artículo no publicado

La privacidad en los tiempos de Google y Facebook

¿Qué se hace cuando una corporación es tiene un acceso casi ilimitado a la información personal de sus usuarios? 

 

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Hace pocos días asistimos a un nuevo episodio en la saga de las compras por cifras siderales en el mundo de internet. Facebook se quedó con Instagram, una aplicación para editar y compartir fotos en redes sociales, a cambio de 1,000 millones de dólares. Entre los infinitos comentarios que suscitó la noticia, alguien señaló en Twitter lo curioso del hecho que en 18 meses Instagram alcanzara el valor de mercado que a The New York Times le llevó 116 años de historia. Un blog que glosa tal tuit exclama: “¡Los tiempos modernos van muy rápido!”.

Más allá de la broma, es cierto: los tiempos en la era de internet van muy rápido. ¿Cuánto hace que abriste tu cuenta de Facebook? ¿Y cuánto pasó desde entonces hasta que esa plataforma se convirtiera en uno de los ejes de tu vinculación con los demás, con el mundo?

 

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El caso de Google es aún más notorio. Hace tres lustros, Larry Page y Sergey Brin eran apenas dos jóvenes que terminaban sus doctorados en la Universidad de Stanford. Poco después, crearon un motor de búsquedas en internet que les permitió fundar una empresa que desarrolló muchas aplicaciones que cambiaron la historia del mundo. Suena exagerado, pero ¿alguien imagina hoy una vida sin Google?

De pronto, la tortilla parecía haber dado vuelta: era el turno de que ganaran los buenos, una empresa “distinta”, cool, con buenas intenciones y empleados trabajando en condiciones idílicas, empujada por el afán de hacer que la vida de todos sea mejor, colorida como su logo, con tantas posibilidades como resultados se obtienen al buscar cualquier cosa. Voy a tener suerte, por supuesto, si Google está de mi lado… pero eso ya no está tan claro. Los tiempos modernos van muy rápido, y unos pocos años bastaron para que Google echara por la borda todo ese encanto y se convirtiera, –para mucha gente– en un monstruo que despierta recelos, reticencias y rechazos. Temores y temblores. ¿Por qué?

 

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En su libro Desnudando a Google (Ediciones Deusto, 2012), el español Alejandro Suárez Sánchez-Ocaña recorre de manera exhaustiva la historia de la empresa de Mountain View y propone respuestas a esa interrogante. Los problemas son muchos, plantea, pero sobre todo uno: que la gran G haya conformado en unos cuantos años la mayor base de datos de la historia. Con sus múltiples productos, ha llegado a casi todos los resquicios de nuestras vidas, de manera tal que hoy en día casi no tenemos secretos para Google. “¿Crees saber lo que sabe Google de ti? Multiplícalo por cien y estarás en lo cierto”, afirma el autor.

Toda esa información en manos de una empresa privada entraña un riesgo mayúsculo: el de nuestra privacidad. Por ahora, el gigante usa la información solo con fines publicitarios (¿no sientes una extraña inquietud cuando junto a tus correos de Gmail ves anuncios relacionados con el contenido de tus mensajes?), pero eso puede cambiar en cualquier momento. No lo digo yo: lo dice la propia “Política de privacidad” de Google.

Algunos factores potencian los riesgos hasta límites insospechados. La empresa ha crecido tanto que ejerce un monopolio en múltiples áreas; la publicidad en internet es solo una de ellas. Además, pelea palmo a palmo contra otros gigantes (un ejemplo: Android, el sistema operativo para teléfonos móviles con el que enfrenta al iPhone) y prepara disputas aún mayores, como el lanzamiento de Chrome OS, el sistema operativo que rivalizará con Windows. Su poder le permite imponer condiciones (o directamente chantajear) a conglomerados de medios tradicionales, bibliotecas con siglos de historia, organismos oficiales de todo tipo e incluso gobiernos nacionales. Por si fuera poco, para Washington constituye un aliado perfecto.

“Hemos creado un monstruo”, se consterna Suárez. “Google no es el ‘Gran Hermano’ de Orwell. Este no le llegaría ni a la suela de los zapatos”.

 

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Sin embargo, Google observa a Facebook como el campeón de boxeo que domina todos los pesos pero sabe que un púgil más joven avanza imparable y tendrá que enfrentarlo más tarde o más temprano. Lo ve nutrirse, extender sus tentáculos, crecer. Lo ve venir. El alimento es el mismo para ambos: nuestros datos personales, nuestra privacidad, que les seguimos regalando día a día tan contentos. Me gusta. +1. ¿Vamos a tener suerte?

Por fortuna y por desgracia, los tiempos modernos van muy rápido, así que en breve esta historia nos deparará nuevos capítulos.