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Niño Fidencio

La celebración de las fiestas del Niño Fidencio es una prueba de que, desde tiempos de la Conquista, la vida de los mexicanos del norte ha transcurrido inmersa en una soledad que tiene poco de metafórica y mucho de palpable, capaz de aplastar los hombros de la gente, de llenarle el pecho con la certeza de la orfandad y de vaciar su mirada, obligándola a levantarla al cielo con frecuencia en busca de consuelo.
     Acaso el paisaje tenga que ver con esta soledad. Quien se haya internado en el desierto, o a través de los llanos de tepetate, o en las serranías donde por siglos el único nexo entre los humanos ha sido el viento que arrastra rumores, mitos y leyendas, comprenderá cómo es que estos hombres aislados, en constante lucha con la naturaleza, al sentir una necesidad tan fuerte de protección ultraterrena, y al mismo tiempo sabiéndose "tan lejos de Dios", se vieron obligados a forjar para sí mismos una fe cuyos puntales no fueron sacerdotes ni ministros, sino hombres y mujeres semejantes a ellos que, tras una vida ejemplar, devinieron mitos.
     Teresa de Cabora, Juan Soldado, Malverde, Pancho Villa, el Niño Fidencio: iconos que representan reciedumbre, rebeldía, bandidaje, martirio, pero también la bondad, la protección a los débiles y la esperanza de una vida distinta.
Cada uno de ellos tuvo su propia historia, vivió su propia vida, y sin embargo en el ámbito del mito son lo mismo: la encarnación de la fe de quienes han acudido a Dios y a los hombres sin obtener respuesta para sus súplicas, la última instancia para mitigar la angustia.
     Porque es una mezcla de fe y angustia lo que se advierte en los rostros de quienes año con año acuden a Espinazo, Nuevo León, durante las fiestas de octubre, para celebrar el nacimiento del Niño Fidencio el 17 o conmemorar su muerte el 19; o durante las de marzo, a festejar su santo el día 19.
Los dolientes originarios de Tamaulipas, Coahuila, San Luis Potosí, Zacatecas, Texas o del mismo Nuevo León llegan por ferrocarril, igual que a finales de los años veinte, cuando se iniciaron las peregrinaciones, al pueblo de no más de trescientos habitantes.
Descienden en la estación y de inmediato comienzan el ritual caminando hacia el Pirulito, el árbol sagrado de los fidencistas.
     Ya sea que los aqueje una enfermedad sin remedio, que deban pagar una manda, que supliquen por algún familiar, vengan a agradecer un milagro concedido o simplemente deseen reafirmar su devoción, los feligreses llevan a cabo la procesión del Pirulito a la Tumba del Niño a través de un camino de tierra bajo la rabia del sol. Para demostrar su humildad, unos realizan la penitencia de rodillas, otros arrastrando las espaldas, otros rodando en el terregal.
Al frente de ellos siempre va un Cajita o Materia, quienes son los médiums que prestan su cuerpo al espíritu de Fidencio para que por medio de ellos pueda realizar curaciones y conceder gracias.
     Espinazo, que normalmente se asemeja a un pueblo fantasma de los que abundan en el norte, durante los días de fiesta se ve invadido por una multitud. El culto al Niño Fidencio se enmarca en una nutrida feria donde abundan puestos de fritangas y venta de todo tipo de mercancías: desde estampas y artículos religiosos hasta grabaciones piratas y camisetas de grupos de rock.
     Entre cantos, alabanzas, las evoluciones de los matachines y la música de acordeón y bajosexto de los conjuntos norteños que cantan sin descanso aquellas canciones que eran las favoritas del Niño Fidencio, los peregrinos arriban a la Tumba donde yacen sus restos.
Depositan ofrendas, exponen ruegos, murmuran oraciones. De ahí se encaminan al sitio que representa la culminación del ritual: el Charquito.
     Fidencio realizaba sus curaciones en él, de ahí su sacralidad. Ahora, más de sesenta años después de su muerte, son los Cajitas quienes en su nombre arrancan las enfermedades del cuerpo de los dolientes sumergiéndolos en el lodo o "zoquetito" y tallándoles las manos en todo el cuerpo mientras les murmuran al oído las palabras que el espíritu del Niño les pone en los labios.
Las pupilas de los enfermos, entonces, recuperan la esperanza y con pasos de nuevo firmes abandonan las aguas fangosas seguros de haber sido ungidos por la gracia.
     Aunque no forman parte de la procesión obligatoria, existen en Espinazo otros sitios sagrados, como el Cerro de la Campana, donde oraba Fidencio, La Dicha, donde curaba a los locos y a los leprosos, y Las Grutas, donde el Niño buscaba estar solo para descansar de sus obligaciones para con sus fieles. Más abiertos, enclavados en una geografía yerma, a estos lugares llega el aliento de otras almas fuertes e inmortales que recorren sierras y desiertos para sustituir la de Fidencio en el interior de sus representantes. Así, el espíritu de Doroteo Arango, Pancho Villa, es también invocado por los Cajitas.
Para hacerlo, se acompañan de ayudantes a quienes llaman Adelitas. En nombre del Centauro del Norte llevan a cabo curaciones, pero sobre todo expulsan del cuerpo de los dolientes a esos espíritus malignos que les roban la paz o la cordura.
     Cuando las fiestas fidencistas llegan a su fin, peregrinos y dolientes regresan a la Estación Espinazo a abordar el ferrocarril. Ya sobre las vías contemplan los llanos norteños, donde la soledad se torna tangible y la angustia puede llegar a doler. Sin embargo, vuelven a sus lugares de origen con una sensación de alegría, de ligereza, porque gracias al Niño Fidencio han podido llenar la inmensidad de ese espacio vacío con un poco de fe. -