artículo no publicado

Michoacán: En las barricadas de las autodefensas

Una conversación con un grupo de autodefensa a las afueras de Apatzingán. 

A pesar de la presencia de miles de soldados y policías federales en la Tierra Caliente de Michoacán, las autodefensas van ganando territorio a los Caballeros Templarios; han tomado pueblos y rancherías leales al cártel. La nueva frontera ahora está en el borde de la municipalidad de Apatzingán, el bastión histórico de los Caballeros Templarios. En el rancho Hacienda la Huerta, a unos cinco kilómetros del centro de Apatzingán, pasé un tiempo con un grupo de autodefensa recién formado que vigilaba el frente .

Toño apoya su Kalashnikov sobre unos costales llenos de tierra y piedras. Vigila el terreno en busca de movimientos entre los árboles y los matorrales. Por estar tan cerca del bastión de los Caballeros Templarios, advierte Toño, hay que estar alertas, día y noche, porque hay gatilleros del cartel que vendrían a buscar venganza de la comunidad por haberse levantado en contra de ellos. “Sí hay miedo, pero estamos listos para enfrentarlos. Estamos aquí para defender a nuestras familias”.

Pero a pesar de los riesgos, hay también una especie de euforia entre estos vigilantes. No obstante que solo hay diez armas de fuego, hay alrededor de treinta hombres y adolescentes apostados en las barricadas, observando, conversando, haciendo chistes. Traen grandes sartenes con carne apache –res cocida en limón– y garrafones con agua de fruta. Se acerca un camión con un pequeño puerco que, dicen, será la comida del día siguiente. Algunos fuman cigarros de mariguana, otros beben cerveza. Un hombre con una Kalashnikov que en lugar de correa tiene amarrado un mecate azul canta algo de El Tri.

Toño, un chaparro de 25 años, es el más conversador del grupo, aunque asegura que no hay un líder. “Todos somos iguales”, afirma. “Todos somos la misma causa”.

Hace apenas unos días, esta comunidad agrícola de 600 habitantes estaba sometida por el dominio sangriento del cártel de los Caballeros Templarios, como lo había estado desde hacía años. Cerca del pueblo, el cártel tenía instalados laboratorios para cocinar cristal, la anfetamina que trafica hacia Estados Unidos. El cártel también les exigía cuotas a los rancheros sobre su producción de limones y aguacates. Y se impuso como intermediario, comprando maíz a los productores a tres pesos por kilo para venderlo al doble a las tortillerías.

Toño sufrió en particular esta extorsión. Viene de una familia que tiene tierras donde siembran maíz y cítricos y que bien podría darles lo suficiente para vivir bien. Pero las exigencias de los Caballeros Templarios los obligaron a vivir en la pobreza y a abandonar la siembra de ciertos productos. Los crueles asesinatos de cualquiera que se opusiera al cártel los forzaron a quedarse callados.

La conspiración para alzarse en contra de los Caballeros Templarios finalmente se extendió a lo largo de La Huerta hace unas semanas, conforme se acercaban las autodefensas. Los residentes se reunieron en secreto para discutir el levantamiento y otros grupos de autodefensa les prestaron un puñado de armas. El 17 de enero, un viernes, los pobladores comenzaron la revuelta en la casa ejidal, desde donde arengaron a la comunidad y anunciaron que el dominio de los Caballeros Templarios había llegado a su fin.

Los pobladores allanaron una casa que perteneció al jefe local de los Templarios, conocido como “El Monstruo”, un hombre de Apatzingán que hizo del pueblo su dominio. El Monstruo huyó cuando las autodefensas tomaron Parácuaro y Nueva Italia, así que los vigilantes de La Huerta no hallaron resistencia. Descubrieron cinco Kalashnikovs, que sumaron a su pequeño arsenal y declararon “decomisado” el edificio. Caminé por la casa del narco, construida en un terreno de unos mil metros cuadrados, con una alberca y un ostentoso bar en el que todavía había botellas de cerveza de las fiestas.

Tres miembros de los Caballeros Templarios, conocidos como punteros, se quedaron en el pueblo y fueron capturados por las autodefensas durante el levantamiento. Los vigilantes dicen que los pusieron a hacer trabajos pesados, como cavar las trincheras y apilar los costales. Ahora los tienen en la barricada, y dicen que los mantendrán con ellos día y noche en lo que prueban que pueden redimirse. “Algunos de aquí cayeron en sus redes. Cometieron el error de formar parte de ellos [de los Templarios]”, dice Toño. “Pero todos tenemos una segunda oportunidad”.

Pido hablar con uno de estos punteros. Se llama Pedro. Me dicen que puedo hacerlo en la barricada de enfrente. Le hago preguntas sobre su vida trabajando para los Caballeros Templarios y responde nervioso, sus confesiones obviamente lo dejan a merced de una venganza por parte de los miembros de las autodefensas. Me comienzo a sentir como uno de los interrogadores de los videos de la policía federal, que obtienen las confesiones bajo coerción, y decido detenerme. Pero antes, me cuenta algunos detalles interesantes sobre las operaciones de los Templarios: cómo cocinaba cristal en pequeños laboratorios cercanos por 10,000 pesos cada barril; cómo debía estar parado junto al camino con una radio reportando a detalle los movimientos a sus jefes Templarios.

Los miles de soldados y policías federales en el área no se ven por ningún lado en la barricada. Las autodefensas reportan que han pasado unas cuantas veces y que no han hecho ningún intento por desarmarlos. Dicen que apoyan a las fuerzas federales, especialmente a la policía, que ha sufrido serias pérdidas a manos de los Templarios. Pero aseguran que solo las autodefensas son capaces de liberar de verdad a las comunidades de manos de los cárteles. Un hombre mayor junta las manos para ejemplificarlo. Cuando vienen las fuerzas federales, los miembros de los cárteles se unen, dice mientras aprieta las manos; pero con las autodefensas, se desbandan, y separa las manos en el aire.