artículo no publicado

Revueltas: la herejía

Todo lo que puede criticarse de las novelas de Revueltas –melodramáticas, hiperbólicas, dostoievskianas– queda disculpado por su devoción por la palabra.

Termino mi relectura de José Revueltas con Los días terrenales (1949) y Los errores (1964),  su célebre par de novelas comunistas. La primera provocó su arrepentimiento, víctima del chantaje de su adorado Pablo Neruda y de una parodia de proceso de Moscú incoada por sus compañeros de izquierda donde se le acusaba de propalar el existencialismo burgués al presentar a un jefe comunista desalmado incólume ante la muerte por hambre de su pequeña hija. La secuela de Los días terrenales, novela lírica, filosófica en buena lid, no podía ser sino Los errores. En el ínterin, Revueltas intentó ajustarse al canon del realismo socialista con un par de relatos lamentables por maniqueos y logró ser readmitido en el Partido Comunista Mexicano sólo para volver a ser expulsado en 1960. Creía Revueltas que el XX Congreso del partido soviético, en el cual se denunciaron los crímenes del dictador y el culto a su personalidad, crearía un clima de distensión que mantendría a militantes como a él, a punto de caer en herejía, dentro de las filas del comunismo internacional. Algo de eso ocurrió: fueron los años del breve “deshielo”, que terminó justo cuando aparecían Los errores y los empecinados cambiaron el sentido de sus oraciones rumbo a Pekín, donde Mao resistía heroicamente la desestalinización y prometía un bálsamo destructor:  la Revolución Cultural proletaria. Cosas de la Iglesia Roja, como la llamaba Revueltas en Los errores.

Los días terrenales apuesta por salvar a los comunistas de sí mismos mediante una suerte de humanismo religioso, el humanismo de Gregorio –esa imitación figural de Cristo antepuesta por Revueltas a Fidel, el sacerdote impío por dogmático–, en Los errores la pregunta central, todavía abierta en esa fecha, era sí ese  siglo sería recordado por ser el de la Revolución de octubre o por ser el de los procesos de Moscú. Me parece que el último Revueltas, quien dijo que si el “socialismo real” era el retratado por Solzhenitsyn en El archipiélago Gulag, había que proclamarlo, hubiera acabado condenando a la Revolución como la maquinaria que desencadenó los procesos en que fue liquidada la vieja guardia bolchevique, responsable ésta última (junto con Stalin, su verdugo) de la muerte de millones, por hambre, guerra y represión, desde 1918.

He llamado a Los días terrenales y a Los errores novelas comunistas porque creo que lo son, así como las de Mauriac o Bernanos son novelas católicas, sin que ello las convierta en un coto vedado para quienes el marxismo–leninismo o el cristianismo les sean extraños. Si Revueltas, como dijo Octavio Paz, vio el comunismo como una agonía, a lo Unamuno, sus novelas no deberán serle indiferentes a quienes acaben por encontrar tan remotas las querellas vigesémicas como las que enfrentaron a los güelfos y a los gibelinos en los tiempos de Dante. Si Revueltas me sigue pareciendo tan poderoso como escritor es porque nadie entre nosotros –para decirlo a su manera, hegelianizante– ha sufrido de manera tan objetiva el peso de las ideas; el peso vivo y el peso muerto. En pocas novelas se honra tanto a la condición intelectual del hombre como en las de Revueltas; el contenido de su pensamiento –él lo sabía primero que nadie– es histórico. Pero la noción religiosa de que las ideas dan vida o dan muerte va más allá de la historia. Quien repudie ese extremismo debe alejarse de Revueltas.

Los días terrenales es aún una novela rural por su escenario donde el comunista es enviado a tierras veracruzanas para concientizar a los campesinos, Los errores es un gran novela urbana. Entre sus herejías estuvo mezclar a los comunistas –esta novela, como la primera, transcurre en los años treinta– con el hampa y hacer penar a los camaradas entre enanos, cinturitas y ladronzuelos. Pero no sólo eso. Hizo emerger los bajos fondos de la ciudad de México a un nivel sólo comparable al de Buñuel, más de una década atrás, en Los olvidados. Pero sobre todo, me ha admirado la concentración verbal revueltiana, su búsqueda, muy consecuente con la teoría marxista de la enajenación que escudriñaba con celo teológico, de cosificar a los personajes, despojarlos, por exceso de humanidad precisamente, de todo lo humano que les sobrase. Y a la vez, actuar en sentido inverso, humanizando a las palabras, dotándolas de autonomía, vida propia al interrogarse sin cesar por su sentido. Revueltas, me parece, fue un nominalista convencido, como dice en Los errores, de que “así como un objeto puede impregnarse del espíritu de una persona hasta tener vida, hasta convertirse en la propia persona”, una palabra, con fetichismo o sin él, encarna un personaje, una vida. Todo lo que puede descreerse de sus novelas ––melodramáticas, hiperbólicas, dostoievskianas– queda disculpado por esa devoción por la palabra. La palabra sagrada, diría él.

(Publicado previamente en el periódico Reforma)