artículo no publicado

La peligrosa secesión catalana

Es muy probable que uno de los motivos de que haya menos guerras en el mundo sea la reducción de naciones, Estados o cualquier clase de unidad política. La razón es simple: existe mayor riesgo de conflicto entre países que dentro de los países consolidados. Es más probable una guerra contra los vecinos que una guerra provincial entre compatriotas. Por lo menos, esa es la dirección indicada por los historiadores que se han tomado la molestia de realizar enjundiosas comparativas. Por ejemplo, Lewis Fry Richardson, matemático, médico, meteorólogo, psicólogo y pacifista inglés, pionero del estudio de fractales y del empleo de las matemáticas en los pronósticos del tiempo, aplicó los mismos principios al estudio de las causas de las guerras y cómo prevenirlas. En su famoso y extenso Statistics of Deadly Quarrels (Boxwood, 1960) cotejó estadísticas que indicaban entre otras cosas un menor número de conflictos intraestatales en comparación con los habidos entre ellos.

Con la necesaria puesta al día que requiera una obra como esta, su conclusión de que la unión de entidades políticas encaminada a la creación de un país mayor o la absorción o fusión hacia entidades más grandes o más potentes, el establecimiento de políticas y sistemas legales comunes y la solución de conflictos por instancias más alejadas de las partes implicadas se reconoce como un factor importante en la pacificación progresiva de territorios cada vez más extensos.1 En su libro Los ángeles que llevamos dentro (Paidós, 2012), Steven Pinker también utiliza el trabajo de Richardson y otros investigadores de primera fila para proponer que el avance de la llamada “Larga paz” ha venido dado en gran parte por esa disminución progresiva de estados o unidades políticas.2 Por otro lado, la cesión de soberanía a organismos supranacionales, como la ue, la onu y los tribunales internacionales, y los tratados de libre comercio entre países refuerzan la tendencia a la resolución de problemas por medios racionales, pacíficos y consensuados.

A tenor de este conocimiento, deberían encenderse luces de alarma cuando una región perteneciente a un país consolidado y democrático, como sucede con Cataluña en el marco hispano, pero no solo ella, inicia devaneos en dirección contraria. Es una inquietante regresión histórica en el sentido de Richardson y a tenor de la experiencia solo puede presagiar el comienzo de problemas sin cuento para el país que la acoge pero también para la entidad supranacional de la que forma parte: Europa.

Estos movimientos separatistas están ocurriendo en algunos de los países más afortunados y prósperos del planeta. Países que están en ese lugar físico y moral que llamamos “Occidente”. Lugares que han sufrido muy recientemente los desastres del nacionalismo pero que los han olvidado.

Hemos visto crecer el delirio identitario sin darle la debida importancia, seguramente por ignorancia, por falta de un conocimiento cabal de las fuerzas profundas que mueven la naturaleza del hombre y sus sociedades. Posiblemente muchos años de “tabula rasa”, de colocar la reflexión intelectual más en el lado de la balanza donde pone “cultura” que en el que dice “naturaleza”. Y de repente es esa naturaleza la que hace acto de presencia cuando generaciones de ciudadanos pretendidamente cultos, muchos de ellos ahora en la política, dan por sentado que no existe.

Y aparece por todos lados: en la tozudez de una violencia doméstica que no cesa del todo con la alfabetización y la cultura, en el fracaso de los sistemas pedagógicos no autoritatios, o en el que nos ocupa: la aparición del espíritu tribal, de la identidad de grupo en los países avanzados.

La pregunta es la misma para cualquiera de estas cuestiones: ¿Por qué no podemos tener la política que imaginábamos para el siglo XXI? Tenemos paz, comida, refugio, entornos protectores…¡tenemos “educación”! Y sin embargo… “¿Es la naturaleza, estúpido?”

Sí, sí lo es. Aunque los más recientes estudios en el campo evolutivo demuestran que el Homo sapiens ha seguido evolucionando desde su salida de África, las raíces de nuestra psicología y de nuestro comportamiento aún se hunden en un pasado en el que el compromiso y la comunión con el grupo eran cuestiones de supervivencia.

La lengua y las peculiaridades culturales no son neutras. Están en la raíz del etnocentrismo, la xenofobia, el patriotismo y el nacionalismo. La lengua, por ejemplo, solía estar vinculada a un grupo étnico en nuestro pasado ancestral y es, por tanto, un potente marcador genético con una gran carga emotiva que tiene efectos psicológicos y sociales. La lengua es una gran integradora, pues dispara mecanismos de adscripción grupales. Y, por el mismo motivo, es un elemento de separación de la misma potencia.3

Durante treinta años se han utilizado el catalán, las costumbres y la educación para reforzar la identidad de seis millones de personas. Su cultivo reactivo, hacerlo a expensas del español y de la idea de España, le pareció progresista a más de uno. El concepto de la unidad de España tenía ecos franquistas, al igual que el español, la historia o la cultura. Pero el resultado ha sido todo lo contrario. Se ha erosionado algo aún más importante y difícil de lograr, que ha requerido centenares de años para instalarse: un marco identitario y cultural de rango superior –en el sentido que empleaba antes– por el hecho importantísimo de abarcar no a seis, sino a cuarenta y cinco millones de personas. Y con el agravante de que estas “desconexiones” se consiguen con más facilidad cuando se crea un aglutinante base de terribles efectos secundarios: el enemigo exterior.

El nacionalismo catalán tiene una discutible raíz étnica,4 no en vano algunos de sus más entusiastas valedores ni siquiera han nacido ni tienen ancestros en Cataluña. Pero lo que la ideología nacionalista ha puesto en marcha es un sistema de palancas emocionales que disparan resortes antiguos todavía disponbles en las estructuras cerebrales de cualquiera de nosotros. En resumen, treinta años de hegemonía nacionalista nos han convertido en lo que no somos: una etnia en el peor sentido del término. ~

 

 

 

 

 

 

 

1http://world.std.com/~jlr/comment/statistics.htm

2 “Durante la Guerra de los Treinta Años había alrededor de quinientas unidades políticas en Europa; en los años cincuenta se habían reducido a treinta” Azar Gat, War in Human Civilization (Oxford University Press, 2008).

3 Naturalmente, no es una condición inexcusable. Irlanda y el Reino Unido hablan la misma lengua, por ejemplo.

4 No tanto en el caso vasco. Aunque el tipo de apellidos que son mayoritarios en el Parlamento catalán da alguna pista.