artículo no publicado

El cielo es azul, la tierra blanca, de Hiromi Kawakami

 

Harutsuna Matsumoto, profesor de japonés jubilado, reconoce a su antigua alumna Tsukiko Omachi. Han coincidido por casualidad en una taberna y les ha llamado la atención la confluencia de gustos gastronómicos: chalota salada, atún con soja fermentada y raíz de loto salteada. Entablan conversación.

El punto de partida de la última novela de Hiromi Kawakami (Tokio, 1958)  no puede ser más tópico: chico reencuentra a chica. Sin embargo El cielo es azul, la tierra blanca, que fue merecedora en el 2001 del Premio Tanizaki y ya cuenta en su haber con una adaptación cinematográfica, aborda una historia que quiebra moldes. En primer lugar, porque introduce un matiz de cotidianidad en la manera de abordar el tema de la relación entre anciano y mujer joven –¿un tópico de la literatura nipona?– que con tanto éxito abordó Kawabata en La casa de las bellas durmientes.  Y sobre todo, porque hace de una relación poco habitual un  hermoso  y sutil camino de pasión.

Resulta difícil demostrar que El cielo es azul, la tierra blanca tiene deudas con El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki, como ha señalado cierta crítica. Tal vez podrían señalarse la inclinación por el matiz o la profundidad con que ambos autores leen y escriben sobre los aspectos simples y cotidianos de la existencia humana. Me inclino a pensar que han bebido de las mismas fuentes literarias y artísticas. Ambos se interesan por los detalles y analizan (ya sea en el ensayo o en la narración) aquellos matices, que no sombras, capaces de convertir un hecho banal en un acontecimiento trascendental, como sucede con el encuentro entre un profesor y una antigua alumna.

A pesar de la considerable diferencia de edad, él roza la ancianidad y ella está próxima a los cuarenta, el maestro y Tsukiko acaban enamorándose. Más allá de eso, nada parece ocurrir. ¿Qué hacen los personajes? ¿En qué se entretienen? ¿En qué trabaja Tsukiko? Lentamente el lector irá descubriendo que apenas sabe algo de ellos, salvo que el uno está pendiente del otro y ambos desean y esperan que tengan lugar las reuniones en la taberna del barrio en el que viven.

Los protagonistas no saben cuándo van a tener lugar, pues habían dejado en manos del azar tal posibilidad: “Nos encontrábamos por casualidad, paseábamos por casualidad y bebíamos sake por casualidad. Cuando le hacía una visita en su casa, me presentaba sin previo aviso. A veces estábamos un mes entero sin vernos”. Una sutileza más, de las muchas en las que abunda la historia de amor escrita por Hiromi Kawakami, que sirve para hacer de las reuniones entre los enamorados significativos acontecimientos. Cuando se producen carecen de contenido preciso. Los protagonistas comen, beben té y sake, prueban platos, hablan, ocasionalmente discuten y se reconcilian. Empaparse de la presencia del otro y dar solaz al sentido del gusto, profundizar en el conocimiento mutuo y, en el enamoramiento son los motivos. Los potenciales amantes no se preguntan por el futuro porque han anclado en el presente su relación.

Además de la edad, entre el maestro y Tsukiko se alza la barrera de la diferencia cultural. Él es un hombre cultivado al que los clásicos no le son ajenos, desde Hyakken Uchida (1889-1971) a Matsuo Basho (1644-1694) y al poema épico “Heike Monogatari”, entre los más señalados. Por su parte, la antigua alumna es una mujer de su tiempo, que no estudió demasiado en la secundaria y que utiliza referencias más contemporáneas (El aula voladora) y el lenguaje más técnico que poético de la telefonía y la informática. Precisamente por eso, ambos intentarán llegar al otro, ponerse en su lugar. Tsukiko, cooperando en la escritura de un haikú, en el capítulo “En la isla”, y el maestro proponiendo la visita a un parque de atracciones (“Pues entonces iremos a Desniland”), uno de los episodios más conmovedores de la novela. La aparición en escena de Takashi Kojima, un antiguo pretendiente, iniciar una relación seria con Tsukiko, otra posible barrera, se convierte en la justificación de la autenticidad del amor que siente ésta por el maestro: no está con él porque se siente sola o porque no tiene otra opción, sino porque está realmente enamorada. Por otra parte, tampoco se trata de la revitalización de un amor adolescente por su profesor, ni de un afecto pendiente (“Yo sabía que él había sido profesor mío en el instituto, pero no recordaba su nombre”), sino del de una mujer madura por un hombre al que está conociendo.

El amor que acabarán por profesarse Harutsuna Matsumoto y Tsukiko Omachi se presenta como un sentimiento real y realista, no platónico. Por ello tienen que bregar con la amenaza de la muerte (“La muerte siempre flotaba a nuestro alrededor”) y aspiran a la sensualidad carnal (“El contacto corporal es básico, Tsukiko. Independientemente de la edad, es un asunto de vital importancia”) ante la que sienten cierta prevención. A los miedos y a las dudas se enfrentarán de una forma honesta y saldrán finalmente victoriosos. 

Símbolos y tópicos de la literatura japonesa son utilizados de modo nada azaroso. Como en un haikú, la fusión de la naturaleza en la escritura se pone de relieve en aquellos episodios en los que los protagonistas se distancian de la ciudad: es en una isla donde se encuentran a solas por primera vez, lejos de las miradas entre inquisitivas y provocadoras de otros comensales de la taberna, y será en primavera, durante las dos o tres semanas de los cerezos en flor (hanami), cuando aparezca el pretendiente de Tsukiko. Dos capítulos están dedicados a las setas, símbolo de la fusión entre naturaleza y gastronomía y, en la novela, de cierto desenfreno provocado por la anécdota del hongo de la risa. Poco antes del final, Hiromi Kawakami da el título de “Los grillos” al capítulo en que Tsukiko reencuentra al maestro, después de pasar más de dos meses esquivándolo. Es un momento intenso y definitivo, que marcará el desenlace transitoriamente feliz de la relación y un homenaje a un animal que, en Japón, anuncia la llegada del otoño y del que existen más de doce especies y nombres.

El cielo es azul, la tierra blanca se presenta como uno de aquellos haikús a los que Basho impregnaba de naturaleza y budismo zen. Cada capítulo está medido y pautado y representa una imagen, una estación del hermoso camino amatorio entre Harutsuma Matsumoto y Tsukiko Omachi. Más que una lectura compulsiva, exige la serenidad de quien se inicia en un manjar distinto y exquisito. ~