artículo no publicado

Harar, el infierno de Rimbaud

Harar representó el punto de escisión entre las dos grandes etapas de la vida de Rimbaud: sus años como poeta y sus años como comerciante.

A finales de 1880, en tiempos del asedio militar egipcio, apareció a las afueras de Harar el comerciante francés Alfred Barday. Este hombre, famoso en los alrededores del Mar Rojo por sus numerosos negocios y casas comerciales, llegaba al bastión islámico más importante del cuerno de África para expandir sus intereses en la región. Para acompañarlo en el inicio de esta aventura, se había hecho de un empleado a quien conoció unos meses antes, en Adén, Yemen: un joven taciturno paisano suyo, de cabellera rubia y polvorienta, ojos helados, y semblante serio e inexpresivo.

A pesar de considerarlo misterioso, a Barday le había resultado notable la habilidad de este personaje con los idiomas –hablaba con fluidez griego y árabe—así como su erudición: con solo 27 años, este joven sucio y malencarado versaba con soltura sobre temas de geografía, historia e ingeniería (eso cuando decidía abrir la boca, pues era más bien lacónico). Es probable que Barday viera en él cierta cualidad de alma errante e intrépida, características indispensables para un comerciante que aspira a sobrellevar la vida en una ciudad alejada y culturalmente inhóspita. El nombre de este empleado era Arthur Rimbaud, y era, tal vez, el poeta más importante de su siglo. Pero Barday no lo sabía ni tenía manera de imaginarlo: Harar era un lugar donde la poesía no importaba. El mundo ahí se medía ahí en unidades menos abstractas: cabezas de camello, kilos de khat, costales de café y táleros de plata.

Hasta el XIX, Harar fue un universo autocontenido, rodeado de murallas impenetrables. Conocida por sus habitantes como la Gei*, tenía su propio idioma, su propio sistema político, su propia arquitectura, así como un poderoso ejército que puso un par de veces de rodillas a los etíopes cristianos y a los portugueses. El primer occidental en entrar a Harar fue el viajero inglés Richard Francis Burton, quien en 1854 arriesgó la vida con tal de conseguir una audiencia con el Emir de la ciudad. Hoy Harar es hoy un sitio medianamente turístico. La principal avenida que lo atraviesa se llama Charleville, en honor al pueblo donde nació Rimbaud. Pero en 1880 era un lugar tan distante y desconocido que solo figuraba en los imaginarios de algunos exploradores, comerciantes y diplomáticos. Paul Verlaine, por ejemplo, pensó durante años que Rimbaud había huido a Herat, en Afganistán. En otras palabras: Harar era tan exótica que un poeta no podía siquiera encontrarla en un mapa.

Harar representó el punto de escisión entre las dos grandes etapas de la vida de Rimbaud: sus años como poeta y sus años como comerciante. Aunque viajó por Escandinavia, Indonesia y Chipre, fue en Harar donde el poeta se convirtió en algo radicalmente diferente. Para entender al Rimbaud de Harar, es necesario tener en claro que a él jamás le importó la consagración literaria. Su misión era hacer de su vida una obra de arte; para lograrlo Rimbaud destruyó el yo poético y se reinventó de la forma más radical posible: como negociante. Como lo señaló Charles Nicoll en Rimbaud en África (Anagrama, 1991) el Je est un autre de Las Cartas del vidente se convirtió en profecía de la transformación venidera. Harar fue el lugar perfecto no solo para desaparecer, sino también para reformularse más allá de lo reconocible. Rimbaud lo habrá visto así: si la poesía es un mundo etéreo y abstracto, el del comercio es uno banal y corriente donde todo tiene precio, donde todo es concreto. Convertirse en comerciante era ser un autre.

Rimbaud confiesa en varias ocasiones su deseo de escapar de las insulsas calles de Harar. En una carta de 1881 advierte a sus amigos que está a punto de irse, tal vez a Zanzíbar o a Panamá. Pero a pesar de sus quejas (el “aburrimiento embrutecedor”, la “estupidez y flojera” de los habitantes) lo cierto es que solo una vez, –cuando visitó El Cairo en 1887—se alejó más allá del puerto de Adén. Pasará temporadas en lo que hoy son Yibuti, Shoa y Somalia, pero de una u otra manera siempre regresa a Harar, su hogar, su fatal patria, el único sitio donde se siente libre. Hacia mediados de la década de 1880, en alguna de las largas noches que pasaba leyendo libros sobre minería y escribiendo cartas, Rimbaud vuelve a tener un presagio, una iluminación: “Es probable que jamás encuentre la paz de espíritu; que ni viviré ni moriré en paz. ¡Eso es la vida y no es para tomarlo a risa!”.

Con dolores insoportables en la pierna, Rimbaud deja Harar en abril de 1891 y hace el último viaje entre esta ciudad y el Golfo de Adén en una camilla llevada por cargadores. Tres meses y varios tortuosos navíos después, Rimbaud desembarca en Marsella. Ahí, será internado en un hospital de jesuitas y le amputarán la pierna. Pero la enfermedad –cáncer óseo— seguirá avanzando. No sin antes haber aprendido a caminar con una prótesis de madera, Rimbaud morirá el 10 de noviembre de 1891, a los 37 años, víctima del cáncer pero también de las caminatas, de las fiebres nunca curadas del todo y de las penurias. Víctima de los kilómetros, las caravanas, el sol del cuerno de África; del aburrimiento y las ambiciones nunca logradas. Hacia el final de su vida, empobrecido, frustrado y enfermo, Harar se habrá convertido para Rimbaud en símbolo de la existencia absurda, del largo viaje que no ofrece recompensa. O bueno, quizá una: la estúpida muerte. Al explorar los años africanos de su vida, queda claro que Rimbaud cambió la posibilidad del Parnaso por una temporada en el infierno. Y que ese infierno fue Harar.



*La palabra Gei, que significa ciudad en idioma hararí, viene del griego Γ, Tierra.