Reunión en Yalta | Letras Libres
artículo no publicado

Reunión en Yalta

Oh, Tiempo, detén el fluir y permite que parpadeemos ante esta imagen. En los días finales de la segunda Guerra Mundial, en febrero de 1945 y frente a esos tres Grandes que sin tener la nariz de Cleopatra habrían de cambiar la faz del mundo, un fotógrafo para nosotros desconocido tomó la foto, mejor dicho LA foto. El click sonó en el Palacio de Livadia, en Yalta, Crimea, y perpetuó un momento irrepetible: el encuentro de esos tres enormes protagonistas tan históricos como míticos.

Los tres que posan de izquierda a derecha de LA foto fueron seres transitorios, de carne y hueso “y un pedazo de pescuezo”, y ahora son inmortales, son Historia y son Mitología. Veamos: están el primer ministro de la Gran Bretaña, Winston Churchill; el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Franklin D. Roosevelt, y el supremo dirigente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Iosif Dugashivili, alias Stalin.

Allí está Churchill, redondo, tocado con un gran gorro negro, con un puro habano de los que, tal vez un día llevarán su nombre y apellido, y con un mullido abrigote militar. Se abotona un puño de la camisa o acaso busca en la manga una secreta pluma estilográfica para anotar algo que pondrá en la monumental Historia de la Segunda Guerra Mundial que le obtendrá el Nobel ¡de Literatura! En su gesto tanto hay cordialidad como ironía y se puede sospechar que no confía en los acuerdos firmados por los Tres para la revitalización de Europa y para que Stalin acepte que el control del Berlín vencido y ocupado sea compartido por los aliados: los británicos, los norteamericanos y los franceses.

Allí está Roosevelt, con el rostro demacrado y casi fantasmal por el luminoso cabello blanco, con un furtivo e insano cigarrillo en una de las manos, con una manta sobre los friolentos hombros, y, en fin, con un enfermizo aspecto que anuncia su muerte un par de meses después. Alza levemente el rostro, quizá para decir algo al oficial situado en el extremo izquierdo de la imagen, o para mirar hacia “fuera de cuadro”. Su aspecto no es sombrío, más bien casi reflejaría la satisfacción de dejar sobre los hombros de los otros dos el peso del futuro que viene, en el que pronto venenosamente florecerá la Guerra Fría acaso ya prevista por Churchill.

Y allí, the last but not the least, está Iosif Dugashivili, alias Stalin, con gorra, abrigo y botas militares, con el bigotazo ya canoso, pero con aspecto de retenida fuerza y de afabilidad un tanto irónica. Se diría que su gesto delata la intención de empezar a actuar y por eso se sujeta las rudas manos de sigiloso campesino georgiano autorrealizado en dictador. Y también parece satisfecho: quizá ya ha logrado que los otros dos acepten un nuevo trazo de fronteras entre la URSS y Polonia y el establecimiento de dictaduras comunistas en los países que serán satélites de la Rusia soviética.

(Hay en la foto unos cuantos personajes más, pero digamos que son meros figurantes y que, aun si estuvieron en ese gran momento, no los apadrinó el Mito de la Historia.)

En esos días en que la guerra aún no está del todo terminada, pues aún habrá de darse la batalla por Berlín y habrá de rendirse Tokio (gracias a la poderosa argumentación de la bomba atómica), los Tres Grandes han llegado a algunos acuerdos que serán motivo de arduas polémicas entre ellos y entre políticos y politólogos del cotarro internacional. Antes de la reunión de Potsdam (en la que el presidente Truman reemplazaría al fallecido Roosevelt), ya en el palacio de Livadia, Yalta, Crimea, 1945, y entre líneas de la Declaración de la Europa Liberada, germinaba la discordia y empezaba a oírse el chirrido del Telón de Acero que muy pronto descendería para dividir el mundo en dos bloques políticos adversarios.

Pero en la foto de los Tres Grandes aún la discordia no es del todo visible. Allí están los Tres Titanes tratándose como aliados y quizá hasta como amigos, o al menos como cordiales socios, y a lo mejor Churchill habrá dicho una frase vibrante de sense of humour, o Stalin habrá emitido un sabroso chiste de cosacos o tártaros o soldados rojos, o Roosevelt habrá hecho alguna broma yanqui de tono marktwaniano.

Quizá en el momento de la foto había mucho frío, pues el joven oficial de la izquierda de la foto, ¿el único de los presentes que podría haber sobrevivido hasta hoy?, se encoge de hombros y tiene las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

Habrá sido frío ese día en que ya se insinuaban tiempos de otra manera sombríos: los de la amenaza atómica estrenada en acto sobre Hiroshima y Nagasaki, los de Europa hambrienta, dispersa, pululante de desterrados, los del destape del holocausto judío, los de las guerras por doquier y los regímenes tiranos con la marca de la “ideología”, y, en fin, los de una llamada Guerra Fría desatada sobre el nuevo mapa mundial desde el gran saloon de nada menos que una flamante Organización de las Naciones Unidas...