artículo no publicado

Mis 13 libros preferidos

Trece libros predilectos, leídos casi todos en los años de formación.

Hace tiempo acepté la petición de algunos amigos de FaceBook de hacer una lista de mis diez libros preferidos y la comparto aquí nuevamente. Pero serán no diez sino 13  porque ese es mi número de la buena suerte.  Notoriamente, casi todos los leí en los años de formación.

1.  Charles Darwin, El origen de las especies (1859). Lo leí casi niño, no entendí gran cosa, pero pude entrever la estructura de un tratado, la batalla por una verdad científica a través del testimonio de un sabio que le había dado la vuelta al mundo para comprobarla. Su aridez me sigue pareciendo una pócima vigorizante.

2.  Alexandre Dumas, El conde de Montecristo (1844–1845). Ya lo dijo García Márquez: es la novela perfecta, la novela ante el Altísimo, la aventura sin mácula. Desde entonces la relación maestro /alumno insuperable me parece la establecida, de una celda a otra, entre el abate Faria y el reconciliado Dantés.

3.  León Trotski, Historia de la Revolución rusa  (1929–1932). Era fascinante que un héroe derrotado, cuyas gotitas de sangre sobre sus manuscritos se podían observar en la entonces muy descuidada casona de la calle de Viena en Coyoacán, hubiera sido simultáneamente protagonista de una hazaña de la humanidad y su cronista. Gracias al bolchevique leí después algo aún más suculento, la Historia de los girondinos, de Lamartine.

4.  Giovanni Papini, Diario (1962). Este diario aparecido póstumamente en el año de mi propio nacimiento, me fue leído, primero. Crecido en un ambiente jacobino, las dudas religiosas del italiano me parecían misterios sublimes, los del catolicismo, tan ajeno. Pero, sobre todo, quedé prendado del hecho de escribir a diario una bitácora de la propia vida y decidí imitarlo (hasta la fecha).

5.  Jorge Luis Borges, El Aleph (1940). ¿Quién puede olvidar el impacto singularísimo de la prosa borgesiana (y no borgiana, propia de los Borgia)? “Ah. Borges. Lo leí en la escuela”, le escuché decir hace poco, desdeñoso, a un joven autor argentino. Yo no: lo leí acurrucado adentro del espacio para la silla del escritorio de mi padre, como si fuera pornografía, no sé por qué. Lo creí una historia de terror. No me equivoqué.

6.  Octavio Paz, El laberinto de la soledad (1950). Me dijeron que su autor se había vuelto reaccionario y su visión de México, escasamente marxista. Estuve de acuerdo con ese dicterio tras mi lectura  y escribí una refutación secreta, bastante idiota. Esa pasión crítica me contagió y me volví, con los años, paziano. Entre más lo leo, más verdadero y veraz encuentro lo que allí se postula.

7.  Gabriel García Márquez, El otoño del patriarca (1975). Antes que Cien años de soledad, recién aparecida y las primeras páginas me siguen pareciendo tan armoniosas y vivas como los conciertos para mandolina de Vivaldi. Mucho he leído y hasta escrito contra García Márquez pero siempre, al volver, me encuentro como en casa, en el palacio presidencial del Inmorible latinoamericano.

8.  Fedor Dostoievski, El  idiota (1869). Como Margo Glantz, idolatro al príncipe Mishkin. Me  llenó de manías obsesivo-compulsivas, de esas que horroriza concebir pero nunca  lleva uno a cabo, como tirar perritos falderos por las ventanas de los trenes o romper el jarrón chino guarecido al fondo del salón.

9.  José Gorostiza, Muerte sin fin (1940). Fue el primer libro de poesía que leí completo. Fantasioso, lo hallé por completo inteligible: la Muerte era a la vez frívola y digna de temerse por cautivadora, una putilla helada.

10. Hans Mayer, Historia maldita de la literatura. El homosexual, la mujer, el judío (1975). El libro que me decidió a ser crítico literario. Más adelante entendí por qué: ese tratado equivalía al Infierno de Dante que no he leí sino ya mayorcito, ilustrativo de aquel lugar donde padecían los personajes más dignos de conocer.

11. Stendhal, Del amor (1822).Lo tomé como un libro de superación personal, sin mayor éxito. La cristalización stendhaliana demoraba en surtir efecto en tiempos en que imperaba otra lectura más psicalíptica: La lucha sexual de los jóvenes, del loco Wilhelm Reich.

12. Henry Miller, Trópico de cáncer (1934). Me lo llevé a París en mi primer viaje adentro de la  mochila de rigor. Me acompañó por la rue Saint–Denis de arriba abajo antes que Mitterand moralizara aquella zona venérea. Me abrió el mundo deliciosamente banal de Anaïs Nin y  las puertas de la sofisticada Alejandría del dipsómano Larry Durrell.

13. Chateaubriand, Memorias de ultratumba (1848). Me las recomendó Daniel Sada cuando todavía se podía llegar en tren a San Miguel Allende. Nunca dejaré de agradecérselo. Digamos que el de Chateaubriand es mi oráculo manual: ser liberal contra las convicciones más íntimas y saberse romántico sin dejarse de pretenderse, vanidoso, clasicista.

 

(Una versión de este texto apareció en el periódico Reforma)