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Israel y la guerra en Gaza: Las falsas conjeturas de Israel

El Canal 1 transmitió un programa interesante hace poco: sus corresponsales reportaron desde Sderot y Ashkelon, pero las imágenes en pantalla eran de la Franja de Gaza. Así, la transmisión, aunque sin la intención de hacerlo, dio el mensaje correcto: un niño en Sderot es lo mismo que un niño en Gaza, y cualquiera que les haga daño es perverso.

Pero el asalto a Gaza no exige en primera instancia una condena moral: exige unos cuantos recordatorios históricos. Tanto la justificación del asalto como los objetivos escogidos son una repetición de las mismas conjeturas elementales que han demostrado estar erradas a lo largo del tiempo, pero que Israel sigue sacando de su chistera una y otra vez, en una guerra tras otra.

Israel está golpeando a los palestinos para “darles una lección”. Esa es una conjetura elemental que ha acompañado a la empresa sionista desde sus inicios: “nosotros somos los representantes del progreso y la ilustración, de la racionalidad sofisticada y la moralidad, en tanto que los árabes son primitivos, chusma violenta, niños ignorantes que deben ser educados y a quienes se les debe enseñar el conocimiento” –vía, por supuesto, el método del palo y la zanahoria, tal y como el ganadero hace con su burro.

El bombardeo de Gaza supuestamente también debe “liquidar el régimen de Hamás”, en línea con otra conjetura que ha acompañado al movimiento sionista desde sus inicios: que es posible imponer un liderazgo “moderado” a los palestinos, uno que abandonaría sus aspiraciones nacionales.

Como corolario, Israel siempre ha creído que causar sufrimiento a los civiles palestinos los hará rebelarse contra sus líderes nacionales. Esta conjetura ha demostrado estar equivocada una y otra vez.

Todas las guerras de Israel han estado basadas en otra conjetura elemental: que sólo nos estamos defendiendo. “Medio millón de israelíes están bajo fuego”, chilló un encabezado del Yedioth Ahronoth, como si la Franja de Gaza no hubiera estado sometida a un largo cerco que destruyó las oportunidades de una generación entera de vivir vidas dignas de vivirse.

Es cierto que es imposible vivir bajo el fuego diario de los misiles, incluso si virtualmente no hay lugar en el mundo que hoy goce de una situación de cero terror. Pero Hamás no es una organización terrorista que tenga secuestrados a los habitantes de Gaza: es un movimiento nacional religioso y una mayoría de los habitantes de Gaza creen en su trayectoria. Uno puede, sin duda, atacarlos. Pero hay otra verdad histórica que vale la pena recordar en este contexto: desde los albores de la presencia sionista en la tierra de Israel, ninguna operación militar ha logrado avanzar en el diálogo con los palestinos.

Lo más peligroso de todo es el cliché de que no hay nadie con quien hablar. Eso nunca ha sido cierto. Incluso hay maneras de hablar con Hamás, e Israel tiene algo que ofrecerle a esa organización. Acabar con el cerco de Gaza y permitir el libre movimiento entre Gaza y Cisjordania podría rehabilitar la vida en la Franja.

Al mismo tiempo, vale la pena desempolvar los viejos planes que se trazaron después de la Guerra de los Seis Días, según los cuales miles de familias serían reubicadas de Gaza a Cisjordania. Esos planes nunca se implementaron porque Cisjordania había sido elegida para el asentamiento de los judíos. Y esa fue la conjetura más dañina de todas. ~

 

© Haaretz

Traducción de Julio Trujillo