artículo no publicado

Dinero, de Miguel Brieva

Una de las viñetas de Dinero (Mondadori), el último álbum gráfico de Miguel Brieva (Sevilla, 1974), reproduce el cadáver de Stalin en un ataúd abierto, rodeado de flores. En el extremo superior se lee: “Tras su muerte, el espíritu de Stalin queda liberado”. Efectivamente: de las fosas nasales del líder genocida sale una nubecilla en forma de Mickey Mouse, con una coca-cola en la mano, que dice: “¡Joder!, qué sed tenía ahí dentro...!” En esa media página en blanco y negro se condensan buena parte de las constantes que se desarrollan en los cinco números de la revista Dinero ahora reunidos (y en Bienvenido al mundo, que publicó Mondadori el año pasado, donde la misma viñeta se reproducía en color, en el contexto de ocho pautas para hacer la “Revolución. Instrucciones para cambiar el curso de la Historia”). En un mundo con un telón cuyo acero se ha convertido en plexiglás, el espíritu neoliberal de Walt Disney se apodera de la iconosfera, cortina de humo de las superestructuras irrepresentables que rigen –entre el orden secreto y el caos casual– nuestro posfordismo tardío.

El orden mundial se reproduce a página completa: una suerte de asamblea plenaria de las Naciones Unidas presidida por el símbolo del dólar y dieciséis misiles nucleares, escenario en cuyo centro el ocupante del púlpito dice: “...ante todo, buen rollito...” La estética remite al nazismo; pero en otra página, donde se ve una ciudad tomada por estandartes rojos con el mismo signo del dólar, en la solapa de un personaje se ven chapas con el símbolo nazi, el comunista, el cristiano, el de la paz y hasta el yin-yang. El personaje vecino sostiene una pelota de fútbol. En segunda fila: una chica muestra orgullosa su teléfono móvil; a su lado, un manifestante lleva una gorra Nike.

Aunque está claro que el Tema de la obra de Brieva es lo que él ha llamado el “neocapitalismo fascista-lúdico-democrático de consumo”, varios motivos secundarios se entrelazan para completar el sentido de algo tan difícil de analizar y de criticar. Podrían enumerarse. El primero sería Dios, un personaje que tanto puede ser dibujado con sombrero, camisa y pantalones de turista y crucifijo al cuello, como con traje y gran parecido al rey Juan Carlos i, director de la Empresa Multiuniversal La Creación S.A. El segundo sería la infancia como etapa de la perversión. En relación con esta, Brieva satiriza tanto las relaciones de pareja como las estructuras familiares; a menudo un padre educa a su hijo mediante malformaciones diversas (“Fíjate, Luisito: ser un hijo de puta se hace así...”, le dice mientras escupe a una olla de sopa), de modo que la abyección no sólo se comparte en la relación sentimental, sino que se convierte en pedagogía intergeneracional. El tercero sería Disney, personaje histórico y propuesta de imaginería global, en un marco mayor de consumo absurdo y de tecno-dependencia. La enumeración podría seguir, pero sería casi interminable. Los títulos de los dos libros apuntan precisamente hacia esa dirección: “el mundo” y el “dinero”, conceptos abstractos, inabarcables, absolutamente globales. Porque Brieva se ubica en la línea crítica que va de Goya a El Roto pasando por Valle-Inclán y Gutiérrez Solana; y esa línea abandona progresivamente el hispano-escepticismo para ser universalmente escéptica.

Miguel Brieva se considera sobre todo dibujante. El carácter exquisitamente artesanal de sus composiciones defiende esa procedencia gráfica. Pero Brieva también es escritor. Lector de Kafka, Gombrowicz, Ferlosio o Pessoa, es en su apuesta por el texto, precisamente, donde se encuentra su punzante originalidad. Tanto en el micro-texto, es decir, en los pasajes y los largos diálogos que incluye en el marco de la viñeta; como en el macro-texto: la elaboración del álbum como si de una revista, un libro o una enciclopedia se tratara. El diálogo se genera a partir de esos dos formatos (la viñeta y el libro), pero se dispara en sentidos múltiples y armónicos: con la publicidad, con la anti-utopía, con la fábula, con la propia tradición gráfica y literaria, finalmente. ~