artículo no publicado

Las últimas lecturas: Amanece temprano en el trópico

Sus ojos buscan el brillo de los números azules junto a la mesa de noche, en vano. No hay más que oscuridad frente a ella. 

A continuación, se enumeran las principales acciones

imaginarias de Leo durante su insomnio:

Manuel Puig, “The Buenos Aires Affaire”.

 

Desde hace unos meses tengo esta fantasía de que me quedo sorda –realmente me molesta la cantidad de ruido estúpido del mundo– y que me vuelvo genial como Goya o Beethoven, pero la idea de la ceguera no se me había ocurrido hasta la más reciente noche insomnio.

1.- La habitación es un horno. Las delgadas sábanas, lavadas cada semana durante los pasados cinco años, le comprimen el pecho. Se siente envuelta en un sudario. Un hilo de humedad bajo su mejilla la despierta; es la saliva cálida que escapa de su boca. Se limpia contra el hombro desnudo; tiene el cuerpo entero cubierto del sudor oleoso que le brota de los poros nada más comienza la temporada de lluvias. No solo el aire está caliente: su cabeza y su vientre parecen consumirse en un ardor malsano. Se vuelve para mirar el reloj despertador. Su mayor deseo es que ya sea hora de despertarse; su gran temor, que falte demasiado para el amanecer.  Sus ojos buscan el brillo de los números azules junto a la mesa de noche, en vano. No hay más que oscuridad frente a ella; no hay despertador, ni mesita, ni ventana, ni pared iluminada por el resplandor de la farola de la calle, solo el repiquetear de la llovizna contra el vidrio, el ladrido de un perro en algún patio lejano. Un remolque atraviesa la carretera que pasa detrás de la casa; sus frenos gimen al entrar a la gasolinera. Miles de grillos fantasmales chillan dentro de su cabeza, como cuando viaja al Altiplano y sufre para conciliar el sueño, con aquel grillar imaginario metido hasta el fondo de las orejas. Trata de distinguir el movimiento de las aspas del ventilador del techo, sin éxito; la quietud del aire y la ausencia del familiar chasquido le indican que está apagado. Se frota los ojos hasta lagrimear; parpadea. Nada, la oscuridad persiste.

2.- El médico se lo había advertido. Podía suceder en cualquier momento, al cabo de muchos años o con la vertiginosidad de una pesadilla. Se lo advertí, repite en la consulta. Ahora el trasplante es imposible. Ella deja la consulta con un vacío en el pecho. Debió haber hecho más ejercicio, comido menos chatarra, alejarse del tabaco y del café, de la cerveza y la cocaína. Pasado más tiempo al aire libre, fuera de casa, lejos de la computadora, del sofá, de los libros. Esos libros que se han convertido en pesos muertos. Todos son iguales ahora.

Pasa los días sentada en el sofá, con el televisor apagado: detesta no saber qué es lo que ocurre en la pantalla, las voces afectadas de los locutores, la música cursi de los comerciales. Junto a ella está el librero: solo tiene que extender la mano para acariciar los lomos de los libros. Solía ordenarlos por orden alfabético pero desde su desgracia es su marido quien los devuelve a su sitio, y su único criterio es el espacio. Ella no puede exigirle nada. Tampoco puede confiar en su memoria. Este tomo grueso sobre su regazo, por ejemplo, ¿es una novela o un libro de filosofía? Las únicas imágenes que ahora puede ver son sus recuerdos: fantasmas proyectados sobre una superficie rugosa, llena de hoyos y remiendos. Palpa las cubiertas del volumen, el grueso de las hojas, el olor del canto. Es la historia aquel del niño árabe criado por una anciana judía, está segura. Compró aquel libro durante un viaje a Francia, en aquella diminuta librería de viejo atestada de novelas policiacas. Uno de sus libros favoritos: tanto como para atravesar el Atlántico cargándolo dentro de la mochila, tanto como para leerlo cuatro o cinco veces a lo largo de los años. ¿No era ridículo que ahora no pudiera recordar cómo acababa? El niño trataba de salvar a la anciana de la locura senil, protegerla de los oscuros demonios que la habitaban; claro, así concluía, pero ¿cuáles eran las palabras del autor? ¿Qué imágenes había usado? Tendría que esperar a que su marido volviera para leerle las últimas página, para confirmar que, en efecto, el libro que acuna contra su pecho es justo ese y no La rama dorada o un recetario vegetariano.

3.- Su hermano insiste en que aprenda a leer con los dedos. Le llevó incluso uno de esos punzones especiales que marcan el papel sin hendirlo. Ahora hay programas de dictado que pueden ayudarte a escribir, insiste. Ella no responde, no promete nada. El hermano está molesto: todos los días trata con ciegos, les da clases en una universidad privada. Dice que los más necios son aquellos que recién han perdido la vista: se tornan hoscos, se empeñan en dominar el mundo con la memoria, pasan por un luto que es ajeno a los ciegos de nacimiento. Insiste. Ella arroja el punzón detrás del sofá, cuando su hermano al fin se marcha.

De vuelta en el sofá, extiende la mano y toma un libro de un estante bajo. Lo palpa. No puede reconocerlo. Cada vez le pasa más seguido. Cuando su marido llegue le pedirá que los saque, que los regale, que los queme. Son todos iguales para ella; poco a poco olvida sus títulos, los personajes de las historias que cuentan: todas aquellas excéntricas criaturas de La historia interminable; todos esos labriegos idiotas de Cervantes; la madre de aquel niño muerto de un cuento de Chéjov; el nombre del árbol del que colgaba el gorrión estrangulado en Cosmos; lo que Beverly Marsh pensaba mientras le hacía el amor a la pandilla de los perdedores en la oscuridad de las alcantarillas, la guarida de Eso.

Le dan ganas de dar un paseo. Se levanta del sofá; el libro cae al suelo con un golpe seco. Va a la puerta sin zapatos. La yerba del jardín sigue húmeda por la lluvia de madrugada; el asfalto de la calle, en cambio, le quema, pero el ardor es soportable. El aire es cálido, límpido; puede incluso escuchar el martilleo de los albañiles que construyen el nuevo supermercado, a varias cuadras de distancia. Camina despacio, como si contara sus pasos. Resiste la tentación de extender los brazos frente a su cuerpo; aún no se acostumbra, quizás nunca lo haga. Lo que más odia de la ceguera no es tanto la pérdida del mundo visible sino la sensación de que hay alguien mirándola siempre, juzgándola. Avanza pegada al muro de la gasolinera hasta alcanzar la explanada. El asfalto bajo sus pies se desmorona; ahora debe caminar a través de grava. Le hace daño pero no se detiene, ni siquiera cuando un auto pasa bramando a su lado, ni cuando otro la rodea y le lanza polvo ardiente contra las piernas. La autopista está a pocos metros. Aprieta el paso: hoy tiene ganas de cruzarla corriendo.

4.- Deciden cremar su cuerpo, regalar su ropa, su biblioteca. Ella no lo sabe, tampoco le importa: se ha disuelto en el aire. Ya no aprenderá braille, no recuperará el ruido mudo que hacen las palabras escritas, ni tendrá que acostumbrarse a la niebla ocre, ni a la constante paranoia de llevar la cara sucia, los cabellos fuera de sitio.

5.- Da un paso más allá del arcén y un camión —lo intuye por el bocinazo potente— le azota contra el rostro los cabellos. La corriente de aire la empuja hacia una zanja. Se ayuda de las yerbas para ponerse en pie de nuevo. Un ave trina entre los arbustos. Un ave muy joven, desesperada por el hambre. La madre aletea encima de ellos. Pájaros, recuerda. Beverly Marsh pensaba en pájaros para no sentir los embates de los chicos montados encima de ella. Cientos de miles de pájaros posados sobre las líneas de teléfono, sobre los tejados de las casas.

6.- El cuarto es un horno y su vientre también. No quiere abrir los ojos. Sus gimoteos han terminado por atravesar el pesado sueño de su marido. O quizás fue solo el calor agobiante. ¿Qué sucede?, pregunta, pero ella no quiere decírselo. No quiere decirle que los números del despertador han desaparecido, igual que la mesa y la ventana y las aspas del ventilador e incluso sus propias manos extendidas frente a su cara. Solo gime. El se vuelve para abrazarla; a medias, pues el calor de su piel desnuda lo exaspera. Se alza para atisbar hacia la mesita. Se vuelve para encender su propia lámpara. De nuevo el clic inútil, la oscuridad imbatible. Ella aprieta fuerte los párpados para contener las lágrimas mientras él se incorpora entre gruñidos. Otro chasquido: el de la pantalla de su teléfono. Otra vez se fue la luz, carajo, dice. Ella abre los ojos. La luz del dispositivo ilumina el rostro de su marido, su bello rostro de hombre contrariado: la barba revuelta, la frente perlada de sudor, los párpados henchidos. Puede verlo, no está ciega, no ha muerto, no ha perdido lo que más le importa en este mundo: la apariencia de las cosas, el murmullo de la letra impresa. Se recuesta de nuevo, sin el peso de las sábanas humedecidas, trenza sus tobillos con los de su marido. ¿Qué tal si se quedara sorda?, piensa, y se reprende a sí misma. No es momento para fantasías melodramáticas; debe dormir. Amanece temprano en el trópico y el día pinta terrible.