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Evgen Bavcar, fotógrafo ciego

Evgen Bavcar no ve porque es ciego pero mira porque es fotógrafo. Lo curioso es que su ceguera llegó antes que la fotografía. Luego de dos percances sucesivos –la pérdida del ojo izquierdo, culpa de la rama de un árbol; la pérdida del otro debido a la explosión de una mina abandonada– Bavcar perdió completamente la visión. Tenía once años y su despedida de la luz fue gradual.

“Jamás me asomé a una lente mientras veía. Tomé mis primeras fotos ya ciego, y tuve la suerte de conocer a un fotógrafo que me presentó su oficio como una profesión que yo podría ejercer”.

El pueblo donde Bavcar nació, en 1946, se llama Lokavec y queda en Eslovenia, muy cerca de Trieste, casi frontera con Italia. A los habitantes de Lokavec les tocó pertenecer a la monarquía austro-húngara, luego ser italianos y después yugoslavos. El padre de Bavcar, paisano, murió cuando Evgen tenía siete años.

“Eslovenia es el único país que he visto”, afirmó en Le voyeur absolu, libro que recopila sus fotos y escritos. “Sólo ahí la hierba es verdaderamente verde, porque sólo ahí el color que aprendí a atribuirle al pasto se asemeja al sonido de la palabra que utilizaba para describirlo. Pero Eslovenia es, ante todo, una galería interior que me sirve como espejo para crear las imágenes de todos los demás países”.

Bavcar empezó a sacar fotos a la edad de dieciséis años. Sus compañeros de escuela retrataban a sus novias; como a él también le gustaba una chica, no quiso ser menos y le pidió prestada la cámara a su hermana. Tras el bachillerato, estudió filosofía e historia en la Universidad de Liubliana. Durante un año ejerció como profesor: el primer profesor ciego en la historia de su país.

En 1972 viajó a París para estudiar en la Sorbona. Permaneció en la ciudad, ingresó como investigador en el CNRS. (Centre Nationale de la Recherche Scientifique), publicó un trabajo sobre el expresionismo alemán y se naturalizó francés.

Para estudiar filosofía del arte, debió contar en muchos casos con la ayuda de lazarillos. Solicitaba que le describieran las obras, y esto le daba “una idea intelectual, un sentimiento estético indirecto”; pero debía andar con prudencia y recurrir a más de un asistente (“relator de imágenes”) porque “las descripciones expresan en primer lugar los fantasmas de quien observa el cuadro”.

Por el carácter de sus estudios, Bavcar fue el primero en teorizar sobre su ocupación a primera vista paradójica y sobre los desafíos que proponen sus fotos a los modelos establecidos de percepción. “Mi mirada existe gracias al simulacro de la foto que ha sido vista por el otro. La ausencia del ojo del fotógrafo acentúa la precariedad de ese instante irreversible que es la toma fotográfica. Las personas retratadas no pueden mostrarse de la forma habitual porque falta esa complicidad con el fotógrafo que les confirma su narcisismo”.

Hasta los treinta, Bavcar sólo fue un amateur. Invitaba a cenar a sus amigos, les tomaba una instantánea y se la obsequiaba, como una mirada demorada, antes de que partieran. Por esos años puso un aviso en la revista Paris-Match (“Fotógrafo ciego busca modelos”) y no recibió ni una llamada. “He aprendido mucho acerca del mundo visible gracias a la fotografía. Por ejemplo, de las mujeres. Necesitan ser miradas y conozco bien la incomodidad que sienten ante alguien que no puede verlas”.

 

La galería interior

Nadie sospecharía, ante las fotos de Bavcar, que su autor es ciego: los encuadres son perfectos, aun los más arriesgados. Cuando el semiólogo Thomas Soriano le señaló este rasgo, Bavcar respondió que encuadra bien porque así lo quiere el público, que si por él fuera no encuadraría con tanto esmero, y que al hacerlo en cierto modo responde a una demanda. Pero también están las técnicas. Muchas de sus fotografías son fruto de montajes por superposición, procedimiento de por sí dificultoso, hasta para un vidente.

“Lo importante es la necesidad de las imágenes, no cómo son producidas. Cuando imaginamos cosas, existimos: no pertenezco a este mundo si no puedo decir que lo imagino a mi manera. La imagen no es por fuerza algo visual: cuando un ciego dice que imagina, significa que él también tiene una representación interna de realidades externas”.

Bavcar sostiene que su fotografía nace de la penumbra, que su hoja en blanco en realidad es negra, como una cámara oscura. A menudo sus trabajos muestran imágenes expuestas largamente: deja abierto el obturador mientras se acerca y recorre los objetos con una linterna o incluso con una vela. Para guiarse, se vale de su tacto o de algún asistente. El resultado es una especie de escritura con luz.

“Todos somos ángeles caídos con la oportunidad única de introducir en este mundo de tinieblas un poco de luz “, dijo Bavcar en un reciente reportaje. “Como cualquier otro grupo que vive marginado, los ciegos han sido obligados a expresarse con las palabras de otros y en su nombre. Mi sed de imágenes también consiste en combatir todos los lugares comunes acerca de los ciegos”.

 

Narciso sin espejo

La primera muestra profesional de Bavcar fue en París, en 1987. Muchos acudieron por curiosidad, pero pronto se comprendió que él era un verdadero artista y detonaron las críticas y las exposiciones. Su apólogo fue Michael Gibson. La televisión de Liubliana realizó el documental Narciso sin espejo. La obra viajó a Italia, Alemania, España y Suiza. En 1991 se editó en Berlín un libro con sus fotos y con textos del poeta Walter Aue. En 1995 llegó un libro italiano: Nostalgia della luce.

Las reacciones de sus colegas no fueron unánimes. “Algunos me apoyaron, en especial los que conciben la fotografía como una actividad mental. Otros fueron muy agresivos, afirmando que mi fama se debe al hecho de que soy ciego”.

En 1991, la directora de cine australiana Jocelyn Moorhouse filmó Proof, largometraje en el que el actor Hugo Weaving personifica a Martin, un fotógrafo ciego inspirado en Bavcar. Una novela reciente, The Magician’s Tale, de David Hunt, presenta a otro fotógrafo ciego. Hace ocho años, un ejecutivo de la empresa Canon impulsó el proyecto de crear una asociación de fotógrafos ciegos. El caso de Bavcar no es el único, aunque sí el más divulgado. En los Estados Unidos existen por lo menos otros tres: Terry Hammon, Richard Miller y John Dugdale. Los dos primeros nacieron ciegos. En cuanto a Dugdale, perdió tres cuartos de su vista a causa del sida pero siguió trabajando. La diferencia con el pasado, según Dugdale, es que “ahora las fotos empiezan en mi cabeza”.

Nostalgia de la luz

Las fotografías de Bavcar, en blanco y negro, se agrupan por series temáticas: Vista táctil, Caricias de la luz, Nostalgia de la luz, Eslovenia. Algunas muestran desnudos femeninos con la impronta de esa suerte de mirada sublimada que es su linterna. Otras, más realistas, narran un fugaz regreso a su pueblo natal.

Bavcar se queja de la ideología que subyace en toda cámara fotográfica. “No fue concebida para los ciegos, como tampoco fue diseñada para los zurdos”, dice. “Podría dar consejos útiles a los fabricantes de cámaras, en especial para la concepción de herramientas destinadas a los ciegos y a los débiles visuales”. Entre las invenciones que reclama figura la de un exposímetro parlante.

La experiencia de Bavcar no termina de plantear dilemas técnicos y estéticos. ¿Cómo hace un ciego para aprehender con tal sensibilidad una realidad que yace sumergida en sus tinieblas desde hace décadas? ¿Cómo es posible describir lo que se desconoce? “Muchos de estos interrogantes son consecuencia de los prejuicios acerca de los ciegos. Si las personas quedan perplejas es porque interviene su propia relación con la ceguera”.

La primera vez que la obra de Bavcar viajó a América Latina, convocó a más de siete mil personas en México. El impulsor de la muestra, el filósofo Benjamín Mayer Foulkes, quedó cautivado por Bavcar: “Usa un sombrero de ala ancha que le impide golpearse. Ha manchado con tinta sus gafas negras. Lleva una bufanda roja como los artistas de Toulouse-Lautrec y un pequeño espejo colgado de la chaqueta para que las personas que dialogan con él vean su propio reflejo en lugar de incomodarse por estar frente a un ciego”.

La relación de Bavcar con la ceguera no siempre fue la misma. Al principio la tomaba “demasiado en serio”: sus gafas eran enormes y muy oscuras. Después jugó a hacer de cuenta que veía. Una vez, en un autobús, mantuvo una charla acerca del paisaje con su compañero de asiento. “Pero él viajaba más lejos y, para bajarme, debí buscar mi bastón hasta entonces disimulado”. Otra vez conoció por teléfono a una mujer que ignoraba su ceguera. Por miedo al rechazo, Bavcar prolongaba las conversaciones, hasta que ella exigió una cita en un café. “Para mayor verosimilitud, coloqué entre mis manos un periódico y, sentado a la mesa, hice de cuenta que lo leía. Luego, entre el ruido, reconocí la voz del teléfono. Quería saber por qué estaba sosteniendo el periódico al revés”. ~