artículo no publicado

El libro y la cultura económica

Con los desastres de la guerra civil, España desatendió la exportación de libros y perdió gente valiosa para el mundo editorial, en beneficio de Argentina y México. La industria editorial mexicana no empezó entonces, como algunos han dicho, pero, sin duda, mejoró. Porrúa y el Fondo de Cultura Económica llevaban años de existir, eran importantes y lo siguen siendo, a diferencia de la Editorial Séneca (fundada por el exilio español en México), que desapareció. Sin embargo, las aportaciones de talento, vocación, experiencia y relaciones fueron decisivas. La diáspora republicana creó una red de contactos valiosos para el mundo del libro por todo el continente.

Los libros en español tienen un mercado común natural. Es un mercado global (de lectores en el mismo idioma) y al mismo tiempo protegido (de los otros idiomas). En este mercado, España tuvo (y después recuperó) el primer lugar, que transitoriamente ocupó Argentina y nunca llegó a tener México. Pero hubo un tiempo en que muchos universitarios de habla española se abastecían de libros del Fondo de Cultura Económica, creado por Daniel Cosío Villegas, que había sido promotor de los estudios económicos, de la licenciatura en economía y de la revista El Trimestre Económico. (Arnaldo Orfila, traído de Argentina como sucesor de Cosío Villegas y despedido tontamente, prolongó ese liderazgo internacional en la editorial Siglo XXI.)

El Fondo era un foco internacional de cultura, no sólo de cultura económica. Don Daniel no creía que la ciencia económica bastaba para entender la realidad. Así también pensaban Keynes y Hayek. Éste, venerado por los economistas de la Universidad de Chicago, les dijo en un discurso famoso: “Un físico puede ser sólo un físico […] pero nadie puede ser un gran economista si es sólo un economista […] el economista que es sólo economista probablemente se volverá un estorbo, cuando no un positivo peligro.” (“The dilemma of specialization”, Studies in philosophy, politics and economics).

Durante un buen número de años, los libros mexicanos destacaron por su capacidad de abrirse paso en el extranjero, algo poco común en las otras manufacturas del país. Empezaron a ganar mercados y prestigio. Por ejemplo: en 1951, gracias a la presencia de José Gaos en el Fondo, México puso en circulación El ser y el tiempo de Heidegger, antes de que hubiera traducciones al italiano (1953), inglés (1962) y francés (1964). En esta orientación cosmopolita, la industria editorial maduró antes que el resto de la industria nacional. Pero la oportunidad pasó de noche para los economistas.

Desgraciadamente, por razones históricas, México ha visto en el exterior un peligro del cual hay que defenderse, no una oportunidad. Además, equivocadamente, la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas, decía entonces que nuestros países no podían competir exportando manufacturas. En consecuencia, las políticas industrializadoras se orientaron a la sustitución de importaciones. Varios países asiáticos (tan rezagados entonces como nosotros) tuvieron mejores economistas. Recomendaron industrializar por vía exportadora, y nos dejaron atrás.

La desconfianza en el exterior y las doctrinas de la CEPAL sirvieron para que los economistas mexicanos no vieran lo que tenían ante las narices, al estudiar en libros del Fondo de Cultura Económica. No se dieron cuenta de que en la industria del libro había un as competitivo, con todo a favor de impulsarlo en grande. Finalmente, pasó la coyuntura. España recuperó su primacía, gracias al decidido apoyo del Estado a la industria del libro, la mentalidad conquistadora, la oportunidad objetiva del mercado internacional del libro en español y hasta las redes del exilio hispanoamericano. Hoy es una potencia mundial editorial.

Algunas cifras: En 1934, de los libros importados por México, el 55% (en pesos) era de España, el 0.5% de Argentina. En 1939, los porcentajes cambiaron a 6% de España y 19% de Argentina. En 1946, a 7% de España y 61% de Argentina. A partir de ahí, España empieza a recuperarse. En 1951, los porcentajes fueron 32% de España y 28% de Argentina. (Fernando Peñalosa, The Mexican book industry, Scarecrow, 1957, cuadro 19).

La exportación de libros mexicanos se multiplicó por diez (en pesos) de 1940 a 1951 (Peñalosa, cuadro 21). Esto implica un crecimiento del 23% anual, no corregido por la inflación. Pero, en términos reales (con base en las toneladas que registra el Anuario Estadístico de Comercio Exterior), se triplicó de 1945 a 1955. Esto implica un crecimiento real sostenido de 10% al año, que no hemos vuelto a ver.

En 1952, España publicaba 119 títulos por millón de habitantes, México 114. Diez años después, España había subido a 310 y México bajado a 101. En 1962, México publicaba 3,760 títulos, España 12,243. El estirón de España fue exportador y basado en traducciones. En 1961, las exportaciones de libros representaron el 2.53% de todo lo que exportaba, una proporción varias veces mayor que la de Gran Bretaña (0.81%), los Estados Unidos (0.50%), Francia (0.43%) y Alemania occidental (0.24%). En 1964, se publicaron en el mundo unos 380 mil libros, de los cuales 69 mil en inglés, 39 mil en alemán, 28 mil en español y 18 mil en francés. De los libros en español, más de la mitad (15,540, el 56%) se publicó en España. (Robert Escarpit, La revolución del libro, Alianza, 1968, cuadros 10, 3, 12, 13, 4 y 3).

España llegó a dominar el mercado de la novela traducida, comprando (a veces con anticipos millonarios) los derechos exclusivos para todos los países de habla española. Los editores en inglés, francés, alemán, italiano, prefieren negociar (y cobrar) los derechos de traducción con un solo editor, no con veinte, uno por país. Y los editores mexicanos no pueden ofrecer mucho, si no tienen un buen mercado interno y capacidad de exportación. La traducción de novelas, que es el grueso del mercado, le dio una posición muy fuerte al libro español, por su mayor mercado interno y el apoyo estatal a las exportaciones. Incluso el boom de la novela hispanoamericana fue un lanzamiento español, no hispanoamericano.

Según la UNESCO, se hacen unas 100,000 traducciones de libros cada año, en unos 100 países y unas 500 lenguas. Tiene una base de datos con 1.6 millones de traducciones publicadas de 1979 a 2002 (Google “Index Translationum”). En esta base, ningún país del mundo traduce más que España del francés, alemán e italiano; y sólo Alemania traduce más del inglés. De todas las traducciones al español que registra (casi 200,000), España hizo el 86%, México el 4%, Argentina el 3%.

Según Escarpit, España publicó 12,243 títulos en 1962. Según la Agencia Española del ISBN, el año 2005 publicó seis veces más: 76,265.

Los economistas españoles procedieron como los asiáticos. Recomendaron medidas de apoyo a la reconquista del mercado internacional del libro, que dieron buenos resultados. ¿Qué hicieron los mexicanos? A un costo inmenso de oportunidad, apoyaron la sustitución de importaciones de papel, no la exportación de libros. El papel tuvo a su favor: precios internos controlados para la celulosa, libres para el papel; frontera abierta para importar celulosa, cerrada para importar papel. No es de extrañar que la papelera Kimberly Clark tuviera en México su filial más lucrativa. Así se castigó la producción y exportación de libros en beneficio de la industria del papel.

Contra lo que pudiera creerse, la industria papelera, mucho más grande y poderosa que la industria editorial (y, por lo mismo, con una capacidad de cabildeo político que nunca tuvo la editorial), era menos competitiva en el mercado internacional. Históricamente, la producción de papel le ha costado divisas al país, en vez de generarlas. Paradójicamente, la industria editorial era capaz de convertir un papel difícilmente exportable (caro, no tan bueno para la producción de libros, nada competitivo en el mercado internacional) en libros que se exportaban, y que se hubieran exportado más con un papel mejor y más barato. El único papel que México exportaba era el impreso. Lo competitivo y exportable estaba en el valor agregado intelectual. Eso implicaba un potencial extraordinario del libro mexicano, que fue ignorado por los economistas. (Todavía el año 2005, según el Banco de Información Económica del INEGI, México exportó ocho veces más dólares por concepto de libros que de papel y cartón para impresión.)

Cuando se fueron los economistas fanáticos de la protección al mercado interno y el Estado editor, llegaron los fanáticos de la globalización. Dos frases célebres de ilustres economistas (doctorados, uno en Chicago y otro en Yale) que fueron secretarios de Comercio y Fomento Industrial: “La mejor política industrial es no tener política industrial” (Herminio Blanco), “La cultura no nos importa” (Jaime Serra Puche).

Los resultados están a la vista. Gran parte de la industria editorial mexicana pasó a ser propiedad española. Ya hay editores en los Estados Unidos que empiezan a publicar en español. Y pronto será más práctico comprar libros en español en Amazon, incluso los que se publican en México, por la falta de librerías, que es absoluta en muchas partes del país.

Históricamente, la cultura económica viene de la cultura y de los libros. Pero los economistas mexicanos (proteccionistas o globalizadores) no vienen de Cosío Villegas, Keynes ni Hayek. No entienden la cultura ni los libros. ~