artículo no publicado

Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbre, de Zygmunt Bauman



En las ciencias sociales y en la filosofía de hoy, es decir: desde hace sesenta años, encontrar denominaciones acertadas o resultonas se ha convertido en una histeria colectiva tanto en los departamentos universitarios como en el mundo de los críticos. Alrededor de la posmodernidad, un nominalismo fugaz y enmascarado ha suscitado mil nombres para designar aspectos de nuestras sociedades y de las identidades de nuestra época. Zygmunt Bauman (Polonia, 1925), con sus heraclitana “modernidad líquida”, causó cierto furor y es casi imposible leer a un sociólogo, antropólogo o crítico de arte actual que no repita como una jaculatoria las posibilidades (tesis, tesina, antítesis) del tiempo licuado, émulo del que pintara Dalí y del que José Gorostiza metiera en un vaso allá por 1938. La modernidad heredera de la Ilustración y del Romanticismo, y la modernidad que al verse a sí misma se desdobla en posmodernidad, la gran duración y la corta duración, el pensamiento fuerte y el débil, mundo estable o voluble: todo ello significa, entre otras cosas, un ansia de querer saber qué somos, qué nombre le damos a los cambios, y, también, cómo los vendemos.

En Tiempos líquidos. Vivir en una época de incertidumbres, Bauman retoma sus temas habituales, que son también los de muchos de los autores que cita, como Manuel Castells, Nan Hellín, Thomas Humphrey Marshall, Loïc Wacquant y otros; a saber: la separación del poder y la política, las masas migratorias africanas, árabes y asiáticas y las respuestas del mundo occidental (rico) ante esta nueva realidad, la globalidad y la aldea, la identificación con lo radical o la radicalidad de la identificación, etc. Sin duda se puede encontrar en este libro algunas observaciones inteligentes y descripciones ingeniosas que muestran mejor algunos aspectos de nuestras realidades conflictivas, muy especialmente con relación a la “realidad” del mundo emigrante visto desde el Estado y desde la ciudadanía asentada en sus logros y comodidades. Bauman pide una conciencia global para aquello a lo que estamos dando respuestas parciales, y critica las injusticias derivadas de la globalización del mercado, ese mercado sin fronteras y que gracias a ello puede aprovechar los espacios no controlados por una constitución justa para ejercer una nueva explotación. No menciona las ventajas, que las hay, de dicha globalización. También señala, frente a los terrorismos surgidos en el seno musulmán, el peligro de combatirlo acrecentando el miedo y permitiendo así la justificación de la pérdida de nuestras libertades y derechos así como el entendimiento del emigrante como enemigo posible. La guerra contra el terrorismo siembra a su vez miedo y permite, desde la voz que habla de defender a cualquier precio la propia seguridad, que poder y política se separen, en detrimento, sin duda, de ésta última, que es la que permite al ciudadano ser un individuo de derecho. También habla Bauman, algo que ya ha hecho anteriormente, de las masas de seres humanos “convertidos en superfluos por el triunfo del capitalismo global”, y de los refugiados de las guerras: apátridas que son en realidad considerados “fuera de la ley”, siguiendo en esto a Michel Agier, y cita, en una de las pocas veces que baja a lo concreto, los casi novecientos mil refugiados de las guerras civiles en Etiopía y Eritrea y que andan como fantasmas por la zona norte de Sudán. Estas masas son lo inimaginable en un mundo de etiquetas, afirma. Bauman denuncia que hay un deterioro en la consecución del emigrante como individuo de facto, y que en las ciudades capitalistas avanzadas ya no se defienden de lo exterior, como en la ciudad medieval, sino de lo interior, creando por lo tanto edificios altamente protegidos o urbanizaciones blindadas que nos apartan de los otros (de los que no son como nosotros: lo que llama, he aquí –atención profes– una posible tesina: mixofobia urbana, miedo a la mezcla). Los problemas gestados globalmente, afirma Bauman, los sufrimos como si fueran locales y las respuestas locales que damos a ellos nunca podrán ser una solución. En fin, cualquiera con un poco de conciencia encontrará en este libro ideas ante las que asentir, y echará de menos que Bauman ignore la Historia: parece que lo hemos inventado todo en los últimos treinta años en males sociales y políticos, que nunca hubiera habido problemas con los desplazamientos por guerras, ni hubiera habido emigraciones por hambrunas y pillaje sin cuento en las ciudades desde dentro (léase nuestra literatura picaresca o a Charles Dickens para el Londres victoriano). Bauman, que no dejó de ser miembro del partido comunista polaco hasta la persecución de los judíos en 1968, ha encontrado un nuevo demonio en la globalización capitalista y lanza sus a veces agudas observaciones sin que sepamos bien si habla de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, España o Japón. Es una crítica de amplio espectro. Cualquiera puede adaptar sus descripciones o conceptos, resultones pero vagos, como le venga en gana. Su manera de escribir, generalizadora y moralizante, junto con aciertos de eslóganes, hace de sus obras un buen material para tirios y troyanos no muy exigentes.

Bauman habla también del individuo capitalista actual como cazador y critica la ansiedad moderna. No le falta razón en esto, pero no estaría mal que el lector supiera que Bauman ha construido Tiempos líquidos (2007) engañando al lector (no nos explica en ninguna parte por qué ha actuado así). Casi la mitad del libro actual está tomado de Amor líquido (2003). No sin cinismo, Bauman recorta, pega, añade un párrafo y vuelve a pegar páginas de su libro anterior. Capítulos como “La humanidad en movimiento” y “Separados pero juntos” han nacido ya armados para la imprenta directamente de Amor líquido, que es el único libro suyo con el que he podido cotejarlo. Tratándose de líquidos, podrá decir que se le derramó en este otro título, pero lo que ha hecho es, quizás llevado por cierta ansiedad de editar un libro más y vender en varias lenguas del globalizado capitalismo, plagiarse con descaro a sí mismo, mentir a sus editores y lectores ofreciendo por nuevo lo que ya había vendido con otro nombre. Cualquier lector podrá comprobarlo con sólo contratar un poco ambos libros. Lo líquido hecho liquidez. ~