artículo no publicado

Gradiva, la que avanza

En la blanca arcilla del friso pompeyano la muchacha está fijada en su caminar ¿hacia dónde?, ¿hacia quién?

En los finales del siglo XIX el escritor alemán Wilhelm Jensen (no el otro Wilhelm Jensen, que recibió el premio Nobel de Literatura) publicó la noveleta Gradiva que narra la fascinación del arqueólogo Norbert Hanold por una copia en arcilla de un fragmento de cierto friso en bajorrelieve (visto en el Museo Nacional de Arqueología de Nápoles) en el cual una joven tiene el gesto de andar con brío y garbo. Y luego, visitando Hanold las gloriosas ruinas de Pompeya, la imagina caminando en un día del año 79 d. C., aquel en que el Vesubio haría erupción sepultando por siglos a aquella ciudad del imperio romano. Y, enamorado de esa imagen, Hanold le da nombre: Gradiva.

En la blanca arcilla del friso pompeyano la muchacha está fijada en su caminar ¿hacia dónde?, ¿hacia quién?, y lo hace con pies resueltos, levantando un poco, con un suave gesto de la mano, la tela faldera del vestido, cuyas curvas dan, más que la posición de los pies, la ilusión del movimiento.

Devorada quizá por la rugiente lava, la muchacha sobrevivió en el fragmento de friso, en el relato de Jensen y en un ensayo de Sigmund Freud: “Delirios y sueños en la Gradiva de W. Jensen”. De allí pasó a la mitología surrealista: Dalí y André Masson la pusieron en dibujos y cuadros, André Breton inauguró una galería de arte homónima (cuyo cartel informaba:“Gradiva. Este nombre, significa sobre todo ‘La que avanza’, y quién puede ser sino la belleza del mañana)”; Michel Leiris fundó una revista de antropología llamada Gradhiva y el ensayista Roland Barthes la estudió en sus Fragmentos de un discurso amoroso y el escritor y cineasta Robbe Grillet hizo una película con el llamativo título de Gradiva te llama.

Así, la doncella ha derivado en mito, en figura de culto que, como las féminas adoradas por el espíritu romántico y por la novela gótica, y como la Aurelie de Nerval o la Laura (¡oh Gene Tierney!) del film de Otto Preminger, resplandecen con una virtud de aparición. Una virtud o un poder que se manifiesta gracias a eso que la quieta escultura, en arcilla, en metal o en mármol, no puede reproducir pero sí sugerir, y que el cine generosamente exhibe en verdadero movimiento: el gesto del femenino modo de andar. Pues lo que a Hanold le fascinará de esa mujer antigua y joven, a la que llamó Gradiva, es decir, en latín, “la que camina” o “la que avanza”, y a la cual reencontrará en sus muy caminados sueños y, finalmente, en una versión de carne y hueso (cierta muchacha también alemana que anda de turista en Pompeya), es el paso señorial y garboso muy precisamente fijado en el trozo de friso como en una foto instantánea:

“Si la joven no atraía por la belleza de sus formas, poseía, no obstante, algo muy raro en las esculturas de la antigüedad: su encanto de muchacha... Llevaba la cabeza ligeramente inclinada y recogía con la mano izquierda un faldón de su vestido, extraordinariamente plegado, que le iba desde la nuca a los tobillos, dejando así visibles sus pies calzados con sandalias. El pie izquierdo avanzaba y el derecho sólo tocaba el suelo con la punta de los dedos, mientras que la planta y el talón se elevaban casi verticalmente. De modo que, al combinarse esta especie de actitud etérea con esa firmeza en el paso, nacía aquel encanto tan particular.” [Jensen, Gradiva, en la traducción de Eduardo Torregrosa, colección Perseo, Editorial Poseidón, Buenos Aires, 1946.]

Y, pensada, soñada, reaparecida como una joven turista que inesperadamente saluda en lengua alemana a su admirador y soñador/bautizador, esa doncella, Gradiva, se inmortaliza en la feminoteca mítica por la gracia del leve paso que hace ilusoriamente ondular la tela. Y uno, imagina a su vez a Hanold parpadeando admirativo como Buster Keaton y susurrando los también leves y solemnes (y fetichistas) endecasílabos de un soneto de Miguel Hernández:

“Por tu pie, la blancura más bailable,/ donde cesa en diez partes tu hermosura,/ una paloma sube a tu cintura,/ baja a la tierra un nardo interminable./

“Con tu pie vas poniendo lo admirable/ del nácar en ridícula estrechura,/ y donde va tu pie va la blancura,/ perro sembrado de jazmín calzable./

“¡A tu pie, tan espuma como playa,/ arena y mar me arrimo y desarrimo/ y al redil de su planta entrar procuro./

“Entro y dejo que el alma se me vaya/ por la voz amorosa del racimo:/ pisa mi corazón, que ya es maduro.”