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Entrevista con Flemming Rose

En 2005, Flemming Rose, responsable de las páginas de cultura del diario danés Jyllands-Posten, pidió a varios artistas que realizaran unas caricaturas de Mahoma para examinar la autocensura con respecto al islam en su país. Fue el comienzo de “la crisis de las caricaturas”. Los dibujos provocaron un debate sobre la libertad de expresión, recibieron condenas de líderes políticos y su publicación se empleó para justificar boicots y actos violentos. En The tyranny of silence, recientemente traducido al inglés, Rose construye un texto a medio camino entre el relato personal, el ensayo y el reportaje: entrevista a autores como Salman Rushdie, pero también a la viuda de una víctima del 11-M, analiza los mecanismos de la autocensura y alerta contra las amenazas explícitas y tácitas a la libertad de expresión.

Ha dicho que la masacre de Charlie Hebdo lo conmocionó, pero no llegó a sorprenderlo.

Cualquier atrocidad de esta escala conmociona. Para mí fue una conmoción especial porque algunas víctimas eran amigas mías y porque me he visto en una situación similar a la que ellos han vivido. Pero cualquiera que haya seguido los acontecimientos en Europa en los últimos diez años sabe que artistas, editores, periodistas, directores de museos, cineastas, todo aquel que participa en lo que los musulmanes radicales pueden considerar blasfemia se enfrenta a amenazas, intimidación y violencia. Mi periódico ha sufrido seis o siete ataques terroristas fallidos, y quizá no los conozcamos todos, porque los servicios secretos no comparten toda la información. Charlie Hebdo fue atacado a finales de 2011. Tenían seguridad. Charb llevaba guardaespaldas. Todo el mundo sabía que había una amenaza.

¿Habrá más casos como este?

Forma parte de una tendencia. No se trata de individuos aislados. Francia, España, Dinamarca y otros países se están volviendo más multiculturales, multiétnicos y multirreligiosos. Distintas opiniones, ideologías, religiones, formas de entender el mundo y la sociedad viven codo con codo. Y eso implica conflictos. Mientras haya gente que insista en que es una obligación matar a los blasfemos en una sociedad, la tendencia no desaparecerá. Recibe el impulso por lo que ocurre en Oriente Medio. La diferencia con 2005 y 2006 es que hemos tenido la Primavera Árabe y su fracaso, excepto quizá en Túnez. Oriente Medio se desmorona. Buena parte de la lucha gira en torno a la religión y la interpretación del islam, la manera en que la gente desea ejercer su fe. Y eso está llegando a Europa.

La crisis de las caricaturas, dice en su libro, se convirtió en el símbolo de la tensión entre el respeto por la diversidad cultural y las libertades democráticas. Pero todo empezó por un experimento sobre la autocensura.

Mi libro no trata del islam. Es una reflexión sobre mi experiencia en una sociedad del miedo, la Unión Soviética. Traslado esa experiencia a la crisis de las caricaturas y lo que vino después. En una sociedad del miedo funcionan los mecanismos de la autocensura y los poderes fácticos no tienen que usar la ley con mucha frecuencia. Muy poca gente acaba en la cárcel, el exilio o muerta. La gran mayoría interioriza los límites que el poder impone a la sociedad. Aunque estén en desacuerdo con los principios, como tienen miedo a las consecuencias de hablar en voz alta, se someten a una autocensura diaria. En una sociedad del miedo hay tres grupos de gente. En primer lugar los creyentes, que en la Unión Soviética eran los comunistas convencidos o en la Alemania nazi los nazis convencidos, y en este caso los islamistas radicales. Creen en esa ideología y quieren construir esa sociedad. Es un grupo muy pequeño. Luego están los disidentes, un grupo todavía más pequeño, compuesto de gente que no tiene miedo a alzar su voz, que no teme enfrentarse a los verdaderos creyentes. Deben pagar un precio muy alto por decir lo que piensan: la cárcel, el exilio, perder la familia o el trabajo. Y en medio tienes a la gran mayoría, que no son auténticos creyentes. No comparten las convicciones de los radicales, pero no quieren alzar la voz. Solo hablan en casa o con amigos. El poder reside en ese doblepensar. Solo un grupo muy pequeño está dispuesto a manifestarse. Uno lo ve en los países comunistas: es llamativo lo rápido que se derrumbaron, lo deprisa que cayó el muro. Y ocurrió porque la gente dejó de tener miedo. Cuando los individuos descubrieron que no acababan en la cárcel, que la policía no los torturaba si criticaban el régimen, cientos de miles de personas tomaron las calles y los regímenes cayeron. Si la gente supera ese miedo, es muy difícil que la sociedad del miedo permanezca en el poder. No digo que Europa occidental se esté convirtiendo en una sociedad del miedo como la Unión Soviética, sino que al tratar con el islam vemos los mismos mecanismos, el miedo y la autocensura. Muy poca gente está dispuesta a admitir que tiene miedo. Intentan ocultarlo y presentarse como personas bienintencionadas. Eso beneficia a los que intimidan. La discusión sobre por qué no queremos ser crueles o maleducados unos con otros es un debate totalmente distinto. La motivación para publicar esas caricaturas eran dos preguntas que quería plantear. ¿Es cierto que hay autocensura cuando tratamos con el islam? Y luego: si hay autocensura, ¿es un producto de nuestra imaginación o se basa en un miedo real? La respuesta es sí: hay autocensura y está basada en el miedo. Me gustaría mucho ver una discusión honesta sobre este asunto en Europa. ¿Queremos vivir en una sociedad del miedo, donde apliquemos al islam criterios distintos que al cristianismo o el judaísmo u otras ideologías? ¿O queremos tener un debate abierto y libre? Hay un nuevo ejemplo de autocensura cada día. En Francia, tras los atentados, todo el mundo salió a la calle y dijo Je suis Charlie, pero, unas semanas después, teatros cancelaron obras que podían considerarse ofensivas para la sensibilidad musulmana, se suspendieron exposiciones.

Ciertos medios han criticado al Jyllands-Posten y a Charlie Hebdo, incluso después del atentado.

Una de las cosas que me molestaron era la equivalencia tácita entre decir algo ofensivo y cometer un crimen violento. The New York Times y otros medios escribían “las caricaturas que provocaron violencia en Oriente Medio” o “las caricaturas que causaron doscientos muertos en todo el mundo”, como si las caricaturas mataran a gente. Es importante establecer la diferencia entre palabras y actos, entre imágenes y acciones, entre decir algo ofensivo y cometer un crimen violento. Es una distinción que se remonta a la Ilustración, es una de las razones por las que tenemos libertad de expresión en Occidente y es una de las diferencias esenciales entre una democracia y una dictadura. En una dictadura, criminalizas las palabras como si fueran acciones. Metes a la gente en la cárcel cuando dice algo que no gusta al poder. Las condenas por incitar al odio, por alterar el orden. En una democracia la gente tiene derecho a decir lo que piensa mientras no incite a la violencia. Al no hacer una distinción clara entre palabras y acciones, volvemos a un tiempo anterior a la Ilustración, a las guerras de religión, cuando la crítica al cristianismo se percibía como un ataque físico a la Iglesia, a los creyentes e incluso a Dios. Se quemaba a gente en la hoguera, se mataba. Después de haber tenido un debate sobre la tiranía religiosa, sobre la distinción entre decir algo crítico y cometer violencia real, logramos librarnos de la censura y establecer el concepto de la libertad de expresión.

A veces se critican las caricaturas diciendo que son un ataque a una minoría desfavorecida.

Es una línea de argumentación hipócrita, porque no se realiza de manera consistente. En Dinamarca, el Jyllands-Posten es un gran periódico, pero los musulmanes no son una minoría débil. Son más de doscientas mil personas, más que los católicos o los griegos ortodoxos. Según eso, se debería haber criticado al Jyllands-Posten cuando era un debate danés, pero se debería haber defendido el periódico cuando era un asunto global: Dinamarca se enfrentaba a mil millones de personas dispuestas a matar a gente, a llevar al periódico a los tribunales, a boicotear productos daneses, etc. Pero los que usaban el argumento de la minoría no acudieron en nuestra defensa. Hay dos razones más por las que el argumento no se sostiene. Si lo planteas como un relato entre mayorías y minorías, podrías decir que el Partido Nazi en Alemania solo recibió el 2% del voto en 1928. Era una minoría débil. Por tanto, no deberías poder criticar al Partido Nazi en 1928, solo en 1933, cuando Hitler llegó al poder. En 1908, los bolcheviques eran una minoría débil, marginada, perseguida. En 1917, tomaron el poder y construyeron una ideología totalitaria que duró setenta años. Entonces, ¿no deberíamos poder criticar la ideología en 1908, solo en 1917? No estoy de acuerdo. Hay que observar las ideologías y su funcionamiento. Las ideas están ahí para que la gente las tome. Y, además, si solo te relacionas con las comunidades como tales dejas de ver individuos en ese conjunto. La minoría más importante que debe proteger una democracia es el individuo. En las comunidades musulmanas hay muchos individuos que no pueden ejercer sus derechos a causa de la intimidación y la persecución: homosexuales, mujeres, gente que desea ejercer su fe de otra manera. Cuesta decir que, tras lo que ocurrió en Charlie Hebdo, estemos hablando de una minoría débil, cuando han podido silenciar a casi todos los medios europeos, que han interiorizado una ley de la blasfemia pese a que la mayoría de los países no tienen esa ley en sus códigos legales. Esto trata de la relación entre la libertad de expresión y la consideración de todo tipo de sensibilidades, sean religiosas, ideológicas. En una democracia nadie puede exigir que sus ideas o sensibilidades queden protegidas por la ley: debemos tener la libertad de criticar cualquier ideología. Mientras no se incite a la violencia, la libertad debe ser total.

Algunos musulmanes señalan las leyes que persiguen la negación del Holocausto y dicen que hay un doble rasero.

Creo que hay una diferencia entre negar el Holocausto, y por tanto burlarse de la memoria de seis millones de personas asesinadas durante la Segunda Guerra Mundial, y burlarse o ridiculizar una idea religiosa. Pero es una distinción moral. No debería ser una distinción legal, como ocurre en muchos países europeos. Es un problema en Francia, donde existe el principio de laicidad y tienes derecho a burlarte de la religión, lo que me parece muy importante, pero donde te pueden meter en la cárcel o multar si niegas el Holocausto. No creo que esto deba ser una ofensa criminal, y no creo que negar el Holocausto sea incitar a la violencia. Es estúpido, infame y muy ofensivo. Deberíamos enfrentarnos a la gente que lo hace: debemos criticarlos, publicar sus opiniones y someterlas a la crítica, a la argumentación y al ridículo. Pero no deberíamos perseguirlos legalmente, porque al hacerlo los convertimos en víctimas. Dieudonné se ha vuelto más popular después de que lo llevaran ante el juez por hacer comentarios extremadamente ofensivos y antisemitas. Lo mismo ocurrió en la Alemania de Weimar con los nazis. Streicher, el director de la publicación antisemita nazi Der Stürmer, fue encarcelado en dos ocasiones, el periódico fue secuestrado y llevado a los tribunales varias veces durante once años. Eso aumentó su popularidad. Fue condenado según leyes que criminalizaban el discurso del odio. Había leyes; la libertad de expresión no era ilimitada en la Alemania de Weimar. Es contraproducente para una sociedad multicultural, multiétnica y multirreligiosa tener leyes que protegen una sensibilidad concreta. Cada vez hay más grupos que tienen determinada sensibilidad o versiones de la historia que quieren proteger. Si criminalizamos la negación del Holocausto, deberíamos criminalizar la negación del genocidio armenio y la negación de los crímenes del comunismo, como han hecho algunos países de Europa del Este. Todo empieza con buenas intenciones, porque los gobiernos europeos pretendían proteger a las víctimas del Holocausto, que es el relato fundacional de la integración. Esto no debe ocurrir nunca más: esa es la idea que legitima la integración europea. Pero se vuelve contra la integración europea porque socava la libertad. Es muy importante que en Europa nos deshagamos de estas leyes. No puedes vencer el odio criminalizándolo. Los musulmanes de Europa que no creen en el Holocausto no van a cambiar de idea si se criminalizan sus opiniones. No las airearán en público. Pero pensarán: “están protegiendo a los judíos, quizá eso significa que tenemos razón”. Estoy en contra de las leyes del odio. Pero esta idea se ha ampliado en los últimos años. La Unión Europea ha reclamado que se endurezcan esas leyes. Es malo para la democracia y para la integración de los inmigrantes.

En su libro defiende la idea de una especie de Primera Enmienda en Europa.

Lo bueno de la Primera Enmienda es que da a la libertad de expresión un estatus especial en el sistema constitucional estadounidense. Significa que no puedes equilibrar ese derecho con otro. No significa que no haya una regulación en Estados Unidos –la hay–, sino que no puedes contraponerla al derecho a la dignidad, al derecho a proteger sensibilidades religiosas, etcétera. Pero desde que escribí el libro me he vuelto más crítico con la situación de la libertad de expresión en Estados Unidos. La ley te permite decir lo que quieras, pero la presión social, el fundamentalismo del agravio, es enorme. En muchas universidades estadounidenses –supuestamente, espacios dedicados al pensamiento racional y la crítica– los profesores están obligados a informar a los alumnos de que hay algo ofensivo en el material que se va a presentar a los estudiantes. Los alumnos pueden abandonar la clase. Un profesor aplicó esas advertencias a La señora Dalloway y El gran Gatsby. Esa presión social es enorme en algunas partes de Estados Unidos e impide la posibilidad de un intercambio libre y abierto.

También habla del inquietante movimiento para crear unos derechos humanos “islámicos”.

Se remonta a la fetua contra Salman Rushdie en 1989. En 1990 los Estados miembros de la Organización para la Cooperación Islámica (oic) aprobaron la Declaración de El Cairo de derechos humanos, que, por supuesto, no tiene nada que ver con los derechos humanos, porque el concepto de derechos humanos se somete a la sharía. Tienes derechos humanos mientras estos no entren en conflicto con la sharía, lo que quiere decir que no los tienes. En ese momento la oic estaba en una posición muy débil. Por primera vez desde 1945 el Este y el Oeste estaban acercándose. El mundo islámico estaba a la defensiva. Pero poco a poco el punto de vista de la organización ha ganado fuerza en las Naciones Unidas y especialmente en el Consejo de las Naciones Unidas. Lo que ha ocurrido es muy perturbador. La oic ha tenido bastante éxito al imponer la noción de difamación de la religión como concepto en la regulación legal de los derechos humanos. No está aprobada de manera formal pero se ha mencionado. La oic ha logrado mostrar que su idea de derechos humanos incluye la prohibición de criticar la religión, en especial el islam y al profeta. La visión occidental se vuelve cada vez más marginal en el sistema de Naciones Unidas. Rusia ha aprobado una ley contra la blasfemia. Tiene el apoyo de China. En India, una democracia, hay leyes muy duras contra la incitación al odio religioso. Esta idea de la difamación de la religión es muy seria y debemos luchar contra ella y expulsarla del sistema de Naciones Unidas. Pero Occidente está cada vez más a la defensiva. El punto de vista de la Unión Europea tiene menos apoyo ahora que hace quince años.

Entonces, ¿cree que es una batalla perdida?

Espero que no. Depende de lo que hagan los individuos, de las decisiones de los editores. Hay un elemento legítimo: la gente tiene miedo. Me parece que hay que asumirlo de manera honesta, hablar de ello con sinceridad. El problema real es el fundamentalismo del agravio: que gente reflexiva y seria crea que decir algo ofensivo es a veces peor que cometer un crimen, que no se distinga entre palabras y acciones. Se ha producido una transformación del concepto de la tolerancia. La tolerancia hace referencia a la necesidad de aceptar puntos de vista, discurso, imágenes que no te gustan. Es un concepto que se dirige al que observa una caricatura, lee una novela o ve una película, no hacia el que dibuja la caricatura, escribe la novela o hace la película. Hemos puesto el concepto patas arriba. Ahora la tolerancia es algo que se usa contra el hablante. Lo que dices me parece ofensivo: cállate. En la actualidad ser tolerante es guardar silencio sobre cosas que podrían ser ofensivas para otros. Es lo contrario del sentido original de la tolerancia tras las guerras de religión, cuando significaba que gente de distintas creencias podían convivir sin ir a la guerra. Ronald Dworkin decía: “En una democracia tienes muchos derechos: el de la libertad de expresión, de religión, de reunión, de movimiento. El derecho que nunca puedes tener es el derecho a no ser ofendido.” Es una cuestión de educación. Los ciudadanos debemos saber que el precio que hay que pagar por todas las oportunidades y libertades que ofrece la democracia es que de vez en cuando otra gente puede decir cosas que nos parezcan profundamente ofensivas. Debemos ser tolerantes en el sentido de que no respondemos a las palabras con violencia sino con otras palabras. Hablamos, mostramos nuestro desacuerdo, peleamos con palabras, pero no con violencia. Hay una neurosis que se remonta a esa idea del Holocausto: según ella, las palabras malvadas producen acciones malvadas, hay una relación automática entre decir algo ofensivo y el estallido violento. No creo que exista esta relación automática. De hecho, podrías argumentar lo contrario. Había leyes de limitación de la libertad de expresión en la Alemania de Weimar, en Yugoslavia y en la Unión Soviética. Pero no detuvieron la violencia. Las leyes contra el discurso del odio suelen usarse contra la gente a la que supuestamente debían proteger, especialmente en sociedades que no son libres.

A mucha gente le sorprendió que el Jyllands-Posten no publicara las caricaturas de Charlie Hebdo después del atentado.

Yo no soy el director del periódico. No me preguntaron. Pero no sé qué habría hecho. Es fácil, cuando no tienes responsabilidad, aventurar una opinión. Diría que, si hubiera estado solo, si yo tuviera mi propio medio y fuera el único empleado, las habría publicado. Lo que hace que nuestra situación sea distinta, además de la cuestión de la seguridad, de los ataques terroristas que hemos sufrido, es que fuimos sinceros con respecto a nuestra decisión. Puedo vivir con la idea de que no vamos a volver a publicar las caricaturas, pero creo que debemos ser honestos, en vez de inventar argumentos del tipo: “Ya sabemos cómo son las caricaturas.” También sabemos qué aspecto tiene Barack Obama y sale en el periódico. No deberíamos usar el argumento de que queremos ser amables. Debemos ser claros. No es una opinión editorial, no es una decisión periodística, sino una decisión de seguridad, que motiva la preocupación por la seguridad de los empleados de la compañía. El director fue honesto. Y dos días después de la masacre publicamos un editorial titulado “La violencia funciona”. A veces la espada es más poderosa que la pluma. Para que la pluma sea más poderosa, se necesita un apoyo más amplio en la sociedad del que hemos tenido nosotros y Charlie Hebdo. No podemos ganar esta lucha solos. Al ser honestos con respecto a nuestros motivos, pudimos llevar el debate hacia delante, al menos en Dinamarca. No se trata de las minorías y las mayorías y de la cuestión de ofender, sino de si queremos vivir en una sociedad del miedo o no. Y si no queremos, ¿qué hacemos? Ese es el debate.

Su defensa de la libertad de expresión tiene un coste personal muy elevado. ¿Se arrepiente?

Hace tiempo que decidí que no quiero que esa gente dicte cómo debo vivir mi vida. No voy a dejarme intimidar o silenciar, ni tomaré decisiones dictadas por lo que esa gente querría que yo hiciera. No quiero darles la victoria. La libertad de expresión es un valor muy importante y significa mucho para mí. Y defenderlo significa mucho para mí. También es mi identidad: quien soy, quien me gustaría ser. Ceder ante los asesinos iría contra todo lo que me parece fundamental. ~