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Sé verlas al revés, dijo el palindromista

Los palíndromos son las palabras o frases que se pueden leer igual de derecha a izquierda que al revés. Juan Filloy, el primer gran palindromista en idioma español, tiene hoy cientos de sucesores.

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Uno de los últimos cuentos de Julio Cortázar se titula “Satarsa”. Forma parte de Deshoras, su último libro de relatos, publicado en 1982, un par de años antes de su muerte. La trama se teje sobre un palíndromo (o “palíndroma”, como lo llama el autor), es decir, una frase que dice lo mismo de izquierda a derecha que al revés: ATAR A LA RATA. “Si lo ponés en plural todo cambia —afirma el protagonista—. Atar a las ratas no es lo mismo que atar a la rata […] Atar a las ratas te da Satarsa la rata. […] Ahora sabés que hay una rata que se llama Satarsa. Todas tendrán nombres, seguro, pero ahora hay una que se llama Satarsa”.

Cortázar menciona otros palíndromos en su relato:

ADÁN Y RAZA, AZAR Y NADA

ÁTALE, DEMONÍACO CAÍN, O ME DELATA

Al referirse a este último, el personaje dice: “Lo leí en un cuento donde había muchos palíndromas, pero solamente me acuerdo de ese”. Ese cuento podría ser “Lejana”, incluido en Bestiario, el primero de los libros del propio Cortázar (de 1951). Al comienzo de ese relato, la protagonista, Alina Reyes, afirma que pasa sus horas entre juegos de palabras, entre ellos los palíndromos. “Los fáciles, salta Lenin el atlas; amigo, no gima; los más difíciles y hermosos, átale, demoníaco Caín, o me delata; Anás usó tu auto, Susana”.

Pero antes de formar parte de ese cuento, estos palíndromos estuvieron en una novela, que es quizá la que el personaje de Cortázar había leído.

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Esa novela es ¡Estafen!, del también argentino Juan Filloy, publicada en 1932. Uno de sus personajes entretiene sus horas en prisión con la escritura de palíndromos. En la novela se transcriben cuarenta y uno. Algunos ejemplos:

ACUDE EL AVE Y EVA LE EDUCA

ALLÍ VA RAMÓN Y NO MARAVILLA

¡MAL SI LES DAS LA FE FALSA DEL ISLAM!

SACO PESADO TE DOY YO, DE TODAS ÉPOCAS

El listado también incluye, claro está, los cuatro citados por Alina Reyes en el cuento de Cortázar. “Yo soy el recordman de frases palíndromas —se jacta el personaje de Filloy—. Algún día la patria reconocida me elevará una estatua… No se rían. Hay muchos próceres que se han roto la cabeza menos que yo”.

A poco que se conoce la vida y obra de Filloy, se descubre que ese personaje, al menos durante esa escena, funciona como álter ego de su autor.

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Juan Filloy nació en Córdoba, Argentina, el 1 de agosto de 1894, y murió en la misma ciudad, mientras dormía la siesta, el 15 de julio de 2000. Elogiado por varios de los escritores más prestigiosos de su país (Cortázar, Borges, Marechal, Saer, etcétera.), su obra tuvo bastante poca difusión, en cierta medida debido a que su perfil siempre fue tan bajo como elevado su amor por los juegos de palabras. Del medio centenar de obras que escribió en sus casi 106 años de vida, solo se han publicado (por ahora) 29. Los títulos de todas ellas —editadas e inéditas—están compuestos por siete letras. Ni más, ni menos.

Y si todos los juegos de palabras le gustaban, a los palíndromos les rindió una pleitesía única. Como su personaje de ¡Estafen!, se autoproclamaba récord mundial de la palindromía. En una entrevista de finales de los años ochenta le preguntaron si lo decía en broma. “Para nada —respondió—. Los argentinos somos campeones de fútbol, pero muy pocos saben que tengo el récord mundial de palindromía. En ninguna lengua ni en ningún lugar existe alguien que haya escrito tantos palíndromos como yo”.

Filloy escribió, incluso, un “tratado de palindromía”, publicado en 1988. Lleva por título Karcino, palabra de origen griego (y de siete letras) que significa “cangrejo” y de la que deriva “karcinograma”, uno de los tantos nombres que los palíndromos han recibido a lo largo de su historia. Y es que estas expresiones, como los cangrejos, también pueden andar hacia atrás.

“La palindromía es aventura y epopeya intelectual”, asevera Filloy en su lírico tratado. “Niego que la frase palíndroma tenga equivalencia entre las maravillas del lenguaje”, añade. Califica la palindromía como una “manera suprema de perder el tiempo”, “un blasón que ejemplifica a la caballería inmortal que se demora aún en cosas poéticas y hazañas porque sí”. De las sesenta y tantas páginas que el autor dedica a historiar y exaltar este arte, quizá ninguna otra combina tan bien belleza y precisión como la que dice:

“A veces, en plena vigilia, el hombre vive escenas que una secreta premonición le hizo vivir antes. Este rememorar angustioso de circunstancias no vividas se asemeja mucho a la conmoción intelectual que produce la palindromía. Ese reflujo de las letras sobre sí mismas, arrastrando un concepto ya conocido, desazona intensamente. ¡Cómo! ¿Es posible esto? Y al comprobar el prodigio, queda vibrando la persuasión de la existencia positiva del misterio”.

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Filloy lamentaba en su tratado la poca atención que históricamente le habíamos prestado a este tema los hablantes del castellano, el cual, según él, es el idioma más palindrómico de todos los que existen. Pero esto ha cambiado. En nuestros días se cuentan por cientos los amantes de los palíndromos que despliegan y publican su arte aquí y allá. De hecho, el trabajo del madrileño Víctor Carbajo deja la performance del bueno de Filloy reducida casi a la de un simple aficionado.

Y es que Carbajo —quien nació en 1970 y además es pianista y compositor—lleva escritos más de 74 mil palíndromos y es autor de un megapalíndromo compuesto por 22.132 palabras (todas diferentes, de entre 4 y 15 letras cada una), que suman la friolera de 140,721 letras. Un total de 76 páginas que se pueden leer en ambas direcciones. Carbajo además recopila palíndromos y periódicamente publica su colección actualizada. La última versión, del año pasado, incluye 120,021 especímenes.

Por otro lado, existen organizaciones como el Movimiento Rever y el Club Palindromista Internacional que organizan concursos y estimulan la creación (¿o debemos decir el descubrimiento?) de frases karcínicas. Y si se trata de belleza, hay que destacar los poemas-palíndromos de Merlina Acevedo: una auténtica maravilla.

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Dicen por ahí que el idioma más palindrómico del mundo no es el castellano, como creía don Filloy, sino el finlandés. Así que también en esto el filloyismo parece haber sido superado. Qué más da. Quién sabe si los palindromistas actuales existirían si no hubiera sido por el empeño del escritor cordobés. En todo caso, estoy seguro de que nadie ha escrito sobre la materia con la belleza con que lo ha hecho él:

“La palindromía encarna un coeficiente natural de la escritura; pues lo que se escribe ya está escrito, o mejor: inscripto de modo exacto viniéndose desde las incógnitas del tiempo y del espacio. Se trata de un espejo retrovisor invisible que maravilla al descubrirse; puesto que repite cabalmente lo ya escrito, con idénticas grafías y con iguales resonancias”.

Y a quienes no entiendan estos afanes, les digo lo que se dice a sí mismo otro de los personajes del cuento de Cortázar, cuando piensa en su amigo el amante de los palíndromos: “¿Quién no es loco a su manera?”.

 

 


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