artículo no publicado

Steven Pinker y el declive de la violencia

  

El humanismo secular sostiene que el afinamiento de los instrumentos de la inteligencia que florecieron y avanzaron sobre todo a partir de la Ilustración aportaron grandes logros a la ciencia y e hicieron retroceder cada día el ámbito milenarista y de lo indemostrable –territorios de la religión, la superstición y la ideología dogmática–. Son precisamente estos instrumentos a los que Steven Pinker, en su libro The Better Angels of our Nature. Why Violence Has Declined (Viking, 2011), hace responsables de una caída en la frecuencia de las guerras, de la violencia y de la agresividad en general en las relaciones humanas. De que, en sus palabras, seamos en conjunto “más buenos”.

En la sección de preguntas frecuentes de su más reciente libro pueden leerse estas palabras:

Aunque siempre tuve una vaga impresión de que una comprensión científica de naturaleza humana era compatible con una robusta moralidad secular, solo por la influencia intelectual de mi esposa, la filósofa y novelista Rebecca Newberger Goldstein, entendí la lógica que las une. Me explicó cómo la moralidad se conecta con la racionalidad, y cómo el humanismo secular es un término moderno para la visión universalista que resultó de la Edad de la Razón y la Ilustración (en particular, según ella, de las ideas de Spinoza). Esas ideas han conducido a la disminución de la violencia hasta un grado al que llamo humanismo ilustrado y que es lo más cercano que tenemos de una teoría unificada.

Este es un mensaje optimista muy de agradecer. Y la tarea llevada a cabo por los humanistas seculares, extraordinaria. Pero, ¿nos hemos vuelto “más buenos”?

La agresividad humana

El comportamiento agresivo es general. No se inventó en un lugar y se extendió. Forma parte de la historia y la prehistoria de nuestra especie y su linaje ancestral. El cerebro humano ha conservado los circuitos agonísticos y de predominio en los mamíferos.

La agresividad tiene por lo menos dos aspectos importantes a considerar. Por un lado, procura rendimientos o recursos en general: alimentarios, territoriales, económicos o sexuales. Por el otro, la agresividad es algo placentero en distintos grados dependiendo de las personas o de las circunstancias. Los dispositivos neurales de la agresión ofensiva se enlazan con los de la recompensa fisiológica. Todo ello recordando que está demostrado que la variación de las tendencias violentas en los individuos es considerablemente hereditaria.

Disminución de la violencia en nuestros días

No solo Pinker, sino autores como L. H. Keeley, Margo Wilson y Martin Daly o Napoleon Chagnon ya demostraron en su día la falsedad del mito del buen salvaje y la evidencia del declive de la violencia (en palabras del antropólogo Richard Wrangham, de la “domesticación” del ser humano).

Estos autores han aportado números que muestran los porcentajes de homicidios, guerras, actos de terrorismo, abuso infantil y otras formas de violencia en varios períodos de tiempo. Pero la cobertura masiva de los hechos violentos tiende a enmascarar (las buenas noticias venden menos) que, por regla general, nuestras posibilidades de ser asaltados o asesinados han ido disminuyendo durante siglos. Incluso en el siglo XX, con sus dos guerras mundiales, las cifras han sido inferiores que en siglos anteriores. Y la segunda mitad del siglo XX ha sido testigo de una carencia de guerras sin precedente entre Estados desarrollados y grandes potencias. La obsolescencia de las grandes guerras es solo uno de muchos motivos de la disminución de la violencia. Los porcentajes de homicidios en Europa se han dividido al menos por 30 desde la Edad Media: de aproximadamente 40 personas por cada cien mil al año en el siglo XIV a 1.3 al final del XX.

Posibles motivos para ello

Pinker asegura en su libro que la evolución social ha reducido los incentivos para la agresión y el crimen cambiando las sensibilidades modernas. En mi opinión, se podrían resumir en tres sus motivos fundamentales. Uno, “la consolidación de los gobiernos –como describió Thomas Hobbes en Leviatán(1651)– como monopolizadores de la violencia legítima y del arbitraje de las disputas reduciendo la necesidad de la venganza privada”. Otro, el auge del “comercio apacible” que produjo los beneficios mutuos del intercambio. Y el tercero sería una progresiva mejora en la inteligencia y en el pensamiento crítico que da lugar a una ética secular y a la consecución de una mayor “bondad” en las nuevas generaciones en su conjunto.

Críticas razonables

Aunque Pinker menciona la relevancia en la disminución de las desigualdades económicas, que han sido el predictor más acertado en la variabilidad en las tasas de homicidio en todas partes, algunos autores –como Martin Daly– consideran que no hace suficiente hincapié en ello. Y también faltan, como resalta Adolf Tobeña*, parámetros importantes como los cambios demográficos, la evolución de los saltos tecnológicos, los índices sanitarios, la evolución de flujos comerciales interestatales y locales y, lo que es particularmente importante cuando se trata de violencia y agresividad, las cifras comparativas sobre el incremento de funcionarios dedicados al control de la delincuencia, la evolución de las prisiones y la población reclusa o tecnologías basadas en la prevención del crímen. Fernando Savater, en un momento de su conferencia en las jornadas La creación del mundo, reproducida en las páginas de esta revista, dice a propósito del avance de esa supuesta “bondad” humana, que habría que profundizar más en datos sobre tipos de violencia como la escolar, el bullying, la violencia doméstica, etc., que ya aporta Pinker pero que merecen mucha más atención.

¿Revolución humanista?

No cabe duda que el avance del pensamiento crítico ha cambiado las sensibilidades modernas a base de potenciar esos componentes de la mente humana que Abraham Lincoln llamó “los ángeles buenos de nuestra naturaleza”. La alfabetización, los viajes y el cosmopolitismo mejoran la empatía y pueden explicar la aversión actual hacia los castigos crueles y los costes humanos de la guerra.

Hoy se les enseña a los niños tolerancia y comprensión al otro de forma realmente asumida. No como adoctrinamiento sino como razonamiento dirigido e inteligente. Pero no hay que bajar la guardia y dar estas conquistas por establecidas. Un artículo de The New York Timespublica datos de un sondeo federal de Estados Unidos que señala que una de cinco mujeres asegura haber sido violada o víctima de un intento de violación. Y una de cada cuatro dice haber sido golpeada por un compañero sentimental.

Hay que tener siempre presente que no somos una tábula rasa y que la naturaleza con todo lo bueno y lo malo es la tierra en la que crecemos. Cuando, por ejemplo, en la misma escuela, en la universidad, en los medios se estimula la rivalidad intergrupal y el favoritismo con los propios (sea a causa del nacionalismo, la adscripción a un color ideológico, la religión etc.) al servicio de inte-reses políticos se están facilitando excusas para dar salida a impulsos agresivos cuya expansión puede ser muy gratificante para el animalito interior pero que tienen poco de encomiable y mucho de peligrosos.

Un único grupo solidario

La domesticación de la agresividad humana parece posible siempre que no restemos importancia a los sistemas que contemplan las leyes para la prevención de la violencia, su control y el subsiguiente castigo. Es la otra cara del estimulo a la razón, al pensamiento crítico y a la ciencia que promueve este humanismo secular al que el libro de Pinker da un merecido reconocimiento. Vamos hacia una cultura global destinada a ser la úni-ca cultura posible, pues es la que se va a construir entre todos a partir de una competencia de visiones en la que re-sultarán triunfadoras aquellas que proporcionen en la práctica una superior calidad de vida al ciudadano, y no podrá ser independiente de los logros más importantes del intelecto humano: los derechos y libertades delindividuo recogidos en la carta de los derechos humanos; el legado de la ciencia y de la razón crítica; y el sistema político que ha demostrado ser capaz de crear y distribuir riqueza y de defender la paz dentro y fuera de sus fronteras. Esto es, una ética consensuada que nos convierta a todos en pertenecientes al mismo grupo solidario: el del Homo sapiens. ~

 

* Adolf Tobeña, “Angels de la guarda pinkerians”, Mètode.