artículo no publicado

Nápoles, capital de la miseria

Elena Ferrante

Un mal nombre

Traducción de Celia Filipetto

Barcelona, Lumen, 2013, 554 pp.

Nadie sabe quién se oculta tras el pseudónimo de Elena Ferrante, incluso se pone en duda que sea realmente una mujer. El crítico James Wood ha escrito que, al lado de Ferrante, Thomas Pynchon es un adicto a la exposición pública. Lo poco que se sabe es que nació en Nápoles y que se ha convertido en uno de los nombres fundamentales de la literatura italiana contemporánea. Su voz y sus novelas tienen tanta fuerza que poco importa cómo sea el autor.

Lumen reunió en un solo volumen, como hicieron los editores italianos, bajo el título Crónicas del desamor, tres novelas potentes y duras que abordaban desde diferentes puntos de vista las relaciones: El amor molestoLos días del abandono y La hija oscura. Las dos primeras se llevaron al cine. De las tres, probablemente, la mejor o la que con más fuerza se queda grabada sea Los días de abandono, que es el diario de una separación y de la recuperación tras el desamor. A ese volumen le sigue el “tríptico napolitano” del que ya se han traducido las dos primeras entregas: La amiga estupenda y Un mal nombre. El tríptico empieza con la desaparición de Lila, la que ha sido la mejor amiga de la infancia y de la adolescencia de Lenù, la narradora. Las dos tienen sesenta y seis años y Lenù reconstruye su historia de infancia en un barrio miserable de Nápoles. Las dos son buenas alumnas, siempre están juntas, temen a don Archile, el carnicero, y a los Solara, los ricos del barrio; sueñan con las mismas cosas: salir del allí, dejar la pobreza y estudiar. Sin embargo, llevarán caminos distintos: Lila, la hija del zapatero, se casa a los dieciséis años, mientras que Lenù, hija de conserje, sigue estudiando gracias a una profesora que le paga los libros y a pesar de la oposición débil de su madre. Un mal nombre retoma la historia donde lo deja la anterior: en la boda de Lila. Pero sabemos algo más: sabemos que Lenù se deshace del diario de Lila, páginas y páginas en una caja, tirándolo al río Arno desde el puente de Solferino, en Pisa. Es decir, Lenù ha tenido acceso a los pensamientos íntimos de Lila.

En Un mal nombre las dos amigas pierden la virginidad, tienen relaciones no permitidas en la época por diferentes razones, aprenden, crecen y toman decisiones con importantes consecuencias. Conocen el amor y el desamor, la violencia y la complicada relación que mantienen se hace aún más compleja. Descubren y sufren la distancia que hay entre pobres y ricos y la importancia de la educación. Es una novela que se adentra en la amistad entre dos chicas, y esa relación, que se explora y que tiene matices y giros, es un pretexto para hablar de un país en el que las diferencias entre el norte y el sur parecen irreconciliables; de una ciudad, Nápoles, corrupta y miserable; de un momento en el que la violencia, verbal y física, lo impregna todo, en el que el lenguaje, dialecto o italiano, marca una diferencia; de un barrio de una ciudad en el que la miseria no es siempre material y las relaciones están llenas de odio, rencor, envidia y resentimiento.

Además de Nápoles, el otro gran tema de la novela es el miedo: miedo a crecer, miedo a no ser lo que se espera, miedo a ser lo que se quiere, miedo a enamorarse, miedo al propio cuerpo y a los sentimientos, miedo a elegir y a equivocarse en la elección, miedo a fracasar y miedo a vivir. El miedo forma parte del proceso de crecimiento y de aprendizaje y Ferrante lo describe muy bien. Lo cuenta tan bien que a veces pasa como cuando nos vemos reflejados en el espejo del ascensor: la imagen que nos devuelve se parece tanto a nosotros que no queremos reconocernos. Los libros de Ferrante tienen la cualidad de no caer en recursos fáciles ni evidentes y abordar asuntos complejos y universales a través de tramas aparentemente banales, casi de melodrama. Además, Ferrante no juzga a sus personajes ni los sobreprotege: deja que sean sus actos, sus palabras, sus reacciones los que cuenten cómo son y les deja equivocarse.

Un mal nombre es casi un descenso a los infiernos de la narradora para recuperarse hacia el final de la novela. Está tan centrada en su propia desgracia y sus temores que no se da cuenta de los problemas de su amiga (a la que cada vez ve más como enemiga): un matrimonio sin amor y un marido que la viola después de darle una paliza en la noche de bodas. Sin embargo, es una novela luminosa porque los personajes evolucionan y su situación mejora: Lenù consigue ir a la universidad y ve publicada su primera novela, Lila conoce el amor y algo parecido a una estabilidad casi feliz.

Para leer Un mal nombre no es necesario haber leído La amiga estupenda, pero es difícil no encariñarse con los personajes, no querer saber qué les ha pasado, cómo eran de niños. Por otro lado, La amiga estupenda cuenta el extrañamiento que producen los cambios físicos en las chicas y cómo eso cambia la relación con el mundo. La narradora se cuela en la intimidad de la pubertad femenina sin pudor ni miedo. Esa actitud honesta es la que guía también Un mal nombre, donde, sin temor a que el personaje resulte antipático en ocasiones, Lenù se compara con Lila en todo, le tiene envidia y rencor, siente que es una estafa y le inquieta que se descubra que la lista es la otra. Todo eso en medio de amores no correspondidos, robados, palizas, fugas y abandonos.

Elena Ferrante atrapa, tiene algo de adictivo: quieres saber qué pasa, cómo sigue. Maneja muy bien los giros, los suspenses, la trama casi de novela de folletín, y, al mismo tiempo, está contando la historia de Italia de la segunda mitad del siglo XX. Como decía, puede leerse Un mal nombre sin haber leído La amiga estupenda, pero será casi imposible terminar la segunda entrega de este tríptico sin querer saber por qué ha desaparecido Lila, por qué Lenù vive en Turín y qué fue de sus anhelos y sueños de juventud. ~