artículo no publicado

Las lecciones de Aron

Raymond Aron

Introducción a la filosofía política. Democracia y revolución

Edición, prólogo y notas de Jean-Claude Casanova

Traducción de Luis González

Barcelona, Página Indómita, 2015, 278 pp.

Raymond Aron (París, 1905-1983) fue un intelectual singular en la Francia de su tiempo. Mientras que algunos de sus compañeros de generación, como Sartre o Merleau-Ponty, adoptaron posturas revolucionarias, la tradición de Aron era la del liberalismo: entre sus influencias más duraderas están Montesquieu, Tocqueville o Constant, y admiraba las democracias del mundo anglosajón. Conocía bien la filosofía y la sociología alemanas y sabía más del marxismo que muchos de sus defensores. Combinaba el análisis de la actualidad con la sociología, la teoría política y la filosofía de la historia. En El peso de la responsabilidad, Tony Judt señalaba el rigor de sus enfoques; Clive James escribe en Cultural Amnesia: “Un respeto por los hechos humildes es una de las cualidades que hacen que su prosa resulte siempre fresca.” Su vida y sus polémicas –que aparecen en sus Memorias (rba, 2013) y en la biografía que le dedicó Nicolas Baverez– son un recorrido por el siglo XX. Su escritura es inteligente, fría y clara.

Aunque Aron ocupó lugares destacados de la cultura francesa, su sensatez era poco atractiva para quienes, en palabras de James, preferían “equivocarse con Sartre a acertar con Aron”. El autor de El opio de los intelectuales (rba, 2011) fue mucho más que un combatiente de la Guerra Fría. Este espectador comprometido –por usar el título del libro de entrevistas realizado por Jean-Louis Missika y Dominique Wolton– analizó con perspicacia los cambios sociales, políticos y económicos. Su punto de vista resulta a menudo esclarecedor, como demuestra Introducción a la filosofía política. Democracia y revolución, que recoge un curso impartido en la Escuela Nacional de Administración en 1952 e incluye un análisis perspicaz, conciso y sorprendentemente oportuno de las fortalezas y debilidades de la democracia, que Aron define como “un sistema de competencia pacífica por el poder”, basado en la revocabilidad de los cargos y el respeto a las reglas y donde los partidos son imprescindibles.

“La democracia es una realidad humana y por lo tanto es imperfecta. Es también una realidad irracional. La única manera –o la única utopía– de racionalidad consistiría en tomar a los mejores y decirles: ‘Gobernad en interés de todos.’ Desgraciadamente, nunca se ha encontrado el medio de saber cuál es el interés de todos y quiénes son los mejores”, escribe Aron. La ventaja de la democracia es que se trata de un régimen no creado “para asegurar la eficacia de los poderes, sino para defender a los individuos contra los excesos del poder”.

Aron expone las críticas a la democracia desde un punto de vista marxista –enmascara la lucha de clases– o maquiavélico –todo régimen acaba siendo una oligarquía, en este caso una plutocracia–. La preocupación central del libro es la tensión entre la igualdad y la libertad: “Si la competición electoral es un elemento de la libertad, no constituye, sin embargo, la totalidad de dicha libertad.” Estudia la oposición entre dos resultados posibles de la soberanía popular –el que legitima la tiranía y el que exige el respeto a las minorías– y entre dos tradiciones democráticas: la británica, “resultado de la evolución del sistema monárquico de libertad de los privilegiados”, y la francesa, que “pasa por la revolución, por la inversión violenta de la autoridad tradicional y la sustitución de dicha autoridad por una esencialmente nueva, fundada en un principio absoluto”. La diferencia fundamental está en el método: por un lado, el empírico y progresivo; por otro, el del racionalismo revolucionario. Esa dos maneras pueden acabar derivando en realizaciones que no son opuestas con el tiempo, pero “desde el origen de la idea democrática han existido dos tendencias”.

Una de las partes más interesantes del libro es el análisis de las debilidades de la democracia. Algunos factores de inestabilidad obedecen a causas internas, como la competencia entre individuos y grupos por el poder, la disociación entre el poder político y el poder social, o el rechazo de la democracia a defenderse ante sus enemigos. Su carácter conciliador plantea problemas en cuestiones como política exterior, por ejemplo frente a los líderes totalitarios, pero también en la politización de la vida administrativa, o en la relación entre gobernantes y gobernados: la defensa de todos los intereses conduce a la parálisis, y la distancia óptima entre los poderes políticos y sociales requiere una tensión difícil. Aron reflexiona también sobre la autoridad y las expectativas y limitaciones del Estado. Señala que la democracia y la industrialización potencian los grupos de interés, y que“el sistema de competencia pacífica tiende a debilitar el funcionamiento de un sistema de economía liberal”. Pensando en la Francia de su tiempo, advierte: “resulta difícil pedir a los hombres que se apasionen por la aceptación de todas las pasiones y todos los adversarios”.

La segunda parte de Introducción a la filosofía política es un análisis de la revolución y de los regímenes revolucionarios. Aron habla de un mundo desaparecido: sus observaciones no se trasladan con la misma facilidad al mundo contemporáneo, pero ofrece un análisis útil de las teorías de Marx y sus ambigüedades y “equívocos”, y de la conversión del marxismo en un “milenarismo”. Estudia el régimen soviético según las teorías y controversias marxistas y según lo que ofrece a sus ciudadanos, y apunta que las purgas en un sistema de partido único son comparables a una crisis ministerial en un gobierno democrático. Señala la violencia del sistema y la paradoja de la creación de jerarquías, a menudo hereditarias.

Incluso las democracias más apacibles o modélicas tienden a nacer de una revolución, sostiene Aron, y permanecen amenazadas por ella. La relación entre las dos formas de entender el cambio político es uno de los temas del libro. La divergencia también tiene que ver con una visión optimista y pesimista de la historia, con una cierta humildad de aspiraciones. La elección –como dijo en alguna ocasión– no es entre el bien y el mal, sino entre lo preferible y lo detestable. No obstante, si la defensa de la democracia se basa en la desconfianza en los abusos del poder, hay también una parte que tiene que ver con una cierta confianza en el hombre común, con un optimismo lleno de prevenciones y realismo: “A los hombres no se les puede dar, a un mismo tiempo, todo lo que desean.” ~