artículo no publicado

El médico, el oficio y la suerte

Henry Marsh

Ante todo no hagas daño

Traducción de Patricia Antón de Vez

Barcelona, Salamandra, 2016, 352 pp.

Ante todo no hagas daño es un libro sobre un oficio: el veterano neurocirujano Henry Marsh (Oxford, 1950) escribe sobre sus experiencias y sus fracasos. El título hace referencia a una vieja máxima médica. Resulta aplicable a muchas actividades, pero las consecuencias de un error son más graves en unas profesiones que en otras. En el caso de Marsh, pueden llevar a la parálisis o la muerte. Esos errores se producen pese al desarrollo tecnológico y la pericia de los profesionales. Ocurren por fallos de diagnóstico, por torpeza, por un exceso de confianza o perfeccionismo. “Y luego está la suerte, tanto la buena como la mala; a medida que adquiero más y más experiencia, me doy cuenta de que la suerte es cada vez más importante”, escribe Marsh, que define su tarea como una “artesanía práctica”.

“A menudo me veo obligado a hurgar en el cerebro, algo que detesto hacer”, escribe Marsh, que transmite una fascinación por el órgano. En algunas de sus operaciones, cuando hay un momento especialmente complicado, se detiene un momento y “me quedo observando el cerebro que estoy operando. ‘¿De verdad mis pensamientos están hechos de lo mismo que ese bulto sólido de proteínas grasas cubierto por vasos sanguíneos que tengo ante mí?’, me pregunto. Y como semejante idea es demasiado disparatada, demasiado inaprensible, prosigo con la operación”, escribe (más adelante, se duerme leyendo un libro sobre el asunto mente/cerebro: el tema le aburre). Ante todo no hagas daño –dividido en capítulos encabezados por una dolencia y su definición– es un libro sobre las cosas que pueden sucederle a un cerebro, sobre su capacidad de regeneración y su fragilidad, sobre lo que un experto sabe que funciona y sobre lo que puede salir mal.

Es también una reflexión sobre algunos de los dilemas de la medicina: cuándo está justificado intervenir y cuándo no merece la pena intentarlo porque los riesgos son demasiado altos o las posibilidades de mejora escasas. Marsh, que comienza buena parte de los capítulos con una reunión donde su equipo evalúa los casos, dice que con el tiempo se ha vuelto más reacio a actuar. Ante un diagnóstico fatal, explica, el paciente parece dividirse en dos: el que afronta la mala noticia y el que se aferra a toda esperanza. Los familiares impulsan operaciones que solo prolongarán, y en condiciones terribles, una vida condenada: el amor puede ser muy egoísta, advierte. Pero esa actitud no está exenta de dudas: por ser insensible o perezoso, por no dar al paciente la oportunidad de desafiar la estadística. “Tan irresistible resulta intentar salvar una vida como difícil decirle a alguien que no puedo hacerlo, en especial si el paciente es un niño enfermo con padres desesperados”, escribe Marsh. “Si no consigues el equilibrio correcto entre optimismo y realismo, como me pasa a veces por mucho que me empeñe, puedes o bien condenar al paciente a vivir en la más absoluta desesperanza el tiempo que le quede, o bien acabar acusado de deshonestidad o incompetencia cuando el tumor se vuelva maligno y el enfermo comprenda que va a morir.”

Hay un elemento de vida hospitalaria: desde las reuniones a la relación con los residentes, su secretaria o su irritación, entre hilarante y amarga, ante la burocracia del centro dependiente del Servicio Nacional de Salud en el que trabaja. Marsh también cuenta sus operaciones, en condiciones terribles, en Ucrania, que empezó a visitar tras la caída del comunismo. Su trabajo benéfico allí se cuenta en el documental The English surgeon.

Una de las preocupaciones centrales de Marsh es el trato con los pacientes: no solo al actuar sobre ellos, sino al explicarles sus casos. Y uno de los riesgos de su profesión es la autosuficiencia, la sensación de estar siempre en una posición distinta a los demás, de pensar que la enfermedad es algo que les ocurre a los otros. Marsh escribe sobre sus experiencias como paciente o familiar de pacientes: una operación escalofriante a su hijo para extirparle un tumor cerebral, la muerte de su madre, la enfermedad que padece su mujer o sus propios problemas de salud.

Marsh, más angustiado que el Perowne que protagonizaba Sábado de Ian McEwan, es una narrador hábil. Cuenta su llegada tardía a la medicina, tras una formación de filosofía, ciencias políticas y economía y una crisis amorosa, y el descubrimiento de su vocación de neurocirujano. Usa la ironía y juega con cierta imagen de cascarrabias: cuando lo llaman a casa porque ha ocurrido un imprevisto, responde abruptamente, pero muchas veces siente el impulso de interrumpir su descanso y regresa al hospital. Da una imagen de seguridad y contención, pero dedica buena parte del libro a confesar y revisar sus errores, y recomienda a algunas familias que le pongan una demanda. Inspirado por la lectura de Daniel Kahneman, imparte una conferencia sobre los fallos que ha cometido a lo largo de su trayectoria profesional. Para recordarlos, repasa su carrera por las mañanas, antes de levantarse: “Cuanto más pensaba en el pasado, más errores salían, cual metano venenoso que surgiera al remover unas aguas estancadas.” El auditorio, tras su conferencia, queda en silencio.

Ante todo no hagas daño es un libro emocionante sobre la medicina y el valor y la fragilidad de la vida, una confesión a menudo atormentada, severa y compasiva, siempre cautivadora y profundamente humanista. ~