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Trudeau, el príncipe liberal se corona

El Partido Liberal de Canadá recupera el poder luego de casi una década de malos momentos. Con un apabullante resultado en las urnas, Justin Trudeau, el Primer Ministro, le ha mostrado la puerta de salida a Stephen Harper. 

Inexperto, adepto al gazapo, con un inmerecido apellido y sin sustancia, son, entre otros adjetivos las críticas que ha tenido que soportar Justin Trudeau desde que decidió incursionar en la política. Sin embargo, el voto de los canadienses ha llevado a su partido a reconquistar el poder. El líder liberal resistió los embates, disciplinó a su partido, pasó al ataque y siguió al pie de la letra los consejos de sus asesores para aprovecharse del pronunciado descontento hacia Stephen Harper. 31 años después, un Trudeau vuelve a ser Primer Ministro.

Luego de su llegada a la dirigencia del Partido Liberal, Justin Trudeau vivió una luna de miel con amplios sectores de la sociedad canadiense. Las cifras de las encuestas le dieron una cómoda ventaja que fue perdiendo conforme se acercaba el inicio de la campaña electoral. A principios del pasado mes de agosto, cuando la campaña arrancó oficialmente, los liberales se encontraban en el tercer puesto de las preferencias. Setenta y ocho días después[1], y horas antes de las elecciones, lideraban los sondeos con una ventaja de 10% frente a los conservadores.

Sin embargo, los resultados electorales mostraron que la victoria del partido liberal fue más contundente: ganó 184 de las 338 circunscripciones en juego, remontando por mucho las 31 circunscripciones ganadas en las elecciones de 2011.

El éxito de los liberales debe mucho a las decisiones económicas que caracterizaron al gobierno de Stephen Harper, quien en los últimos diez años redujo el financiamiento de diversos programas sociales y de ayuda internacional, defendió los preceptos del conservadurismo en una sociedad caracterizada por la apertura y la tolerancia y pasó por alto la agenda medioambiental. Trudeau y su equipo supieron aprovechar este descontento con posturas ubicadas en el centro para ganar adeptos en distintos sectores. En los meses de campaña  Trudeau evitó las declaraciones polémicas y los comentarios desafortunados (a excepción de un lapsus en un debate, cuando llamó “Mon amour” a uno de sus oponentes en vez de “Mon collègue”), criticó con músculo a los conservadores en temas torales y se presentó como la opción para volver a los principios fundamentales de la política canadiense. Esperanza, fin de la división ciudadana, preocupación medioambiental, defensa de las libertades, apoyo a las clases media y trabajadora fueron los términos e ideas repetidos por Trudeau a lo largo de todo el territorio canadiense.

En su discurso triunfal, Trudeau se comprometió a dirigir un gobierno abierto y transparente. Entre las tareas del corto plazo se encuentra designar a sus ministros entre los diputados liberales más experimentados y desarrollar una estrategia para cumplir con lo prometido en campaña: reducir los impuestos para la clase media, invertir considerablemente en infraestructuras, despenalizar el consumo de mariguana y ordenar una investigación nacional sobre la violencia en contra de las mujeres indígenas, entre otras propuestas. La mayoría obtenida en el Parlamento le facilitará gran parte del trabajo. (Por cierto, en un mitin en Ontario, Trudeau prometió eliminar la visa canadiense para los ciudadanos mexicanos. Hasta no ver, no creer).

Horas después de su victoria, apareció en una estación de metro dentro de su circunscripción montrealense para agradecer personalmente el apoyo ciudadano. No estaba rodeado de guardaespaldas y escuchaba con detenimiento las palabras de la gente, quizá pensando que ya se acabaron los tiempos de las promesas y las sonrisas. El nuevo Primer Ministro debe gobernar con hechos.



[1]Se trató de la campaña más larga de la historia canadiense, algo que seguramente Trudeau y su equipo agradecieron.