Paul Newman (1925-2008) | Letras Libres
artículo no publicado

Paul Newman (1925-2008)

Como tantos (tal vez demasiados) jóvenes que provienen del hemisferio contrario, yo también tuve mi año europeo de loca juventud. En mi caso, la base fue España; y uno de mis destinos itinerantes, Oviedo, ciudad adonde llegué por razones que ahora se han desdibujado.

De lo único que me acuerdo nítidamente es de cierta coyuntura de la juerga nocturna: después de la tercera caña, los jóvenes locales vociferaban al unísono que nuestra siguiente parada tenía que ser la Policía. Les seguí el paso, pero se me hizo raro que la diversión local consistiera en acudir a una comisaría.

Terminó la confusión en cuanto llegamos y me di cuenta que lo que me estaban diciendo mis anfitriones no era “policía”, sino “Paul y Cía.”, el nombre de un bar formidable que homenajeaba a Paul Newman, cuyos afamados ojos azules (retratados a cien veces su tamaño natural) me miraban desde una pared del local, y a cuya salud brindé.

Ahora me toca brindar por su muerte. O mejor dicho, por su vida: un largometraje que se terminó de rodar el 26 de septiembre pasado. Aunque aquí en la ciudad de México me ha costado demasiado trabajo (repito: demasiado) encontrar títulos suyos más allá de Cars, no cabe duda de que Newman goza de gran solvencia iconográfica aquí y a nivel mundial. Permanece en nuestras pantallas mentales porque el marino de Ohio devenido en actor no fue sólo una cara bonita. Y es que Paul Newman nunca fue capaz de entregar lo que se espera de un miembro del sistema de estrellas de Hollywood –lo cual, ciertamente, no es mucho. Si hubiera que señalar un solo aspecto que definiera su vida a modo de sinécdoque, para mí no sería su mirada –daltónica, por cierto–, sino su inagotable capacidad para sabotear su propio estereotipo.

Sólo entablando una dialéctica entre cultura y contracultura podemos llegar a sintetizar esta figura de apariencia típicamente All American, cuyo apoyo a causas de izquierda le ganó el penúltimo lugar en la temible lista de veinte enemigos compilada por las huestes de Richard Nixon. (De hecho, Newman solía decir que ese puesto, y no el Oscar, había sido el logro que más orgullo le daba.)

Newman era el hombre de aspecto über-ario que se definía como judío, por herencia de su padre, porque le parecía “un desafío mayor”1. El joven actor desconocido que sacó un anuncio en la revista Variety disculpándose por su pésima interpretación en su primera película, una bomba épica llamada El cáliz de plata. La estrella de Hollywood que vivía fuera de la farándula, en el pueblo anodino de Westport, Connecticut. El rompecorazones que logró enamorar a las mujeres de varias generaciones, pero que también anotó famosamente sobre el tema de la fidelidad que no tenía por qué hacerse el tonto con hamburguesas en la calle, cuando había un churrasco en casa (su segunda esposa, la actriz Joanne Woodward.) Un macho duro –hecho comprobable en películas como Dos hombres y un destino– que, por otra parte, apoyó los derechos civiles de los homosexuales y el matrimonio gay. Un corredor de autos que se dedicó años a la venta de un aderezo para ensaladas, donando todas las ganancias a la caridad –a la hora de su muerte, alrededor de doscientos millones de dólares (afirmaba que el aderezo era más taquillero que sus películas).En fin, un hombre en contra. Tal vez creía, como Aristóteles, que la diferencia perfecta, en todos los casos, es la diferencia más grande.

En la película que lo lanzó a la fama en los años cincuenta, otro icono del cine, James Dean, interpretó el papel de Jim Stark, un adolescente borracho cuyo arresto al principio de la historia está desconectado de su realidad de niño sobreprotegido de los suburbios. Bajo el cuadro freudiano de una madre controladora y un padre débil, sus actos temerarios son los de alguien que no sabe todavía “qué hacer cuando tienes que ser un hombre”. Al final, cuando dos de sus compañeros de escuela –su némesis y su mejor amigo– se mueren bajo circunstancias violentas, el inconforme de salón vuelve al seno familiar.

En contraste, la película protagonizada por Newman en 1967, La leyenda del indomable (traducción deleznable si la hay de Cool Hand Luke) abre con la escena de un hombre borracho, Luke Jackson, encarcelado por el acto aparentemente absurdo de decapitar parquímetros. A diferencia de Stark, este rebelde es un hombre pobre, sin nada. Además, tiene razón de ser: es veterano de Vietnam y ha peleado en una guerra igual de absurda sin obtener nada a cambio. Por destrucción de propiedad pública, Luke es mandado no sólo a la cárcel, sino a cumplir junto con otros presos con trabajos forzados en las carreteras de Florida. Allí se convierte en una figura cristológica. Infunde esperanza a sus compañeros –casi a su pesar– mientras resiste las vejaciones de una brutal policía penitenciaria. Es un rebelde incapacitado para la rendición; para negarse a aceptar un reto, por ridículo que sea: comerse cincuenta huevos duros en una hora, por ejemplo. Después de efectuar su tercer escape –uno de los más citados del cine– Luke renuncia en una iglesia abandonada al silencio divino de su “viejo”. Es entregado por un compañero, y sacrificado por la policía. Muere en una patrulla, con una sonrisa en la cara.

Paul Newman no sólo fue un gran actor, sino un rebelde con causas cuya justicia confirmó la historia. Si me hubieran preguntado cuando andaba de juerga en Oviedo a cuál de los dos actores prefería, lo más probable es que hubiera elegido a James Dean. Pero ahora me doy cuenta de que el personaje de Newman reemplazó al arquetipo de lo adolescente con una idea de mayor calado: nuestra libertad equivale al valor con que enfrentamos las pérdidas. Como diría Luke sobre el póker: A veces no tener nada es la mano más suave. ~

 

 

 

1. “Verdict on a Superstar,” de Denise Worrell, John Skow y Elaine Dutka, Time Magazine, 6 diciembre 1982.