artículo no publicado

Un error en Nueva York

Sobran los casos de embajadores con una relación apenas anecdótica con el país donde representan a México. Muy pocos pueden presumir un conocimiento profundo, a priori, del país en el que trabajan.

El Servicio Exterior Mexicano ha servido muchas veces como agencia de colocación. Sobran los casos de embajadores con una relación apenas anecdótica con el país donde representan a México. Muy pocos pueden de verdad presumir de tener un conocimiento profundo, a priori, del país en el que trabajan. Y ni hablar, claro, de los otros puestos en las embajadas, refugio de muchos mexicanos en busca de inspiración y alivio con aroma a café europeo.

Pero la frecuente repartición de ese botín del bon vivant que a veces son las embajadas no es, ni de lejos, lo más grave. El manejo de los consulados me parece peor. La labor de los cónsules en lugares como Chicago, Los Ángeles o Nueva York es, en muchos sentidos, mucho más importante que la del embajador en Washington. A diferencia de la política de alta esfera de la que se encarga la embajada, los cónsules atienden los pequeños grandes problemas: tensiones sociales, deportaciones, abusos, inquietudes cotidianas. Esto, sin contar el lado más amable pero igualmente demandante del puesto: bodas, vinculación comunitaria; vaya, hasta apadrinamientos de nuevos mexicanos. La labor de los cónsules dista mucho de ser glamorosa. Es un trabajo mucho más de sudor y camisa arremangada que de traje y corbata de seda. Sobre todo en las grandes ciudades de Estados Unidos, en las que la comunidad mexicana sigue creciendo (y, con ella, sus problemas), el consulado es un trabajo de tiempo completo que exige una vocación sui géneris.

Por desgracia, nada de esto parece importarle al nuevo gobierno de México. Para muestra, un botón revelador. El consulado de México en Nueva York es, quizá, el más complejo de la larga lista de representaciones locales en Estados Unidos. La comunidad mexicana en Nueva York ha crecido velozmente en los últimos años, pero se ha enfrentado con tremendas dificultades a la hora de consolidarse socialmente. Las cifras preocupan. Un tercio de los hogares mexicanos en Nueva York está por debajo de la línea de pobreza —el doble que la población promedio— y los jóvenes tienen solo nueve años de escolaridad, comparados con 13 de la población general. A eso habría que sumar los abusos laborales y la persecución constante que sufren los migrantes. En Nueva York se necesita, pues, un cónsul efectivo. Y eso es precisamente lo que ha sido Carlos Sada. Sada —a quien no conozco— apareció en mi radar cuando supe de su reacción al huracán Sandy. Sada se adelantó a la SRE y armó una estructura para recibir donativos con la intención de ayudar a la comunidad mexicana afectada. Se ganó fama de incansable. En distintas conversaciones en los últimos días, mexicanos viviendo en Nueva York me confirman que Sada ha sido un cónsul muy eficaz.

Lo recomendable, pues, sería invitar a Sada a permanecer en su sitio. ¿Qué ha hecho, en cambio, la Secretaría de Relaciones Exteriores? Incomprensiblemente, han anunciado la remoción de Sada y el nombramiento de la embajadora Sandra Fuentes Berain al consulado neoyorquino. Nadie duda de la capacidad de la muy experimentada embajadora Fuentes Berain. Pero vale la pena preguntarse el porqué del nombramiento. ¿Será que la embajadora tiene el mismo perfil idóneo con el que cuenta Sada, un hombre que ha sido alcalde en Oaxaca y conoce a fondo la idiosincrasia comunitaria? ¿Será que Fuentes Berain tiene la misma disposición que Sada para pasarse la vida con las comunidades mexicanas en Queens o en el severo invierno de Búfalo? ¿O será que, por ejemplo, la embajadora tenía entre sus anhelos ser nombrada canciller y ha recibido, directamente desde Los Pinos, la oficina neoyorquina como premio de consolación? Ya sea por buenas o malas razones, la salida de un hombre como Carlos Sada del consulado neoyorquino es un error, como lo es también la repartición de otros huesos y consuelos similares en el nuevo y no tan nuevo gobierno mexicano.