artículo no publicado

Las "Irrupciones" de Levrero son casi un género aparte

Las "Irrupciones" que Mario Levrero publicó como columna podrían considerarse un género en sí mismas. 

Me desperté y pensé que era solo un sueño. Después pensé: «Todo el mundo dice “sólo un sueño; deberíamos decir: “nada más que un sueño”».

Irrupción 5.

 

Entre 1996 y 1998, y durante algunos meses del año 2000, Mario Levrero  publicó la columna mensual Irrupciones en la sección cultural de la revista uruguaya Posdata. 126 textos anómalos, de circulación restringida, en 2001 se transformaron en una edición incompleta y marginal (dos tomos con las irrupciones 1-40 y 41-70 dentro de la colección De los flexes terpines, dirigida por Levrero mismo en editorial Cauce) y, en 2007, de manera póstuma, en una modesta edición publicada por Punto de Lectura. Por fin, en 2013, entró en circulación una lujosa publicación de la editorial uruguaya independiente Criatura Editora.

En el prólogo a la primera edición de las Irrupciones como libro, Levrero escribe: “En cualquier orden que se lean estos fragmentos se notará, creo, que todo está ligado y forma parte de lo mismo, como en un holograma”. Las Irrupciones son, entonces, una pieza más de su proyecto de escritura, que define como un “mapa a todo nivel de mi propio ser”.De distintos modos  Levrero se sabía dueño de una obra cuya diversidad no atentaba contra su unicidad, una obra compuesta de textos heterogéneos cuyos puntos de contacto formaban un todo irreductible.

Es un poco un lugar común: hay un Levrero para todos. El raro y el confesional. El cómico y el misterioso. El Levrero deliberadamente kafkiano, de la “trilogía involuntaria”, compuesta por las novelas La ciudad (1970), París (1980)y El lugar (1982), en las que el misterio discurre en una atmósfera enrarecida, la de un sueño vigila (un oxímoron que quizá aprobaría). El Levrero que parodia su amado género policial: Dejen todo en mis manos (1996) y Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo (1975). El Levrero que se confiesa y exhibe en El discurso vacío(1996), suerte de diario donde se consignan sus ejercicios tipográficos para mejorar su letra y, con ello, su vida, su personalidad, su alma; y el de Diario de un canalla (2013), donde narra algunos meses del par de años que residió en Buenos Aires, mientras trabajaba para una revista de crucigramas y juegos de ingenio (lapso en que no logró escribir literatura).

Hay un efecto Levrero, como una hipnosis. Un idea que recorre su obra: la postergación. La postergación de la escritura, de los buenos hábitos, de un mejor yo inaccesible. Irrupción número 63: “Es de madrugada. Comienzo a pensar en irme a dormir, pero todavía me falta chequear el correo electrónico. A esa hora es fácil conseguir línea; me conecto”. En La novela luminosa, el Diario de la beca (Levrero fue acreedor a la beca Guggenheim para su escritura), que antecede la “novela”, constituye, en realidad, la obra verdadera, el corazón y sentido de la experiencia luminosa, una especie de escritura cero que da cuenta de su imposibilidad para escribir, y que registra minuciosamente sus rutinas, postergaciones y derrotas diarias.

Tengo una hipótesis. Las irrupciones de Levrero se publicaron bajo el rótulo columna, un género menor, que sin embargo en nuestra literatura ha producido varios libros magníficos: las compilaciones de los artículos de Jorge Ibargüengoitia en Excélsior y, más recientemente, El idioma materno de Fabio Morábito, por citar dos ejemplos entre decenas. Pero la noción misma de género está en crisis constante y su determinación es tan social como histórica. Las Irrupciones sólo se parecen a sí mismas o, en todo caso, a la obra de Levrero, a Levrero y nada más: la transformación o creación de un género cambia la historia de la literatura, como quería Todorov, de tal forma que las Irrupciones pueden considerarse, a la postre, un género autoral de la misma manera en que hoy pensamos las Iluminaciones de Rimbaud, los Pensamientos de Pascal o las Confesiones de Rousseau.

Hay un ethos levreriano, en el que el discurso se lee (al modo en que el lingüista francés Maingueneau plantea) desde la identidad del “garante”, el que narra o enuncia, y que es distinto del sujeto verdadero (es decir, el señor llamado Jorge Mario Varlotta Levrero). Una manera de decir que es también una manera de ser. Los registros más variados aparecen en sus Irrupciones:la divertida saga del buzo azul para invierno, las aventuras del ratón Mouse (acompañadas de dibujos hechos por él mismo en Paint),  reflexiones sobre la literatura y el quehacer poético, anécdotas vecinales, una ida a la carnicería, un poema (la irrupción 62 inicia: “un aroma lejano/todavía sin nombre/llega con insistencia/hoy/a este desierto…”), relatos de sueños que inician y terminan sin su debida aclaración (la 35: “La sala de teatro es subterránea. Yo he dejado un sobretodo marrón y un pañuelo blanco sobre la butaca que me corresponde…”), parodias de textos académicos o una cavilación sobre el origen de una extraña lista en un billete (“1 Hilda, 1 Salus, 1 Blíster aspirina”).

Levrero dejó pistas sobre la producción de estos textos: “Las Irrupciones podían surgir de cualquier fuente, y así fue como pude mezclar pasajes autobiográficos (los más) con reflexiones con invenciones con sueños con apuntes periodísticos y aun con colaboraciones de lectores (¡y aun con poemas! ¡y con dibujos!)”.Dice que aceptó la invitación de Lucía Calamaro, la editora de la sección cultural de Posdata, una vez que tuvo suficientes “columnas” (“no sé por qué se llaman así”). Si el libro crea intimidad, explica en el prólogo, cuando “ojos no familiares” recorren las líneas de una revista, “hay ciertos abismos a los que no se desciende y ciertas alturas que no se alcanzan”.

No sé si todos lean del mismo modo a Levrero; pero en mi caso no hay distancias: lo aprecio, lo quiero, lo considero un amigo que está muerto. Es una forma de leerlo, entre muchas otras. Un autor excepcional que se nos fue. Uno de sus amigos verdaderos, el escritor uruguayo Federico Polleri, escribió en el prólogo a la edición de Irrupciones que nos ocupa: “El gran Mario Levrero era un loquito y nada más cuando yo lo conocí, y juntos fuimos un par de loquitos de mala muerte durante nuestra larga amistad. Dejo al GRAN Mario Levrero GRAN para los oficialistas de última hora. Ellos lo estudian o fingen estudiarlo, lo admiran o fingen admirarlo. Yo lo quise. Yo lo extraño”.

Mario Levrero, Irrupciones, Montevideo, Criatura Editora, 2013, 430 pp.