artículo no publicado

María Elvira Bermúdez, la “Agatha Christie mexicana”

Diferentes razones tiene la muerte se imprimió hacia finales de los años cincuenta, con esta novela María Elvira Bermúdez incursionaba con paso firme en el terreno de la literatura policiaca.

Diferentes razones tiene la muerte se imprimió hacia finales de los cincuenta en los Talleres Gráficos de la Nación gracias a la amistad de su autora con Adolfo López Mateos. Aquella es una bonita edición, de amplio formato y con afortunadas ilustraciones debidas al escritor Salvador Reyes Nevares. Aquella novela significaba la primera incursión con paso firme de María Elvira Bermúdez en el terreno de la literatura policiaca, en el que fue pionera, como en otros campos de ocupación exclusiva por los hombres. Antes María Elvira Bermúdez se había hecho abogada en la Escuela Libre de Derecho, donde fue la primera mujer en obtener ese título profesional. Y antes de la aparición de la novela había publicado ya con asiduidad en los suplementos de Novedades y de El Nacional notas minuciosas acerca de los que iba apareciendo en la narrativa del país.

Formó una biblioteca formidable en dos vertientes: la policial y la de las letras mexicanas (entre sus autores queridos estaban dos: sor Juana y Ramón López Velarde, curiosamente poetas, género que ella miró con tal respeto que nunca sometió a su ojo crítico ninguno de sus ejemplos). Lo detectivesco fue lo que despertó su pasión más viva. Conoció sus obras en varias lenguas y examinó también la crítica que se les había hecho. Inventó un personaje, Armando Zozaya, un detective enclavado en la ciudad de México de aquel medio siglo, amable y poblado de zonas oscuras. Distinguió, en abundantes páginas que permanecen inéditas (al morir estaba a punto de entregarlas a algún editor), los linderos genéricos con milimétrica precisión. Leyó todo lo que pudo de la novela negra y prendió la alerta cuando escuchó que aquella era una de las formas (su actualización) de la literatura policiaca. Abogada, no hay que olvidarlo, sabía bien que la literatura detectivesca se despliega a partir de una doble base: la intriga, el enigma, de una parte, y de la idea de justicia, por otro lado. La novela negra está lejos de estos principios, pensaba, y en cambio está muy cerca de la novela de mera denuncia. “No se necesita gran cosa para decir que hay casos de corrupción…”, decía.

En el trecho final de su vida (los últimos diez años, no más) María Elvira Bermúdez fue “descubierta” por los jóvenes. Vinieron entonces los libros, como el más notable, creo: el volumen de cuentos publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana Encono de hormigas (título lopezvelardiano, desde luego), o los cuentos de Muerte a la zaga (en Letras Mexicanas, del FCE). Marco Antonio Campos la llamó con cariño y admiración “la Agatha Christie mexicana”, sobrenombre que ha corrido con fortuna. La clave de aquel reconocimiento estaría tanto en la sabiduría de la escritora como en su capacidad de conversar. Como muchos de los miembros de su generación, María Elvira Bermúdez disfrutaba de veras la charla. Recibía en su vieja casa de estilo inglés de la colonia Roma a muchos amigos, compañeros. Recuerdo haber visto en su biblioteca a Rubén Salazar Mallén, a Archibaldo Burns, a Dolores Castro, a Jorge López Páez, a María José de Chopitea, a Carlos Monsiváis, o, de una generación más cercana a nuestros días, a Sandro Cohen, Josefina Estrada, Ignacio Trejo Fuentes, Christopher Domínguez Michael, José Rafael Calva, Vicente Francisco Torres, Agustín Ramos, Carlos Miranda, Leo Eduardo Mendoza. Tenía encanto y sabía escuchar y tenía siempre una risa a punto de estallarle. No se quejaba de nadie identificable, no censuraba más que a las grandes entidades que la habían estorbado: el machismo, la Iglesia, los gringos. En su biblioteca tenía una fotografía de López Velarde muy cerca de un banderín del Atlante. Le pregunté un día de dónde había salido aquel emblema: “Me lo mandó Efraín; ya le mandé yo otro, que me fui a comprar al centro”. Como sus cercanísimos amigos Efraín Huerta y José Revueltas (escribió ella en su diario personal), amaba la ciudad de México y en especial su mero corazón. Durante años caminó sus calles para ir a su trabajo en la Suprema Corte de Justicia o con sus nietos para ir al cine o a comer medias noches en 16 de septiembre. 

 

 


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