artículo no publicado

Tramas

La experiencia, en sordina, de la familia, es el tema esencial de la poesía de Alicia García Bergua (Ciudad de México, 1954) que, con Tramas, alcanza su cuarto libro. Estamos ante una experiencia ocurrida entre aquel “familias, criaderos de alacranes” que Octavio Paz grabó en Pasado en claro, y la idea enternecida y tolerante, nuevamente hogareña, de las nuevas familias que van y vienen por el mundo contemporáneo tras haber sobrevivido a la implosión de la familia tradicional en los años sesenta y setenta del siglo pasado, noción y experiencia presente en otros poetas mexicanos, como es el caso de Fabio Morábito, poeta cercano a la autora de Tramas.

Desde Fatigarse entre fantasmas (1991), García Bergua ha venido escribiendo, en fragmentos, en episodios, a través de los “Hilos narrativos” que tejió en aquel libro, una pequeña crónica poblada de muertes y de renacimientos, una poesía devota de la claridad (y a veces, más que ésta, la literalidad) y la distancia y que, empero, a menudo queda abrasada por la nostalgia. García Bergua ha sido consecuente con lo que entendía, en uno de sus primeros ensayos, como su propia poética: la poesía ha de servir como una red extendida sobre la experiencia, una especie de pesca de la memoria (Memoria e historia: la soberbia del olvido, 1986).

“Entrábamos jugando tú y yo./ Era la ruina de su matrimonio/ por la que corríamos haciendo ruido”, dice un verso de Tramas (Calamus, Oaxaca, 2008) donde se invoca al divorcio y a la adolescencia, que en García Bergua aparecen como una dualidad a la que siguen, como motivos poéticos constantes, los deberes de la amistad y la frustración de la maternidad pospuesta. “Tenía treinta años”, recapitula García Bergua en otro poema memorioso, “me recuerdo fumando,/ abordando esa vida/ que parecía ir a alguna parte:/ aquí, donde estoy/ de nuevo conociéndome/ como si fuera otra./ Pese al miedo/ me sentía caminar/ de palmo a palmo/ por eso que era yo;/ no podía creer que envejecía,/ que no iba a la cabeza de mi tiempo./ Ahora que me pasa por encima/ y que me hallo/ ya cada vez más sola/ con mi cuerpo,/ me sé parte de todo,/ un trozo que se va/ y se despide a diario/ únicamente para despertar,/ despertar muchas veces.”

Poesía solemne (en el buen y en el mal sentido de la palabra), la de García Bergua empezó por ser enfática, muy ligada, en su tono imprecatorio y elegíaco, a la de Tomás Segovia. También, en sus primeros poemas, destacaba lo cerebral, el componente intelectivo, que en ella provenía de la lectura de los poemas filosóficos de los Contemporáneos, en particular del Canto a un dios mineral pues la vocación científica de Jorge Cuesta no le es, por su conocimiento de la historia de la ciencia, extraña.

De su libro menos logrado (La anchura de la calle, 1996) al más íntegro (Una naranja en medio de la calle, 2006), la voz de García Bergua ha ido precisándose, de la atonía a la gravedad, en la creación de presencias líricas recurrentes y, en mi lectura, perdurables, como el perro cuya medida del mundo viene a ser absoluta: “Cuando mi perro husmea/ profundiza en su vida, limitada/ a la estrecha pared de mi existencia./ Su manera de ser me da nostalgia,/ nuestra vida y oído desterraron/ la nostalgia que da el olfato/ de un lugar más vasto/ que nos contiene a todos en silencio./ Cuando paseamos y queda absorto/ en detalles que escapan a mi vista,/ parece sumergirse y tocar fondo/ en ese mar de aire donde habita;/ yo simplemente espero,/ lo ayudo a atravesar de orilla a orilla.”

Esa solemnidad, en la poesía de García Bergua, quizá proviene de su toma de posición ante el tiempo como contingencia y no como instante, que Eduardo Hurtado, uno de sus críticos, ha subrayado, situándola entre los poetas que se nutren de la “vida sin cesar cotidiana” (Jorge Guillén). Dice Hurtado, también, que entre las formas del tiempo, la simultaneidad, la sucesión y la duración, García Bergua prefiere esa duración que transcurre cuando no parece pasar nada. En ese sentido, en Tramas, se puede leer: “Me gusta este silencio/ de la ropa doblada en el armario,/ me tranquiliza mucho;/ mirarla hace una pausa contundente./ Una encima de la otra/ las prendas del armario esperan con paciencia/ parecen señalar que hay que cruzar los brazos,/ mirar hacia otra parte,/ donde los pensamientos se aligeran/ y se vuelven dispersos.”

El tono sentencioso, levemente aforístico, ha ido sustituyendo a la interpolación dramática, no en vano lograda, en Fatigarse entre fantasmas, gracias a sus antecedentes como escritora de dramaturgia, en donde Alicia García Bergua se destacó por un humor corrosivo, trepidante y amargo que generalmente se ausenta de su poesía. En Tramas destaca, junto a un par de trenos por la muerte del padre, esta estampa conmovida y severa del matrimonio: “Nunca previmos el cansancio/ que traería este roce de los cuerpos/ Viven inmersos en un diálogo/ a la vez costumbrista y silencioso/ que nos ha rebasado: se aferran a su lado de la cama, tiene sus alimentos, sus horarios y sus horarios y sus puntos de encuentro y desencuentro./ Para querernos bajamos su volumen/ tratamos de escucharnos/ sin que ellos prevean nuestros gestos/ e intenten distanciarnos.”

(Publicado previamente en El ángel de Reforma)