia, pero esa lucha sin tregua ni descanso, afirma Salmon, ha sido "un combate desigual que interrumpe a menudo la campana de los hospitales psiquiátricos o, sencillamente, el agotamiento y la muerte. Gogol firma su rendición, quema sus cuartillas y muere. Kafka calla y deja su figura en manos de biógrafos y embalsamadores. Flaubert muere lleno de ira"; la historia parece ensañarse con aquellos que han vislumbrado un mundo nuevo, diferente, o que al menos han cuestionado el orden de las cosas. Es la historia que Salmon cuenta a manera de homenaje en favor de la literatura en Tumba de la ficción.
     Lo que el PIE y su red de Casas Refugio pretenden es, entre otras muchas cosas, evitar que la historia se repita o hacer todo lo posible para ofrecer resistencia a los esquemas imperantes de difusión, distribución y venta de libros; un contrapunto al discurso unipolar de la globalización y al que la literatura no permanece ajeno. ¿Deben ser los escritores seres que, por encima de otros, merezcan ser protegidos? No se trata de una condición de superioridad, concluye Ollé-Laprune. Se trata de proteger al escritor en tanto que representa la voz de cientos de seres imaginarios; no se protege al escritor como tal, sino al mundo que éste representa, un mundo que abarca la conciencia del ser humano. ~