artículo no publicado

Dos cajas de Valeria Luiselli

Valeria Luiselli

La historia de mis dientes

México, Sexto Piso, 2013, 156 pp.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los ingrávidos

México, Sexto Piso, 2011, 144 pp.

Tengo ante mí, sobre la mesa, las novelas de Valeria Luiselli. Pese a que son dos delgados volúmenes encuadernados en rústica, los veo, tras leerlos, como un par de libros-objeto o quizá como una suerte de boîtes-en-valise, aunque el más reciente, La historia de mis dientes, esté ilustrado por Daniela Franco con capitulares harrypotterianas o pseudogóticas, contando con dieciocho figuras que la autora sacó de Google Images o fotografió, la mayoría, ella misma, atribuyéndoselas, en deliberado homenaje, a W. G. “Policleto” Sebald.

Ese coqueteo entre la narrativa y las instalaciones, tan propio de una época en que el antiguo libro ha sido desbordado, es característico de ambas novelas de Luiselli (ciudad de México, 1983), por su edad, contemporánea estricta de la masificación digital. Por más que haya sido educada en un mundo donde el libro literario seguía siendo la fuente de la cual emanaba el sentido, la generación de Luiselli convive con la transgresión incubada en la idea de que la literatura, blanco sobre negro y tinta sobre papel, ya es insuficiente para ser el soporte de la experiencia literaria. Por ello, la segunda novela de Luiselli, tras el éxito internacional de la primera, asume que la antigua literatura debe transigir o transar con una novedad radical, la novela como instalación. Ese ir y venir durará años o décadas.

En Los ingrávidos, una novela muy traducida e ignorada en México, Luiselli cumple con lo que fue uno de los sueños de mi generación, la escritura de novelas fragmentarias, a mitad de camino entre el aforismo convertido casi en consigna y los últimos suspiros del cine experimental de los sesenta. Nosotros teníamos como modelo a imitar o a detestar a Marguerite Duras, cuyo gran éxito, El amante (1984), en realidad era la más amable de sus novelas, y al menos en mi caso (mal o bien aconsejado por José María Espinasa) me abrió el camino de toda su obra y buena parte de su cine, y con este, la ventana hacia la “nueva” novela francesa, que en los años ochenta, acaso, era un vejestorio. Probablemente ya no lo sea. Siento –y lo escribo pensando en una queja de Philippe Muray contra los postmodernos: aquellos que sienten y no piensan– que Luiselli, sin las ínfulas programáticas y revolucionarias de los Robbe-Grillet, los Simon, las Sarraute, está más cerca de ellos de lo que yo estuve nunca. Pero aquellos escritores nacidos temprano en el siglo XX recelaban del lector, lo agredían. Eso ya no es necesario y por ello una literatura como la de Luiselli es, en cierto sentido tradicional, muy femenina, como lo es la de un varón como Jonathan Safran Foer: les gusta gustar. Saben, como ella, hacer atractiva su literatura, maquillarla, y Luiselli escoge hacerlo a la manera lánguida y prerrafaelita, sin dejarse tentar por el azote decadentista. Lo dice Luiselli, terminante: “No una novela fragmentaria. Una novela horizontal, contada verticalmente.” Mediante un falso desorden narrativo, un rompecabezas fácil, Los ingrávidos es la historia de una pequeña estafa literaria en Nueva York, cuyo propósito es dar de alta entre los raros del momento al poeta sinaloense Gilberto Owen, a cuyo fantasma, ella misma mínima o minimalista, le da vida.

Insuflarle vida a los raros de todo tipo, calidad y calaña (desde el lamentable Mario Santiago hasta el minucioso Robert Walser, pasando por eternos amateurs como lo fue el insufladísimo Francisco Tario) y convertirlos no solo en clásicos sino en comerciales es una de las convenciones literarias de nuestra época, está en muchísimas novedades editoriales y ha sido la propuesta de grandes autores como Bolaño y Vila-Matas y, modestia aparte, obra también (o responsabilidad) de los críticos que los festejamos. Las cosas han llegado a su extremo lógico: mientras que en Los ingrávidos, Luiselli crea a su raro Owen y lo chiquea, como a uno más de los hijos de la protagonista, en La historia de mis dientes nombra un mundo donde todos llevan el nombre de grandes clásicos, de glorículas locales, ascendentes o consagradas estrellas literarias de la lengua o legua. No me queda claro si esa decisión de Luiselli, la de hacer de su segunda novela un armorial literario de Coyoacán, de la Condesa, de Harlem o Brooklyn sea una ironía consciente, un chiste (en una novela pródiga en chistes mal contados) o simple petulancia. En los tres casos, propongo olvidar, por un tiempo más que prudente, la Historia abreviada de la literatura portátil y Los detectives salvajes y volver a ellos en una generación. Obras clásicas como son, sabrán esperarnos. No se van a ir.

No sé si Los ingrávidos sea una buena novela, pero estoy seguro de que es una caja llena de belleza poética. No me extraña: Luiselli, creo, le debe más a la poesía norteamericana que a la narrativa en español, y si se trata de ponerse académico, es deudora de la poética del “no-entorno” que De Kooning les proporcionó a los poetas de la Escuela de Nueva York. Gigantesca, toda gran ciudad destruye las proporciones, compuesta y deconstruida por lo anónimo, lo cual permite rescatar (se sabe desde Baudelaire) a los raros, inaprensibles porque han de flanear donde quiera. Por ello, es el modesto y horrísono Ecatepec el escenario que ilustra La historia de mis dientes. Últimamente les da por encerrarse, hikikomoris, flanean alrededor de su cuarto y son cosmopolitas gracias a la pantalla de la computadora. Esas cosas las sabe Murakami y las sabe Luiselli.

Enumero mis hallazgos en Los ingrávidos: amantes o amadas intermitentes que van y vienen, obligados a escoger entre la línea A y la línea C del subway, el temperamento autocrítico (“En todas las novelas falta algo o alguien. En esa novela no hay nadie. Nadie salvo un fantasma que a veces veía en el metro”), el sabio niño mediano, el juego de sombras entre Pound y Zukofsky, la microhistoria del árbol, la metafísica de los objetos (es un libro que hubiese emocionado a Francis Ponge), el inquietante retrato de una mujer joven (como dice Frank Goldman).

Su Owen, en cambio, es solo aceptable como hilo conductor. Los Contemporáneos son los príncipes entre nuestros raros y por ello Los ingrávidos no es la primera novela que tiene a uno de ellos como protagonista (lo hizo Volpi con Cuesta, Palou con Villaurrutia, Alatriste con Novo) y no será la última. Se encuentra uno a Owen en esta caja de Luiselli como se encuentra a Novo o a García Lorca, pálidos y remotos, rebeldes notas al pie de página que luchan por encontrar su lugar en el cuerpo de la ficción. ¿Qué otra cosa se puede esperar de un fantasma amable en la época no digamos de la electricidad, como lo apuntaba Benjamin, uno de los favoritos de Luiselli, sino del teléfono inteligente? Vale Los ingrávidos por su perfume. Como quería Duchamp y lo hizo, Luiselli logró embotellar no el aire de Harlem, sino su propia esencia, un mundo propio. A algunos, lo sé, les resulta insípido. A mí me cautiva.

Lo habitual es que a un buen primer libro le siga otro malón y Luiselli no fue la excepción a la regla: casi siempre, el novelista debutante pone su vida en su primer libro y después, sometido a la exigencia contemporánea de publicar enseguida otro, deja para el segundo solo sus ocurrencias. La historia de mis dientes incumple casi todas las expectativas que ofrece. Parece ser una crítica de la sociedad del espectáculo amistada con la falsa (porque así no le puso él) América de Kafka, en donde se recupera a un inverosímil campeón en el modesto arte de la subasta, el tal Carretera, pero Luiselli se va por otro lado, también curioso: una historia de la literatura a través de las dentaduras de los escritores; luego, se asoma un nudo dramático, cuando el héroe se encuentra con un hijo suyo no reconocido llamado Ratzinger, que le roba su dentadura, como al personaje de Gógol le birlan la nariz. La cosa parece tomar otro rumbo, pero angustiosamente descubrimos que estamos en la página 74 de las 156 del libro entero y en efecto, a ese capítulo, el mejor –beckettiano y con una meditación saludable sobre la erección matutina– escrito a muy buen ritmo, le sigue un desenlace interesante, pero para otra novela. El salvador de Carretera y narrador final de la historia nos cuenta que al héroe le dio por “subastas alegóricas” donde no se subastan objetos, “sino las historias que les dan valor y significado”.

De la descripción de un Carretera como un afectado del síndrome de Diógenes, enfermizo acumulador urbano y hermético, de un tema de Doctorow pasamos a un probable cuento rescatado de la tradición oral por Tahar Ben Jelloun, es decir, de lo crudo a lo cocido, de la ciudad al desierto. Todo ello, insisto, decorado con los nombres no solo de Margo Glantz, Mario Bellatin, Álvaro Enrigue, Juan Villoro, etcétera, sino con las apariciones de un Sánchez Dostoievski y de un Sánchez Proust, hojas del árbol genealógico del subastador y pegadas en calidad de post-its delatores de cierta ingenuidad de Luiselli: proponerse no solo a escribir una novela, por la congestionada avenida de la metaficción, sino apostarle a comentarista del género, acaso previendo el interés profesoral de algún despistado.

Caja al fin, La historia de mis dientes es más un cajón de sastre que una boîte-en-valise, hay de todo y para muchos gustos, incluyendo bellezas y hallazgos propios de una sensibilidad erótica como la de Luiselli, como la adecuada correspondencia entre lo narrado y lo ilustrado con las dieciocho figuras, que al final resultó eficaz: quizás es la única historia verosímil y aparece como un apéndice.

A Luiselli lo que le faltó fue humor, es decir, la facultad de distinguir entre lo cómico y lo irónico. Pero prefiero la falta de humildad, el olfato aventurero, cuando de un talento como el de Luiselli se trata, que el conformismo. Desde Papeles falsos (2010), su libro de ensayos, era notorio que Valeria Luiselli no iba a pasar inadvertida. Es una escritora verdadera que debe ser medida con la vara más alta. Ni merece ni necesita la condescendencia. ~