artículo no publicado

Sean Penn, o la inesperada virtud de la sensibilidad

El humor es una de las herramientas más difíciles de usar en un discurso. Cuando se usa bien genera aceptación y empatía. Cuando no...pregúntenle a Sean Penn.

El humor es una de las herramientas más difíciles de usar en un discurso. Cuando se usa bien, con inteligencia y buen gusto, genera de inmediato aceptación, empatía y facilita enormemente la comunicación. Cuando no... bueno, pregúntenle a Sean Penn.

En la pasada ceremonia de los Premios Oscar, el mexicano Alejandro González Iñárritu y su equipo obtuvieron varios premios por su película “Birdman, o la inesperada virtud de la ignorancia”. El momento culminante de la noche es la entrega al premio de “Mejor Película”. Sean Penn fue elegido por la Academia para revelar el nombre de la película ganadora. El actor salió al escenario con su apariencia cuidadosamente desaliñada. Caminó al micrófono, y en vez de limitarse a cumplir su papel con las palabras clásicas “y el Oscar es para…” generó suspenso al abrir el sobre muy lentamente y leer al ganador en silencio. Puso una expresión extraña y dijo: “Who gave this son of a bitch his Green Card?” que, palabras más, palabras menos significa “¿quién le dio a este hijo de puta su permiso de migración?.”

Así, de todas las cosas que pudo haber dicho de su amigo en el momento más emocionante e importante de su carrera, Penn eligió hacer un chiste vulgar que enfatizaba su condición de inmigrante mexicano en Estados Unidos. En este punto me detengo y aclaro que no soy víctima de un “azote patriotero”, o de la exagerada "sensibilidad verbal del mexicano”, señalamientos que injustamente me fueron dirigidos en redes sociales tanto por seguidores, biógrafos y exégetas de Sean Penn, como por críticos acérrimos de nuestras bonitas tradiciones. Critico a Penn porque su hambre de reflector y su insensibilidad violaron las reglas más elementales del uso efectivo del humor en cualquier intervención pública. Veamos algunas de esas importantes reglas.

Primero: si tienes que explicar tu chiste, o peor, explicar que hiciste un chiste, mejor no lo digas. Los mejores chistes son los que se cuentan solos, son aquellos que se entienden rápido y bien. Son los que se asumen chistes desde el principio y fluyen sin esfuerzo. La frase de Penn causó estupor porque ni su lenguaje verbal ni el no verbal, hicieron que su chiste se sintiera como eso. Al no hacer cómplice a su auditorio de la jugarreta, la frase no hizo reír. Peor aún, por su gesto y tono fue interpretada como ofensiva, como un eructo de racismo e intolerancia. Justo lo contrario de la imagen pública que Penn ha buscado crear con sus posturas progresistas, críticas de la política exterior de Estados Unidos. Solo por este hecho, por ofender y prestarse a interpretaciones tan alejadas de lo que uno pensaría son las verdaderas ideas de la persona que la emite, la frase es un error garrafal de comunicación.

Segundo: la manera menos riesgosa de intentar hacer reír es riéndote de ti mismo. La humildad es algo que no se espera de la gente con fama, dinero y poder, y por eso resulta una grata sorpresa cuando la demuestran con sinceridad. Y no hay señal más clara de inteligencia emocional que la capacidad de no tomarse demasiado en serio y hacer un chiste a expensas de uno mismo. Si no funciona y la gente no se ríe, no pasa nada. Es difícil que un mal chiste de uno mismo ofenda a alguien. En cambio, cuando se intenta hacer un chiste a costa de alguien más, el riesgo de que algo salga mal y se ofenda a la persona o al público, es más elevado. Así que si quieren hacer un chiste en un discurso o presentación para transmitir un mensaje, procuren ser ustedes mismos el blanco de sus dardos. Aquí les dejo algunos buenos ejemplos de cómo se hace.

Tercero: el sarcasmo y la ironía requieren inteligencia. Mucha gente defendió a Penn en redes sociales diciendo que quienes se ofendieron con su chiste no entienden nada de sarcasmo. En realidad, el chiste fracasó precisamente porque le faltó transmitir, mediante las palabras, los gestos y la voz, que estaba siendo sarcástico. Una de las formas más difíciles de hacer reír es a través de la ironía, que consiste en una contradicción lógica entre una situación y la realidad, o el sarcasmo, que es una afirmación dicha en un tono que hace entender lo contrario de lo que se dice. Por ejemplo, si Penn quería ser irónico, pudo haber dicho al abrir el sobre, con la voz, la gesticulación y el timing adecuado: “Señoras y señores: la Academia anuncia que cambia su sede a la ciudad de México”. Si quería usar el sarcasmo pudo haber dicho: “Debe haber un error, la Academia está reconociendo el talento”. En fin, más que tratar de hacerle al guionista cómico (les digo que el humor es difícil) lo que quiero explicar es que la ironía y el sarcasmo requieren algo más que soltarle un “inmigrante hijo de puta” a un amigo en público, aunque este no se ofenda porque “así nos llevamos”. Claramente, Sean Penn no es Bill Murray.

Cuarto: siempre sé sensible a la audiencia y al contexto. Parece que Penn estuvo dormido en su camerino toda la ceremonia de los Oscar. Cualquiera que la haya visto sabe que esta fue una inacabable seguidilla de discursos, canciones y lágrimas por los complicados temas de las tensiones de raza, clase y orientación sexual en Estados Unidos. Los discursos de la presidente de la Academia, del ganador a mejor guión adaptado, de los músicos premiados por mejor canción y el del mismo González Iñárritu tuvieron en ese tono de “viva la diversidad”. Penn, sin embargo, optó por hacer una broma fuera de tono y de contexto, que fue mal entendida, le quitó brillo al momento y dañó su de por sí no muy buena imagen.

Así que, por favor: la próxima vez que los inviten a dar un discurso en un congreso feminista y sientan que sería genial hacer un chiste misógino para “romper el hielo” con un poco de sarcasmo, o los inviten a una boda y crean que su amigo, el novio, y toda su parentela morirán de la risa con su discurso sobre los fríos que tiene los pies la novia por las mañanas, piénselo bien. La sensibilidad es una inesperada virtud que les puede ayudar mucho a conservar sus amistades y evitar el ridículo.