artículo no publicado

Nancy Cunard y el malditismo femenino

Cuando se habla de malditismo masculino en el ámbito literario, y pese a la marginación u oprobio que en su día sufrieron escritores como Lautréamont, Nerval, Rimbaud, Artaud, Lowry, Genet, Burroughs o Bukowski, se les suele evocar con disimulada admiración. En cambio, cuando se trata de mujeres cuyo perfil vital es semejante al de esos malditos, a éstas se las rebaja mediante la conmiseración o se las estigmatiza. La casuística del malditismo femenino es nutrida y polimorfa; especialmente en la primera mitad del siglo xx, cuando la liberación de la mujer estaba muy lejos de los logros alcanzados en la actualidad. Son consideradas malditas por suicidas (Alfonsina Storni, Antonia Pozzi, Silvia Plath, Virginia Woolf, Verónica Forrest, Anne Sexton, Marina Tsvetaeva, Teresa Wilms Montt...), por sus amores lésbicos (Erika Mann, Katherine Mansfield, Gertrude Stein, Natalia Clifford Barney, Reneé Vivien...), por su adicción a los estupefacientes o el alcohol (Anna Kavan, Isabelle Eberhardt, Anne-Marie Schwarzenbach, Djurna Barnes, Dorothy Parker, Margerite Duras...), por su desorden voluptuoso (María de Naglowska, Colette Peignot, Nora Mitrani, Goliarda Sapienza...) o por abismarse en la demencia (Unica Zürn, Alejandra Pizarnik, Leonora Carrington, Violette Leduc...).

Paradigma de ese malditismo, donde vida y literatura a veces son indiscernibles, es Nancy Cunard. Durante las décadas de los años veinte y treinta del siglo pasado, la prensa del corazón celebraba más las escandalosas andanzas de Nancy Cunard que su obra poética o periodística en favor de causas sociales. Caída en el olvido, su recuerdo sólo pervivía como icono fotográfico de Man Ray, en el que ella aparece con sus lánguidos ojos glaucos, elegantemente vestida y ambos brazos repletos de brazaletes de marfil. Quizá contribuyan a recuperar la memoria de Nancy Cunard las recientes biografías escritas por François Buot (Pauvert) y Lois Gordon (Circe); esta última prolija en datos sobre el personaje, pero confusa en su exposición e insolvente en el tratamiento histórico de la época, en especial en lo concerniente a la Guerra Civil española.

Nancy Cunard pertenecía a una de las familias más eminentes de Inglaterra. Su bisabuelo fundó la famosa naviera trasatlántica y su madre, de origen norteamericano, poseía también una importante fortuna. Las recepciones que Maud Cunard organizaba, en su mansión de Nevill Holt y casa de Londres, eran célebres por la asistencia de eximios miembros de la aristocracia, la alta sociedad y figuras del arte, la música y la literatura. En ese ambiente elevado y culto se educó Nancy. Su afición a la literatura fue precoz, estimulada por George Moore, uno de los amantes de su madre. Durante los primeros años de la Gran Guerra, con otros jóvenes de distinguidas familias londinenses, Nancy Cunard se abandonará a una vida bohemia, libertina y alcohólica. Al mismo tiempo escribe sus primeros poemarios (Outlaws, Sublunary y Parallax) y frecuenta los círculos de los imaginistas, vorticistas, Bloomsbury y Wheel. En 1917 se casó con el capitán Sydney Fairbain, pero el matrimonio duraría apenas veinte meses. En 1920 se establecerá en París. Allí permanecerá ocho años. Rica, inteligente, sofisticada y carismática, Nancy Cunard representaba el modelo femenino imprescindible en las fiestas mundanas o los locales de moda de la capital parisina. Como se diría ahora, su particular forma de vestir (con modelos de Poiret, Wooth o Molineaux) y las joyas con las que se engalanaba marcaban tendencia. Las broncas en estado etílico de Nancy Cunard eran famosas y temidas. Junto con sus amigas Janet Flanner y Solita Solano formaban un trío que causaba estragos en las huestes masculinas. Entre los muchos amantes que tuvo en esa época destacan Tristan Tzara, Ezra Pound y Louis Aragon. Tal era su personalidad y leyenda amorosa que muchos escritores recrearon personajes de ficción semejantes a ella: Hemingway (Fiesta), Aldous Huxley (Danza de sátiros, Contrapunto), Michael Arlen (El sombrero verde), Wyndham Lewis (The Roaring Queen) y Louis Aragon (Blanche o el olvido; El coño de Irene). Asimismo, en sus poemas la citarán con nombre propio T. S. Eliot (borrador de La tierra baldía), Pablo Neruda (Vals) y Ezra Pound (Cantos).

A finales de 1927, en La Chapelle-Réanville (Normandía), fundará la editorial Hours Press. Esa aventura editorial duraría cuatro años y publicaría, en exquisitas ediciones, veintiocho libros, entre cuyos autores figuran Robert Graves, Beckett, Havelock Ellis, Aragon, Pound o Aldington. En 1928 conocerá en Venecia al músico de jazz afroamericano Henry Crowder, quien será su amante principal los siguientes siete años. Durante ese tiempo editará el panfleto Black Man and White Ladyship (1931) y la extensa antología Negro (1934), en la que ciento cincuenta relevantes escritores tratan sobre diversos aspectos de la africanidad. Junto con Crowder viajará en dos ocasiones a Estados Unidos para participar en campañas contra la segregación racial. Dado su entusiasmo por la defensa de derechos civiles y causas políticas antifascistas, acudirá a la Guerra Civil española como corresponsal del Manchester Guardian y la agencia de noticias Associated Negro Press. En Madrid entabló íntima amistad con Pablo Neruda. Ambos coeditarán en Francia la antología Los poetas del mundo defienden al pueblo español (1937). Derrotada la República, viajará en compañía de Neruda a Chile. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, regresa a Londres donde permanece toda la contienda colaborando en las emisiones de radio Francia Libre. Aunque siguió escribiendo en distintas revista y publicó Poems for France (1944), la sociedad literaria londinense la consideró persona non grata.

Terminada la guerra volverá a Francia. Su casa en Normandía había sido saqueada y destruidos los libros almacenados, así como su abundante correspondencia. Se traslada entonces a la frontera española para ayudar a los refugiados españoles en su lucha contra Franco. Los últimos años de su vida residirá en La Mothe (Dordoña), aunque viaja con frecuencia. Durante este periodo escribirá las memorias sobre Norman Douglas (1954) y George Moore (1956) y una autobiografía, titulada These Were the Hours Press, publicada póstumamente, centrada en los avatares de su extinta editorial. Conforme mengua su fortuna y atractivo, disminuyen sus relaciones sociales y amantes. Su habitual alcoholismo deteriora su aspecto físico, quiebra su salud y acrecienta la agresividad de sus broncas. En Londres, a tenor de una de esas trifulcas etílicas y con signo de haber perdido la razón, será internada durante unos meses de 1960 en el sanatorio Holloway (Surrey). Una vez dada de alta regresa a La Mothe. En marzo de 1965, todavía convaleciente de una fractura de cadera y con evidentes signos de extravío psíquico, viaja a París. Los pocos amigos que le quedaban trataron de ayudarla, pero se escapa del hotel donde la habían instalado. Unos días más tarde aparecerá inconsciente en la calle. Ingresada en el hospital público Cochin, morirá días después. Sus cenizas fueron enterradas en la Cripta Columbario de Père Lachaise. En un verso del poema Remorse, escrito en su juventud, como si fuera un presagio, auspiciaba su aciago futuro: “He sido pródiga, lasciva, alocada, atrevida/ y he amado con manos codiciosas e impúdicos ojos/ [...] pero ahora soy vieja/ y estoy enferma y mal –me contento con el descontento–/ soportando el malestar y los reveses/ con la cabeza hundida y el corazón aún agitado...” ~