artículo no publicado

Manual del perfecto agachado

Ante la creciente gravedad de los peligros que nos acechan por doquier, la prudencia exige refrenar al máximo la tentación suicida de pelear en defensa propia, bajo el influjo de un engañoso impulso quijotesco. Hasta la persona más decente y centrada puede irritarse cuando es víctima de un abuso y, peor aún, tratar de impedirlo con iracundos reclamos. Frente a los agitadores irresponsables que idealizan el valor civil es preciso adoptar una indiferencia de hielo. Si usted es un buen mexicano, es decir, un hombre discreto y sufrido, vacunado desde la cuna contra cualquier afán de notoriedad, pero en algunos momentos de ofuscación ha estado a punto de alzar la voz cuando alguien pisotea sus derechos, le conviene seguir un código de conducta que lo ponga a salvo de cualquier exabrupto riesgoso. Un profundo conocedor de nuestra idiosincrasia, el laureado sociólogo Saka Tong, japonés de nacimiento pero criado en México, acaba de publicar un opúsculo que debería ser lectura obligatoria en las escuelas: el Manual del perfecto agachado (Ediciones Cool Era, 2016). Ofrezco algunos de los extractos más útiles para salir ileso de cualquier situación potencialmente conflictiva:

–Si tiene usted la desgracia de vivir en un condominio en el que alguno de los propietarios no paga cuotas de mantenimiento, hace fiestas ruidosas hasta la madrugada o saca a su perro a defecar en los pasillos, haga caso omiso de sus tropelías, aunque el ruido lo haya condenado al insomnio crónico y pise a diario la mierda del perro. El condómino atrabiliario ha de ser muy influyente o muy facineroso para desafiar al mundo con tanta desfachatez, y quizá tenga vínculos con el narco. Salúdelo amablemente en el vestíbulo del edificio, gánese su confianza y cuando algún vecino temerario le proponga demandarlo a nombre de la comunidad, no le dé su firma ni se una al grupo de los querellosos. Evitará así cualquier posible represalia.

–En el cine está prohibido recibir o hacer llamadas por teléfono celular, pero ningún vivales respeta esa regla. Por lo tanto, es inútil quejarse cuando el vecino de butaca responde una llamada a media película. Si reclama, solo conseguirá hacerse notar, y quizá entonces otros espectadores le impongan silencio por haber importunado al infractor de la ley. El rebaño indolente soporta infinidad de atropellos con la cabeza baja, pero se ofende cuando algún inadaptado quiere dárselas de valiente. El insólito protagonismo que adquiere cualquier defensor de la civilidad viola un código no escrito de buenos modales cuya primera regla es no poner en evidencia la cobardía colectiva, que pasa inadvertida cuando tiene un carácter unánime.

–Respete la privatización de espacios públicos y admítala como una fatalidad, incluso si alguna mafia se apropia la acera de su casa. El primero en agandayar un trozo de calle crea derechos que ningún ciudadano puede disputarle, a menos de que esté dispuesto a enfrentarse a balazos con los filibusteros viales, que tienen de su lado a la policía. Si deambula por zonas de la ciudad en que los tianguis han acaparado las aceras, juéguese la vida caminando por el medio de la calle. Los automovilistas, en ese caso, gozan de plena libertad para embestirlo, y si se queja o rezonga, los demás peatones lo tomarán por loco. Aproveche las oportunidades de lucro que nos brinda la ilegalidad en vez de chillar por su ausencia.

–No cometa la majadería de oponer resistencia cuando alguien se le meta en la cola del banco o del cine. Nada incomoda más a sus compañeros de cola que verse obligados a tomar partido en una ridícula cruzada contra la barbarie. Se quedarán pasmados o le darán la espalda con tal de fingir que no se han dado cuenta de nada. Traducida al lenguaje vulgar, su neutralidad significa: ¿Te crees muy machito? Pues ráscate con tus uñas. Obtendrá, en cambio, la aprobación general, si en vez de sulfurarse le cede el paso al colado.

Quien siga estas sencillas reglas –concluye Saka Tong– quizá tendrá una vida difícil, miserable, sombría, pero jamás caerá en provocaciones. Combatir a quien le pone la bota encima es una locura, lamerle la suela es una indignidad: la clave para salir ileso y salvar el honor consiste en fingir ceguera sin darse nunca por agraviado. ~