artículo no publicado

De héroes discretos

Maylis de Kerangal

Reparar a los vivos

Traducción de Javier Albiñana

Barcelona, Anagrama, 2015, 256 pp.

La vida es azarosa, imprevisible y a veces volátil. De eso habla Reparar a los vivos, de Maylis de Kerangal (Toulon, 1967), que ya había sido premiada con el Médicis por su anterior novela, Nacimiento de un puente, y que con este libro ha obtenido varios premios, entre otros, el Prix Orange du Livre 2014.

Simon Limbres tiene diecinueve años y vive en Le Havre. Hace poco que se ha entregado al primer amor, apasionado y arrebatado, y el día en el que transcurre la novela ha madrugado para ir a hacer surf con dos amigos, a aprovechar una “jornada a marea mediana como solo se dan dos o tres al año –mar formada, oleaje regular, viento débil y ni un alma a la vista–”. También es de los pocos días del año en que los jóvenes se levantan temprano. A la vuelta, la furgoneta en la que viajan los tres amigos, por razones desconocidas, se choca contra un poste. “De los tres viajeros sentados delante, solo dos llevaban puesto el cinturón de seguridad”, el tercero salió disparado “hacia delante por la violencia del choque, golpeándose la cabeza con el parabrisas y siendo necesarios veinte minutos para extraerlo de las chapas, se hallaba inconsciente al llegar el samu, seguía latiéndole el corazón”. Era Simon Limbres. Aunque la novela tiene algo de vidas cruzadas, no son los mecanismos del azar lo que interesa a De Kerangal. Quiere hablar, entre otras cosas, de la 23.ª Reunión Internacional de Neurología, que tuvo lugar en 1959, en el mismo hospital donde cinco años antes se creó la primera unidad de reanimación en el mundo, en la que Maurice Goulon y Pierre Mollaret, un neurólogo y un infectólogo, anunciaron que “la parada del corazón ya no es señal de la muerte, lo será en lo sucesivo la interrupción de las funciones cerebrales”.

Eso es precisamente lo que le ha sucedido al surfista: aunque su corazón sigue latiendo, su cerebro ha dejado de responder. Es lo que le explicará el doctor Révol a Marianne, la madre de Simon, que sabrá en el hospital que “el estado de Simon es evolutivo, y esa evolución no sigue el camino correcto”, es decir, que “las lesiones de Simon son irreversibles”. Marianne trata de localizar al padre de Simon, con el que no vive desde hace un tiempo. Mientras, Révol “hace lo que le dicta la ley cuando se declara una muerte encefálica en un servicio de reanimación: descuelga el teléfono, marca el número de coordinación de extracción de órganos y de tejidos”. Al otro lado, responde Thomas Rémige, aficionado a los pájaros y a la canción, además de enfermero especializado en una tarea nada agradable: plantear la posibilidad de la donación de órganos de un recién fallecido para tratar de salvarle la vida a un desconocido.

Hay una galería de personajes fieramente humanos que aparecen en la novela. Parecen hechos del material con que se construye la vida: alegría, pena, sentimientos y contradicciones. Su entidad trasciende de la comparsa y de la idea de encrucijada de historias.

Reparar a los vivos es una epopeya moderna en prosa en la que los héroes son tremendamente discretos y en la que la ciencia y la dignidad humana sustituyen a lo sobrenatural. La novela de Kerengal repara la injusticia de que esas hazañas, esos actos heroicos, pasen inadvertidos en el día a día. Lo más emocionante de Reparar a los vivos es que todos son héroes, con sus miserias y sus defectos, desde Simon hasta el último enfermero, pasando por los padres, los cirujanos o los conductores encargados de hacer llegar los órganos hasta los receptores. Y, por supuesto, Thomas Rémige, que repara también el cuerpo de Simon una vez vaciado con una dignidad que recuerda a los ritos funerarios de los héroes griegos. Marianne se pregunta: “¿Qué perduraría, en aquella fragmentación, de la unidad de su hijo?”, y presenta así otro de los grandes temas que aparecen y reaparecen, sin estridencias, a lo largo del libro: el duelo.

De Kerangal tiene muchas virtudes, entre ellas, la osadía de llevarlo todo al límite, sin temor a equivocarse: ese arrojo evita el sentimentalismo, el regodeo en el dolor y hace posible la aparición de detalles de humor que aligeran la trama (por ejemplo, que por momentos sea casi una novela de acción sobre protocolos médicos). Lo lleva también al estilo, donde sí se resiente un poco la narración: en ocasiones puede responsabilizarse a la traducción, pero es pulcra y resuelve con solvencia la tarea nada sencilla a la que se enfrentaba. En otras, se intuye un regodeo excesivo ya en el original. Sin embargo, la fórmula funciona: la longitud de las frases y su complejidad varían y crean un ritmo que se va alterando y modificando al gusto de la autora y al servicio de la historia y que pretende copiar el de la frecuencia cardíaca.

Reparar a los vivos es una novela ambiciosa, humana y atrevida; un homenaje a lo heroico del trabajo bien hecho y a los actos íntimos y altruistas que salvan vidas sin esperar (en este caso negando incluso la posibilidad) agradecimiento; una novela sobre la arbitrariedad de la muerte, la brevedad de la vida y la generosidad. ~