artículo no publicado

Pérez-Reverte, el boxeo, los toros, las putas y El País.

El boxeo parece no vivir sus mejores momentos en España: aquí una apología.

Arturo Pérez-Reverte ha caído desde hace ya tiempo en la tentación del tuiteo desenfrenado. El estatus de celebridad tuitera lo logró en octubre del año pasado, cuando llamó “perfecto mierda” al ministro de Asuntos Exteriores saliente, Miguel Ángel Moratinos.

Ahora a tan desbocado tuitero, mientras se estaba despachando a gusto y con mucha razón pidiendo la prohibición de ciertas tradiciones taurinas particularmente cruentas, se le ocurrió escribir: “Lo que sí prohibiría por decreto es el boxeo. Y ahí nadie dice ni pío. Miles de imbéciles aullando porque un hombre le pega a otro.”

Pero tras recibir de manera inmediata una serie de uppercuts tuiteros de seguidores enfadados, Pérez-Reverte empezó a explicar que no le parece mal el boxeo ni le caen mal los boxeadores: lo que le molesta son los aficionados. Pues la imagen que él tiene de quienes disfrutan de un combate de box viene marcada por una experiencia que dice haber vivido en una de las guerras que cubrió como corresponsal: vio a dos prisioneros a los que obligaron a pegarse mientras los soldados reían y gritaban jubilosos.

No parece tener en cuenta el escritor que dos boxeadores que se suben a un ring lo hacen plenamente conscientes de lo que están haciendo y sin que nadie les obligue a ello, mucho menos con fusiles en la mano.También cree Pérez-Reverte que el que las personas se dediquen al boxeo se debe a la falta de otras oportunidades de vida.

Pero en España no es el hambre lo que impulsa a los boxeadores a dedicarse a ello. Es el amor a un deporte con poquísima afición en este país, que carece de cualquier tipo de ayudas públicas, y en donde quienes lo practican profesionalmente tienen, en su abrumadora mayoría, que trabajar en otra cosa para costearse sus entrenamientos y su carrera. Ah, y la transmisión televisiva de este deporte está calificada para mayores de 18 años.

Los boxeadores de hoy no son pobres tipos que pelean por salir de la pobreza. Al menos no en Europa. En el siglo XXI, un tipo que ha luchado duro, en un ambiente ultracompetitivo, en el que no te regalan nada y en el que cada error duele en los huesos (literalmente), y que busca encaramarse a la élite del boxeo mundial no puede ser ningún pazguato ni un brutote. Matones de cuarta como lo fue Tyson fuera del ring van quedando cada vez menos. Y menos mal.

Una de las respuestas más lúcidas que le dieron a Pérez-Reverte vino del mejor boxeador español de la actualidad, Gabriel Campillo, un ex campeón del mundo que no fue empujado al boxeo por el hambre, sino por el amor al deporte, y cuya exquisitez de trato echa por tierra el prejuicio de que los boxeadores son brutos, que sólo se meten a boxear por necesidad y porque no pueden hacer otra cosa.

“Me parece fantástico que cada uno tenga su opinión sobre los temas que le den la gana, lo que no se puede consentir es la falta de respeto del tipo: ‘Miles de imbéciles aullando…’. Creo sinceramente que el único imbécil es el que insulta a los que no comparten su opinión, creyéndose en poder de la verdad. Me gustaría invitar a éste señor a presenciar una velada de boxeo, para que viese él mismo lo equivocado que está al definir algo tan complejo, y a la vez noble y bello, como: ‘un hombre pegando a otro…’. Pero me parece que con la estrechez de miras y la cantidad de prejuicios de éste señor sería perder el tiempo. Estos son los que se llenan la boca pidiendo tolerancia y cosas por el estilo, un tipo cuyo primer recurso es prohibir lo que a él no le agrada”, dijo Campillo.

Más allá de prohibiciones o no, al boxeo en España le falta afición y le sobran detractores. Algunos tan poderosos como el diario El País, que en el punto 4 de su línea editorial reza: “El periódico no publica informaciones sobre la competición boxística, salvo las que den cuenta de accidentes sufridos por los púgiles o reflejen el sórdido mundo de esta actividad. La línea editorial del periódico es contraria al fomento del boxeo, y por ello renuncia a recoger noticias que puedan contribuir a su difusión”.

En el año 1997, 21 años después de su nacimiento, El País explicaba a su audiencia, respondiendo a la carta de un lector, por qué sí informa de toros y no de boxeo, siendo el primero un espectáculo que siempre termina en muerte de un animal que no ha ido por propia voluntad a batirse (en este caso, a muerte) con su adversario.

No me posicionaré en la discusión “¿Por qué toros sí y boxeo no?”, porque soy favorable a que se informe tanto sobre toros como sobre boxeo, siendo yo un aficionado al box, y no especialmente antitaurino. Pero sí me parece una hipocresía y una posición de moralina barata el no informar sobre un deporte con reglas claras, una de cuyas modalidades es deporte olímpico, por parte de un diario en el cual los más soeces anuncios de prostitución han campado a sus anchas hasta que el mes pasado fueran prohibidos por el gobierno español (apenas un par de semanas después de que el gobierno argentino hiciera lo mismo). 

Si para El País, el mundo del boxeo es “sórdido”, ¿qué es el mundo de la prostitución, esa industria cuya publicidad genera pingües beneficios a ese diario progresista? (Que se le acabarán bien pronto tras la prohibición).