artículo no publicado

Los minutos negros, de Martín Solares

La primera –y terrible– sospecha que puede asaltar al lector de Los minutos negros es que lo que tiene entre manos sea una desanimada parodia de novela negra, uno de esos engendros calificados de “desmitificaciones” por gente que piensa, por ejemplo, que María Félix es un mito y que conviene “desmitificarla”.

Hay, en el libro, elementos alarmantes que favorecen esta prematura hipótesis. Uno de los protagonistas del debut novelístico de Martín Solares es bautizado, sin rubor, como el “Macetón” Cabrera. Cuando el “Macetón” es víctima de un choque brutal, se le aparecen en sueños Rigo Tovar y su corte de sirenitos –en otro punto, se sabrá que la aparición tiene cierto sentido porque el ubicuo tonadillero tropical tuvo un lío de faldas que apuntala el argumento.

Contada así, la trama suena a caricatura del dibujante Trino o a película sangrona del nuevo cine mexicano que vimos una noche en la tele y no nos gustó. Afortunadamente, el pulso narrativo de Solares es firme y le da para superar obstáculos como éstos y aun mayores. Su libro corre el viejo albur de la narrativa policial y lo resuelve casi con limpieza: construir una buena historia con materiales horribles.

Los minutos negros, con todo y su aparato de humor dudoso, es una obra digna de la mejor estirpe de novela negra a la mexicana, la que arranca del magistral Complot mongol, de Rafael Bernal, y alcanza las incursiones narrativas de Daniel Muñoz, guionista de aquella tira cómica en color sepia llamada El Pantera.

Solares (Tampico, 1970) recurre a la mitología de su Tamaulipas natal y exhuma un caso a medias olvidado: el odioso asesinato de unas niñas en el puerto (rebautizado para la ocasión como Paracuán) durante los años setenta. Sus protagonistas, policías que parecen honestos si se les compara con el fango moral que los rodea, se afanan por abrirle paso a la justicia entre la maraña impenetrable de complicidades, ineptitudes y desganos que la sofoca. La vida diaria en México, vaya, retratada con acierto en esa faceta habitual y abominable. La historia elude la linealidad y su estructura de tiempos alternados, que se desarman como las muñecas rusas, es utilizada hábilmente para sostener la tensión indispensable en el género.

Todo comienza con el asesinato del periodista Bernando Blanco. Su muerte disparará las indagaciones del “Macetón”, que a su vez devendrán en la narración de la historia del primer investigador del crimen de las niñas, que el periodista exploraba cuando fue acribillado. Toda reseña de un libro policial tiene –o debería tener– vedado revelar la solución que tan afanosamente se oculta. Baste decir que Solares no apuesta por un final clásico –hay un culpable, sí, pero hay también un México donde los criminales tienen el cielo por límite– sino por un final abierto, agridulce, realista.

Aunque su tránsito es terso, y hasta muy grato por momentos, la prosa de Los minutos negros no es impecable. Su estilo oscila entre cierta ambición verbal que obtiene victorias de fraseo notables, y numerosos y condescendientes acercamientos al “lenguaje popular” que hacen tropezar al lector con toda clase de frases con el filo mellado que a fuerza de repeticiones oscurecen lo que deberían aclarar.

Otro punto discutible son las referencias extraliterarias. ¿Por qué la mención interminable de marcas comerciales, de nombres ridículos en su mayoría, de los años setenta? ¿Para que alguien diga “Ay, qué jocoso”? ¿Qué gana el libro con la aparición como personaje del novelista B. Traven? ¿O de Alfred Hitchcock? ¿O del criminalista mexicano Alfonso Quiroz Cuarón? Nada gana y algo pierde, sobre todo porque no parecen cumplir más función en la trama que la de servir como decorado retro. ¿Por qué no recurrir también a Santa Claus o al Pititos Torres, a quien el resto del elenco se podría pasar 720 cuartillas albureando?

Las posibles objeciones, no obstante, no llegan a refutar el punto esencial: Los minutos negros es una novela entretenida, bien narrada, donde se reconocen asuntos nacionales con un escalofrío inevitable, donde la fragilidad y precariedad de la vida en una república corrupta es patente y dolorosa. Así, el saldo final entre aciertos y errores termina por serle favorable a Solares. Como pasaba con los viejos detectives privados, Los minutos negros pierde algunas batallas parciales y se rompe los dientes y la camisa en el trayecto, pero termina resolviendo su caso y ganándose el salario y el respeto. ~