artículo no publicado

J.G. Merquior, hoy

El crítico brasileño José Guillaume Merquior, fallecido a los cincuenta años en 1991, es una voz vigente de crítica de las ideas. 

Al inicio del 2013 recibí una buena noticia desde Brasil: finalmente se reeditarán, allá, los veinti y tantos tomos que componen la obra completa de José Guilherme Merquior (Río de Janeiro, 1941–1991), uno de los grandes liberales iberoamericanos del siglo XX, un penetrante crítico literario, un sagaz adversario del posestructuralismo y toda su  mengambrea teorética, polímata que escribía indistintamente en portugués, en francés y en inglés, discípulo como fue de Claude Lévi–Strauss, de Ernest Gellner y de Raymond Aron. Su muerte temprana, víctima de un fulminante cáncer de estómago, es de aquellas que, a más de veinte años de ocurrida, alimenta aún las fantasías de lo que hubiera sido nuestro mundo de las ideas de no haberse apagado, prematuramente, la mente de Merquior.

Conocí a Merquior a finales de los años ochenta, cuando fue embajador del Brasil en México. Hablé con él algunas veces en mi papel de secretario de los comités editoriales del Fondo de Cultura Económica, que en 1988 y 1989 estaba publicándole dos de sus obras maestras: Foucault o el nihilismo de la cátedraDe Praga a París. Crítica del pensamiento estructuralista y postestructuralista. En esas breves conversaciones yo no tenía ni tiempo ni edad ni cabeza para decirle algo interesante pero a cambio de cumplir con mis encomiendas recibí de él dos o tres consejos de higiene intelectual que he procurado observar. Era, por educación y por naturaleza, un hombre de trato exquisito y conmigo fue muy gentil, además, porque me sabía colaborador, así fuera recién tonsurado, como le gustaba decir a Octavio Paz, de Vuelta, mundo y espejo que a Merquior, nunca curado de asombro, lo deslumbró. La revista le correspondió en su admiración publicando, pocos días antes de la caída del Muro de Berlín, El marxismo occidental, lo cual fue, para todos nosotros, un sutil epitafio para ese año axial, como diría el poeta. Ha envejecido con vigor un libro que, según compruebo en mi ejemplar, el 30 de octubre de 1989 salió de la imprenta para escenificar una penúltima conversación del crítico brasileño con los fantasmas de Lukács y de Adorno, que tanto lo atosigaban.

Inquirido sobre cómo yo mismo me convertí en liberal, a la distancia, le doy una gran importancia a la influencia de Merquior, a sus libros, pero también a la persona que entreví fugazmente, una de las más rigurosas y seductoras con las que me topado. Emulación sencilla  cuando uno se la proscribe a sí mismo pero harto difícil de cumplir: si Merquior, que venía de la heterodoxia marxista, podía ser un liberal latinoamericano, algunos otros que lo admirábamos, podíamos intentarlo.

Merquior, como puede apreciarlo quien lea Liberalismo viejo y nuevo (1990), su libro póstumo, fue un liberal clásico, más que un neoliberal. Así lo subrayaron, aliviados e imprecisos, sus adversarios en la izquierda brasileña, algunos de los cuales lo honraron como su interlocutor más frecuentado, como les ocurrió, antes que él, a Camus y a Aron en Francia, a Paz en México. En efecto: lo que a ese crítico de los intelectuales modernos que odian la modernidad le fascinaba era el siglo XIX y “el momento 1830”, cuando el liberalismo intenta vacunarse, con cierto éxito, contra los excesos democráticos. Yo también prefiero el rebelde 1830 al revolucionario 1848, como Merquior y como Rafael Rojas, que aunque es un poco menor de edad que yo, ha sido mi maestro en esto de los liberalismos. Pese a que el estructuralismo lo hizo pasar por un misógalo, Merquior admiraba, sobre todo, a Constant, a Guizot, a Tocqueville. Pero distó mucho Merquior de ser un liberal conservador y en Liberalismo viejo y nuevo se acerca mucho a Bobbio y a otros “social–liberales” convencido de había que pelearle el alma del socialismo a los marxistas. Creyó, Merquoir, finalmente, en la necesidad de un bonapartismo económico: el Estado debe seguir salvando al capitalismo de los capitalistas.

“De la crítica literaria a la teoría política”: así podría subtitularse el itinerario de Merquior y por ello el centro gravitante de su obra estuvo, para mí, en el exámen de los viejos y nuevos estructuralismos literarios, de aquello que él llamaba, no sin cierto desprecio popperiano, “la litero–filosofía”. Leyendo a Merquior me convencí cabalmente de algo antes atisbado sin mayores luces: que el temperamento liberal me sería indispensable para seguirme desarrollando como crítico literario. En cierto sentido, los enemigos culturales del liberalismo también eran aquellos que defendiendo la soledad del texto condenaban a la literatura a un infierno  regenteado por los sociológos y los gramatólogos. De alguna manera muy perversa, inevitable, los enemigos de la sociedad abierta tambien eran los estructuros. Enemigos a la vez fascinantes y esquivos. Yo me habia formado defectuosamente en foucault y digo defectuosamente porque no fui mucho a la universidad  La defensa de la razón y del sentido, tal cual la  hizo Merquior no era la reacción del burgués o del “viejo crítico” que, asustado por la magia negra de Heidegger, la Escuela de Frankfurt o Foucault, recurría a los consuelos melosos del antiguo humanismo. Era la conclusión polémica de un lector escrupuloso (a veces, he de decirlo, farragoso en su obsesión profesoral por cerrarle al enemigo todos los puentes de plata) quien antes de desencantarse, se había dejado encantar.

Él mismo, durante toda su vida hizo crítica literaria en los periódicos, lector implacable de clásicos y modernos. Una página suya sobre Joyce o Goethe o Zweig siempre dice algo nuevo y sus páginas sobre la tierra nativa, son la matriz y el epílogo de una breve historia de la literatura brasileña (De Anchieta a Euclides, 1977) que alcanza la maestría en un género difícil: es substanciosa y es sintética. Ojalá que la reedición de su obra completa, por Editora É Realizaciões en el Brasil, anime a que algunos de sus títulos nazcan o renazcan en español: podrían sus estudios sobre Drummond de Andrade o Benjamin, Marcuse y Adorno o Lévi–Strauss. Dudo, con sinceridad, que pueda hacerse esa historia del presente que él mismo admiraba y rechazaba en el oficio y en el beneficio de Foucault, sin releer, al clásico y también actualísimo, José Guilherme Merquior.

 

(Publicado previamente en el periódico Reforma)