artículo no publicado

Los padres, los hijos y los indignados

Una de las cosas más llamativas del 15-M es que ha sido una revolución alentada por los padres.

Una de las cosas más llamativas del 15-M es que ha sido una revolución alentada por los padres. Uno ve a señores serios, que han conocido la dictadura y que conocen perfectamente las bondades de la libertad y la democracia y que incluso viven vidas que las ejemplifican, que de pronto dicen que los jóvenes tienen derecho a ocupar el espacio público porque, a fin de cuentas, lo tienen muy mal para encontrar trabajo, y que en España no vivimos en una verdadera democracia. (Esta frase es como los mensajes que le llegaban al Superagente 86 porque se autodestruye en unos segundos: en los lugares donde no hay democracia no se puede decir que no hay democracia.) Ha sido la revolución de Twitter, pero también la del tupper, con las madres llevando cenas a los hijos rebeldes y padres de clase media comprobando que los chicos están bien.
Muchos articulistas han reprochado a las críticas de los indignados su paternalismo. Según los defensores del 15-M, es un error decir que algunas propuestas son inviables, porque lo que importa es su valor simbólico. Lamentar la falta de reflexión y conocimiento de algunas reivindicaciones –por ejemplo, querer acabar con el bipartidismo y restar poder a las fuerzas nacionalistas al mismo tiempo- es ignorar lo más importante: que mucha gente se ha interesado por primera vez por la política. Criticar su modelo organizativo, a partir de los ejemplos históricos, solo demuestra un complejo de superioridad. Reprocharles que se designen como “el pueblo” es casi un acto de mala fe. El caos de voces que salía de las plazas era una demostración de la pluralidad del 15-M. Los vaivenes y las metamorfosis del movimiento –salvo cuando son demasiado desfavorecedoras, como cuando se intenta impedir que los representantes de los ciudadanos entren en el parlamento, porque eso no tiene que ver con los indignados- revelan su elevada inteligencia política. También se ha dicho que el 15-M ganó las elecciones del 22 de mayo, aunque más de uno pensaba que las había ganado el Partido Popular. El diario El País ha seguido publicando artículos en defensa de los indignados mientras sus reportajes de investigación demostraban la debilidad y la demagogia de sus propuestas, y ha dedicado dos cartas de su defensora del lector a recoger las quejas contra los medios que emitían miembros del 15-M, quienes después de solucionar los problemas de España parecen dispuestos a arreglar el periodismo. Me parece que el paternalismo está en esa actitud, y no en algunos de los críticos de los indignados, que les han respondido criticando sus argumentos, como se hace entre adultos.
Probablemente, entre las razones se encuentran el prestigio de la protesta y la utopía en buena parte de la izquierda, y la idea de que todas las generaciones tienen derecho a una revolución, con esa variante española que postula que tener derecho a algo significa que no hace falta pagar por ello: es el paso de la cultura gratis al todo gratis. Quizá haya también un elemento de consentimiento y de mala conciencia. Los padres creen que sus hijos van a vivir peor que ellos y eso no les sienta bien: ya se sabe que los hijos se merecen lo mejor. Ese aire de rabieta infantil está también en los indignados: su negativa a organizarse como partido político no solo denota una desconfianza en el sistema parlamentario, sino también un rechazo a la responsabilidad. Para ser un movimiento supuestamente impulsado por los defectos del sistema, sorprende una falta de autocrítica que bordea el autismo. Sus ataques a la prensa y a la sociedad capitalista conviven con una obsesión por los medios y el uso constante de eslóganes publicitarios.
No sé qué consecuencias tendrá el 15-M: el nuevo candidato del PSOE ha mencionado la reforma de la Ley Electoral (que, pese a estar mal planteada, era una de las reivindicaciones más sensatas de los indignados y por otra parte se pedía desde hace mucho) y habló, con una mezcla de inconcreción y populismo, de una tasa a los bancos para crear empleo. Espero que no duren demasiado los aspectos más negativos, como la siniestra cultura del silencio de unas mujeres vejadas, que al parecer prefirieron callar para no perjudicar al movimiento, las escenas tercermundistas de persecución a los diputados y la deslegitimación general de la democracia. Otro de esos efectos secundarios es la infantilización de la política española, que hace que gente habitualmente sensata empiece a pensar con tópicos y eslóganes y que la discusión racional se considere un ejemplo de soberbia, o de la inadmisible falta de tacto de quien le dice a un niño que los Reyes Magos son los padres.