artículo no publicado

Indispensables de literatura infantil: Papelucho

En esta serie dedicada a la literatura infantil le pedimos a autores que recuperen obras poco atendidas, olvidadas, a las que les vendría bien una relectura. En esta primera entrega, Francisco Hinojosa escribe sobre la autora chilena Marcela Paz. 

El humor de viaje

No toda la literatura infantil viaja de un país a otro. Un caso ejemplar es la serie de Manolito Gafotas de Elvira Lindo, que ha sido leída por casi todos los niños españoles, y también por muchos adultos. Fuera de España, ningún otro país de habla hispana lo ha acogido con similar éxito, y no porque los editores se hayan negado a promoverlo, sino porque el español florido y simpático que habla Manolito, muy de barrio, muy rico, le es ajeno a la mayoría de los niños hispanoamericanos, y al perder la lengua estamos perdiendo mucha de la gracia del personaje. Habría que añadirle también diferencias culturales (el lector que no se sepa la alineación del Real Madrid, por ejemplo, en algún capítulo se queda fuera).

Muchas editoriales trasnacionales editan a sus autores y los venden solo en sus respectivos países. Son contados los autores cuyos libros viajan. A esto me referí en el marco del Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil celebrado en Santiago de Chile en 2010. En él se hizo un justo reconocimiento a una gran autora local: Marcela Paz. Son muchas las generaciones de chilenos que crecieron leyendo las aventuras de su inolvidable personaje: Papelucho. Yo no lo conocía. En un viaje anterior a Santiago, un amigo y colega, Esteban Cabezas, me lo recomendó. En el vuelo de regreso a México me leí el libro de un tirón.

Me sorprendió la manera tan natural de justificar que un niño de ocho años escriba un diario:

Lo que sucede es terrible. Muy terrible, y anoche me he pasado la noche sin dormir pensando en esto. Es de aquellas cosas que no se pueden contar porque no salen por la boca. Y yo sé que mientras no la haya contado no podré dormir. Le pregunté a la Gladys, la cocinera, qué hacía ella cuando tenía un secreto terrible.

—Se lo cuento a otra –me contestó.

—Pero, ¿si es algo que no se puede contar a nadie?

—Entonces lo escribo en una carta.

—Tú no entiendes nada —le dije—. Es algo que no puede saberlo nadie.

—Entonces, escríbeselo a nadie —me dijo, y soltó la risa.

Por supuesto que gracias a esta simple entrada se justifica que un niño escriba su día a día. ¿Y qué es eso tan terrible que solo se le puede confiar a una página en blanco? Resulta que Papelucho hizo un sándwich con lo que tenía a la mano, además de pólvora y cabezas de cerillos, con el fin de que un ratón se lo comiera. Al día siguiente fue al lugar en el que lo había dejado y el bocadillo había desaparecido. Otra empleada doméstica, Domitila, le dijo que ella se lo había comido. El niño no se atrevió a decirle que estaba envenenado y solo le preguntó qué haría si supiera que va a morir. Este conflicto es el principio de un diario en el que están presentes todas las emociones, pensamientos, deseos y aventuras del personaje.

La idea de que Domitila moriría de un momento a otro no lo deja en paz. La culpa le hace regalarle su alcancía, pedirle que se confiese, imaginar que luego de su muerte tendría que entregarse a la policía y pensar qué haría durante su permanencia en la cárcel. También pasa por su cabeza la idea de que la empleada le ha mentido. Eso le permite dormir. Al día siguiente regresa a su escritura. Y en un párrafo, que recuerda al Georges Duhamel del Diario de un aspirante a santo, concentra la esencia del niño:

La Domitila todavía no se ha muerto. Yo hice una manda para que no se muriera y prometí ser santo. Hoy regalé todas mis cosas, porque para ser santo es necesario regalarlo todo. Todo, menos mi pelota de futbol, mi escopeta, mi revólver y otras cosas que necesito. Yo no me creo santo porque los santos nunca se creen que lo son. Me gustaría que Javier también fuera santo y me regalara su raqueta. Cuando yo sea santo, voy a hacer verdaderos milagros y que los pobres tengan aviones y cosas por el estilo.

Después de mi participación, algunos de los asistentes al congreso estaban dispuestos a hacerse de un ejemplar de Papelucho. Si no lo lograron fue porque un sismo de 8:8 hizo que no hubiera los días siguientes ninguna librería abierta.

Quise hablar de Marcela Paz por varias razones. Primero porque tiene que ver con el país que muy amablemente acogió el congreso. En segundo lugar porque el tema que me asignaron, el humor, estaba estrechamente relacionado con su personaje. En tercero, porque toca el tema del viaje de los libros de un país a otro, de una cultura a otra. Y en cuarto, para hablar en nombre de los lectores comunes, que no sabemos de cuántos buenos libros nos hemos perdido porque los editores le temen a estos viajes. 

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